Intercambio de libros gratuitos: un sueño hecho realidad

Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalCreo en la educación y decidí ser educadora a una edad en la que uno no está muy seguro de sus decisiones. Fue la mejor.

Ser maestra a los 18 años fue maravilloso. El primer grupo de alumnos que tuve a mi cargo estaba en tercero primaria, niños y niñas de nueve años. Estudiaban en la jornada vespertina de la Escuela San Sebastián en La Antigua Guatemala; paradójicamente, aquella fue una de las experiencias que más me enseñó en la vida. Ahí me di cuenta de que la vida es servicio y de que se vive en función de ayudar. Entendí que la educación es lo necesario para que un país pueda salir adelante y viví la pobreza ajena en carne propia. Vi a muchos niños llegar con el uniforme roto y los dientes podridos. Los piojos, que les caminaban en sus pequeñas cabezas, casi saltaban de un lado a otro queriendo escapar. Viví en propia carne la mezquindad de muchos otros profesores que se iban a protestar solicitando aumentos, pero que ni siquiera llegaban a trabajar. Me di cuenta de que muchas veces hay recursos que no se dan por pereza y que las escuelas son el olvido y el botadero de los gobiernos.

Hay una suerte de superioridad que recibes al enseñarles a otros, es algo inefable. Esos pequeños seres de poco más de un metro aprenden cosas porque tú se las enseñas y de alguna manera, en los resquicios de su memoria, una parte de ti se quedará en ellos porque te pasaste muchas horas pensando en cómo hacerlos reír, y por un momento, en esa parte de la vida que es egoísta cuando adolece pensar en alguien más que no seas tú.

Como diría el poeta panameño Javier Medina Bernal, «he caminado siglos desde entonces». He dado clases particulares, he enseñado a escribir, a leer y me he visto envuelta, sin buscarlo, en proyectos que involucran niños. Después de ser mamá —otra gran escuela a la que yo llamaría una maestría de vida— creé una empresa de comida infantil y posteriormente trabajé para UNICEF coordinando un libro de recetas para niños y niñas de escasos recursos. Pero algo hizo un fuerte clic en mí a raíz del trabajo en esa organización: me di cuenta de que no se necesita tanto para hacer algo, solamente se necesita tener voluntad.

Las redes sociales son la mejor plataforma y arma para ayudar o destruir. Están ahí al alcance del criterio, únicamente de eso. Y con el paso de los años, de las crisis que cada año se acentúan más en nuestros países, me empecé a cansar de las excusas. De esos titulares de los diarios que hablan de la falta de libros, la falta del hábito de lectura, de los elevados precios de los libros en Centroamérica, de la mala educación, de la ignorancia, del subdesarrollo, del dolor… Me acordé de esa maestra de 18 años que fui y que soñaba con tener una librería-galería-cafetería mientras le impartía clases a Mircita, a Sara y a Lourdes, esas niñas que cuando yo faltaba me llamaban por teléfono y que se pusieron a llorar el día que me fui.

Todo lo anterior llegó a mí un día, hace más de seis meses, como si solo hubiera sido una preparación para un sueño: nació Book Exchange Panamá. Me di cuenta de que no se necesita mucho dinero para tener una librería, que se pueden acercar los libros a las personas de una manera gratuita y en un ambiente en el que todos podamos hacerlo posible. La idea surgió de todos esos libros que tenía en casa y que ya no quería, que ya había leído o que nunca leí. Abrí la página de Instagram, les tomé fotos, los subí y si las personas querían uno solamente debían dejarme otro a cambio.

El primer hombre que me contactó, un musulmán muy amable, me dijo que el libro que yo había posteado lo había querido leer hacía mucho tiempo pero el precio en la librería le había parecido muy elevado y no había podido pagarlo. Ese día me sentí como si fuera mi cumpleaños. Él donó además otros libros. Poco a poco se fue sumando gente. Las reuniones de entrega empezaron a variar entre el mall, el parque y la garita de mi casa. Para mi sorpresa el 90% de los intercambios son de jóvenes de entre 15 y 25 años. A diferencia de lo que dicen los diarios, la gente joven sí lee.

