Vida hecha poesía; poesía hecha vida. Entonces, la vida…

LeoLa experiencia ante la poesía es similar a la de dejarse llevar en un viaje con la disposición lúdica de quien desea asombrarse y redescubrir el universo. En este acto de amor, el poeta nos transmite generosamente las revelaciones a las que lo han llevado sus propios procesos internos. De esta suerte va forjando con la amalgama de sus emociones una especie de verdad trascendental que despierta en él la necesidad urgente y la responsabilidad de compartirla. Entonces, la tarea del lector es abrir su sensibilidad, alertar los sentidos y mutar al corazón en una especie de esponja emocional, sin el menor esfuerzo y casi como lo haría un niño, para descubrir esa verdad en la construcción de las palabras, en los giros insospechados, en el verso desapercibido y talvez escondido de la creación poética.

En poesía, cada palabra tiene una carga semántica y un valor expresivo que, gracias al ingenio del poeta, van combinándose y dejando una traza indeleble con un sentido. Y es que la buena poesía, queramos o no, encierra ese sentido esencial que nos hace acercarnos a ella como si se penetrara en el dominio de lo sagrado. Por eso los actos de crear y leer poesía son reconstrucciones objetivas y materiales de lo divino. Así pues, la poesía es la representación simbólica de ese cuerpo de verdades subjetivas a las que solamente podemos acceder mediante un estado de gracia especial. El poema es ese tótem, el fetiche capaz de inducirnos a ese estado de posesión por medio del cual entramos en comunicación profunda con la sensibilidad del poeta, pero también con la sensibilidad universal. De ahí es posible afirmar que el acto supremo de comunicación es la comunión que alcanza el acercamiento intangible entre las susceptibilidades del poeta y del lector.

Entonces, la vida; del guatemalteco José Carlos Payeras, es uno de esos poemarios que de entrada sorprenden por reunir tanta profundidad y simpleza al mismo tiempo. Cada poema es un susurro tímido, casi una caricia al oído en la que el poeta verte su hondo y escindido universo emocional a partir de la experiencia cotidiana, doméstica e incluso prosaica. A través de un lenguaje sencillo y sin muchas pretensiones rimbombantes, Payeras trasmuta esa experiencia inmediata en construcción poética vigorosa capaz de llevarnos a planteamientos existenciales sobre el amor, la soledad, el desconsuelo, la esperanza y la desesperanza; pero también nos muestra a un poeta comprometido, no solo con las causas sociales sino con la totalidad de la vida. Su compromiso es de amor y su acto de rebelión es la imperante falta de humanismo y el proceso de individualización a que nos lleva el materialismo.

En todos los poemas de José Carlos Payeras se percibe una atmósfera de nostalgia, como si el poeta hubiera perdido la conexión con sí mismo y con sus semejantes. Sus poemas quizá sean un intento fallido por reconectarse con los seres humanos a través del amor. En cierto sentido, su poesía lo redime pero también lo impulsa a encontrar ese amor universal cuya ausencia experimenta como un Edén perdido.

Más allá de los temas y motivos poéticos, el lector también puede percibir una voz auténtica, honesta y sincera que elude las complicaciones retóricas y los oscuros discursos plurivalentes. Sus palabras son claras y directas. Su manera de decir las cosas huye de lo artificioso y de la pomposidad grandilocuente que falsea y acartona. Sus palabras están revestidas de sencillez. Lo esencial en ella se perdería si recurriera a amaneramientos innecesarios o al retorcimiento deformador. Sin embargo, no por la sencillez del lenguaje pierde altura poética. Precisamente lo admirable de su trabajo es conseguir esa agudeza con palabras sin rebuscamiento.

Mi experiencia ante el poemario fue muy particular. Leí varias veces cada uno de los poemas, no porque no los comprendiera, sino más bien para descubrir el movimiento particular dentro de ellos. Los leía repetidamente en voz alta hasta que descubría su tono y su ritmo exacto. Era ese ritmo el que provocaba en mí ese estado de fluidez que me predisponía al universo emocional del poeta. Para degustarla como se hace con el buen vino, la lectura debía hacerse en soledad, en total relajación, preferiblemente en la serenidad nocturna. Así fue como, conforme avanzaba en la lectura, iba descubriendo su movimiento interno, su cadencia. La repetición no era más que un capricho obsesivo por repetir la experiencia estética.

¿Quién es Leo De Soulas?

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