Cronología del sueño americano

David Cruz_ Perfil Casi literalCada libro es un viaje donde el lector es un escritor pasivo. Desandar los pasos de Ropa Americana es una introspección colectiva hacia el dolor del migrante, peregrino suicida que atraviesa el valle de los muertos para aferrarse a la vida. No es un libro de fácil lectura, sino uno con el que se pelea aun sabiendo que la derrota es el único destino.

El título hace referencia a esas tiendas de ropa usada que existen a lo largo de Latinoamérica, prendas desechadas en Estados Unidos porque cambió la estación o pasaron de moda. La ruta comercial de esta ropa se podría asociar a un exilio inverso donde lo despreciado se revaloriza. Algo muy similar ocurre en la literatura cuando el autor abandona su obra al terminarla y esta llega como un objeto cultural a un posible lector.

Dennis Ávila construyó un poemario íntimo, familiar, comunitario y de migración que recuerda la vigencia de la poética de Aristóteles: el lector llega a una purificación emocional, corporal, mental y espiritual. La organización del libro es una tríada donde la infancia, el viaje y el hecho de ser un forastero se complementan y nos muestran a un Ulises moderno, no castigado por los dioses sino por las pocas oportunidades y los peligros que lo atormentan en su país. Ávila aborda el tema de los «mojados» en poesía y por lo mediático de sus temas sale bien librado de ese ejercicio intelectual riesgoso.

El poemario es directo, descriptivo y se entrelaza con la tristeza contenida en forma de recuerdos, periódicos de sucesos o narraciones melodramáticas. Porque el dolor es híbrido y en distintos moldes, pero esos moldes se forjan con versos que ponen en firme las peripecias que sufren mujeres y hombres en esta experiencia migratoria traumática.

En la primera parte, El jardín de las cenizas, se puede sentir al niño que fue el autor por las calles de Tegucigalpa, testigo de todos los que desde siempre se marcharon. Y esta infancia es, de una u otra forma, un conjunto de sucesos que —asediados por la pobreza, el peligro constante y la ausencia de oportunidades— dictaminan las razones de migrar. Hace una regresión a la decadencia geográfica como un paralelismo entre su país natal y la desesperanza que lo habita:

            Como un medicamento intravenoso

recorro Tegucigalpa:

nada me ayuda a entender

el río que agoniza entre sus puentes.

 Aborda la infancia —ese segundo lugar del que nos exiliamos; el primero, me atrevería a afirmar, fue el vientre materno— y no es casualidad, pues son precisamente los niños las víctimas más vulneradas en esta inacabable historia de migrantes:

            Vamos de un lado a otro

sin entender al niño

que llevamos dentro,

las pocas veces que volvemos

a la felicidad.

 Pero Ávila no deplora de su infancia o de su ciudad, sino que la siente latir, busca su dolor y lo transmite porque es la obligación que tiene con su tiempo; este mismo dolor que se vive en las calles de Rabat, El Cairo o San Salvador. El sufrimiento no conoce idiomas ni fronteras y la mejor opción (la única, en la mayoría de los casos) que tienen las personas es huir de su realidad.

En la segunda parte, Breve historia de la sed, el despojo emocional y material del protagonista se combina con una voz dual entre el yo biográfico y poemas exterioristas en tercera persona. En algunos textos incluso juega deliberadamente con ambas voces y proclama sentencias para enfatizar que las fronteras son un eufemismo inútil:

Enciendo una vela

a San Francisco Morazán:

soy tan hondureño

como si hubiera nacido en Guatemala.

En estos versos minimalistas resume la ideología del prócer hondureño y su deseo de ver a la región como un solo Estado, una Centroamérica desangrada por la inoperancia y crueldad de quienes gobiernan estos países.

La voz del poeta muta a lo largo del libro, se permite hacer juicios de valor con los personajes que el «mojado / exiliado / migrante / indocumentado» se encuentra; personajes en ocasiones dotados de una gran sensibilidad como en estos versos dedicados a Las Patronas, mujeres que reparten víveres a los pasajeros de La Bestia:

Saben que los sueños

deben alimentarse,

que esos hombres podrían ser

sus hijos o maridos.

Finalmente, en El sueño americano, la última parte, se llega a un territorio desconocido donde se tiene todo menos las cosas que importan. El peregrino culmina el viaje aferrado al eterno retorno. Se cuestiona si hay algún sentido para seguir viviendo y perfecciona el arte de recordar:

Años después

supe que Ropa Americana

y Ropa Usada

eran la misma cosa.

 

Me hubiera gustado encontrar

al verdadero dueño de mi camisa

para contarle que la usé

hasta los últimos días de mi infancia.

Al final nos queda la síntesis del lenguaje que, como un milagro alquímico, se fusiona a las cosas simples pero trascendentales de la vida:

¿Qué será mejor?

 

¿Vivir en Estados Unidos

sin dominar un idioma

en esta selva de cosas

que le pertenecen a otros?

 

¿O estar frente a tu milpa

viendo morir

a cada uno de tus perros

con decencia?

 Todo está dicho, al menos en el libro. Mientras tanto, un ejército de seres humanos sigue marchando en busca de su dignidad. Ya vencieron sus muros mentales y se disponen a saltar cualquier obstáculo físico. Aún no lo saben, pero están contaminados de nostalgia e incertidumbre. Se cuestionan si el viaje valdrá la pena, si los deportarán o se deportarán a sí mismos como prendas usadas en busca de un nuevo sueño.

¿Quién es David Cruz?

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