Un día también empecé a intercambiar libros de texto y las donaciones empezaron a llover.  A la fecha las personas me dejan bolsas con libros en mi casa. Me llaman y me dicen que les hace feliz pensar que otros podrán aprovechar esos libros que tienen ahí juntando polvo. Aunque como todo en la vida, también he tenido experiencias desagradables: desde personas que me han insultado, gente incumplida que he tenido que bloquear y el famoso «juega vivo» que hasta se robó libros. También he hecho amigos, gente con la que además de intercambiar libros me cuentan un pedazo de su día, de su vida, de sus problemas. Gente que te abraza, gente que te agradece; jovencitas que te dicen que no les alcanzaba el dinero para ese libro que les pidieron en la universidad.

Intercambio de libros gratuitos, un sueño hecho realidad_ Casi literal

Lo más hermoso de tener libros de otras personas es encontrar parte de la vida que tuvieron antes. Por ello a veces me he encontrado con fotografías, listas del supermercado, separadores con dedicatorias, palabras de aliento, amor o afecto que otros desearon. Ya tengo una colección de separadores de distintas épocas. A veces incluso leo las frases que están subrayadas o los dibujos que también están por ahí plasmados. Puedo adivinar incluso hasta donde leyó la persona ese libro, si le gustó, si lo odió, si lo olvidó.

Book Exchange Panamá hoy hace de 7 a 15 intercambios semanales. Posteo libros todos los días, tuve que instaurar una librera en mi casa en orden alfabético y justamente hoy me acaban de confirmar que vamos a poner libreras en mi edificio y en otros más para que la gente también empiece a intercambiar por su cuenta. Esa será la primera librera no personalizada que pondré porque hasta ahora yo he entregado los libros en la mano, con hora, fecha y lugar.

Ya no sueño con tener una librería porque ya la tengo; solo sueño con que la gente lea y que en nuestros países centroamericanos, en nuestros «cinco dedos que forman una mano», como bien diría el poeta guatemalteco Rafael Arévalo Martínez, haya intercambios gratuitos de libros al alcance de todos.

Hace poco me escribió una señora de Colombia que se inspiró en la página y quería hacer algo parecido, pero necesitaba ayuda con el proyecto. También una dentista en Panamá Oeste escribió solicitando información para poner una librera en su consultorio. También encontré libreras de intercambio en un hotel en la playa. Escribe gente de Guatemala, que para cuándo en La Antigua. Yo también quisiera que hubiera Book Exchange en Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. No sé si ya hay, solo sé que, aunque no voy a erradicar el analfabetismo, creo que la educación y los libros son un arma fuerte para contrarrestar la ignorancia en la que nos quieren sumergir nuestros dirigentes.

Un pueblo ignorante es manipulable, un pueblo que no lee vota por ladrones o vende su voto. Pero la lectura ayuda a crear criterios, a erigir pensamientos críticos que cambian el destino de las naciones.

Pienso que desde nuestra pequeñez hacer algo es mejor que nada, es mejor que escribir columnas y criticar mientras nos sentamos a contemplar los aplausos que solo nos alimentan el ego. Es mejor que solo dar likes a imágenes desastrosas del mundo cuya empatía termina en la siguiente foto. “#PrayForTheWolrd” mientras se comen un hotdog viendo Netflix.

Los invito a ser voluntarios de los libros para la gente. Juro que no se van a arrepentir.

Sigue a Book Exchange Panamá en Instagram.

¿Quién es Gabriela Grajeda Arévalo?

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Pablo dice:

    Wow Gabriela!! Que belleza. Quiero donar algunos libros. Son en inglés la mayoría. No tengo Instagram, pero si auto : )

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