Las inverosimilitudes de la película Temblores, de Jayro Bustamante

LeoAunque no es la primera película de temática sobre la diversidad sexual en el cine guatemalteco, el esfuerzo por realizar un largometraje que aborde estos tópicos en una sociedad declaradamente conservadora y religiosa será siempre plausible y merece tener un punto de relevancia no solo en la historia cinematográfica nacional, sino en los anales mismos de la lucha a favor de los derechos de esta población.

Temblores, la película de más reciente estreno de Jayro Bustamante, se yergue desde el principio como un producto contracultural que no solo critica la homobofia imperante, sino que toca directamente la yaga que causa tanta comezón a los grupos conservadores y a las élites pudientes. En este sentido aspira a convertirse en un retrato de la podredumbre que estos mismos grupos pretenden ignorar, aunque pueda tocarlos muy de cerca. Es así como esta película les dice, casi en la cara, que el «tan temido mal de la homosexualidad» es un fantasma que también puede tocarle las puertas y sonreírle. Además pone en tela de juicio a las mismas instituciones que estos grupos conservadores tratan de defender a capa y espada, precisamente por considerarlas la base social que cohesiona su reducido mundo, dígase la familia y la iglesia.

Al parecer la película también ha desplegado una campaña publicitaria cuidadosamente elaborada que le ha granjeado simpatizantes, principalmente en agrupaciones progresistas del extranjero y que, sin duda, la ha llevado a conseguir algunos galardones de importancia dentro del cine europeo. Desde ese punto de vista no se puede negar el mérito y el espacio que, a esfuerzo propio, los creadores de este largometraje han sabido ganarse. No obstante, algunas observaciones nunca estarán de más para señalar lo que, desde mi particular punto de vista, fueron los puntos débiles de su producción.

Para el espectador que conoce más de cerca nuestra realidad y que tiene una mediana formación de cómo se articula el tejido social guatemalteco, algunos hechos, giros y omisiones podrían dar lugar a pensar que hay algo inverosímil en el desarrollo de los acontecimientos. En este sentido, las deficiencias parecieran venir más del guion literario que de otros aspectos de la producción. Probablemente el espectador más crítico se quede con un sabor amargo en la boca, con una sensación de que algo no es real o de que algunos temas fueron tratados de una manera superficial.

Para nadie es un secreto que Guatemala es un país homofóbico. Eso es un hecho que damos por sentado. Sin embargo, antes de ser homofóbicos somos una sociedad clasista. Aunque seamos vecinos muy próximos ―ya a nadie le extraña, por ejemplo, que a la par de un condominio de lujo exista un asentamiento― cada clase social vive encerrada en su propia burbuja y difícilmente deja la comodidad de su mundo para ver a su vecino pobre o a su vecino rico. Pues sorpresa, esa regla no es solamente válida para el ciudadano heterosexual sino que aplica también para todos los segmentos de la diversidad sexual. No significa esto que jamás puedan existir puntos de convergencia entre estos dos mundos ―y sí que los puede haber―, pero al no ser la norma necesitan quedar muy bien justificados dentro de los 120 minutos que la película tiene para proyectar una panorámica global de la situación y darle un sentido de coherencia a los hechos.

De ahí que resulte poco creíble que un «hombre-bien» ―Pablo―, ejecutivo de una empresa, que vive en una propiedad fastuosa, que más bien parece la entrada de una finca en la periferia opulenta de la ciudad, llegue a tener relación con un terapista ―Francisco― proveniente de las clases populares y que, a duras penas, alquila un apartamento más que modesto en el centro de la ciudad. Como repito, no es que este tipo de relaciones interpersonales sean imposibles en nuestra sociedad, pero de alguna manera deberían quedar justificadas dentro del hilo narrativo para que después no parezcan inconsistencias.

Cualquiera podría rebatir que en los ambientes homosexuales —principalmente en los lugares de jolgorio donde solo se desea satisfacer el frenesí del momento— pueden llegar a convivir personas de diferentes estratos sociales. Seguramente esta afirmación sea correcta, pero se pierde el sentido de verdad cuando ya no solo son los dos personajes quienes están en contacto sino la familia completa de Pablo, incluyendo la esposa y hasta la líder espiritual de su iglesia, quienes, con la mayor de las naturalidades frecuentan a Francisco; y cuando hablo de naturalidad no me refiero a que sean aliados de él, sino que lo ven como si fuera alguien más de su círculo.

De hecho, hasta la actitud del protagonista es sospechosa porque lo esperado en una sociedad conservadora como la nuestra es que una persona en esa situación se camuflaje en una doble vida, por muy honesto, noble y leal a sus principios que sea. El mismo padre le ruega al principio que mienta porque es lo que se espera de alguien que vive esa situación; pero en cambio se recurre a la idealización del héroe y la película cobra dimensiones románticas pero artificiosas. Por supuesto que si el protagonista opta por esta salida no hay desarrollo de la acción o, por lo menos, no se desarrolla hacia donde es la intención llevarla.

Pareciera más bien que se busca una justificación para aterrizar la historia en un ambiente más próximo al de las clases populares. En realidad, los cineastas independientes de América Latina, en un afán de que el espectador masivo se identifique con las situaciones que mira en pantalla —y también porque relativamente son locaciones más fáciles de conseguir— ya han vuelto un cliché presentar ambientes sórdidos en sus producciones. Ese es uno de los más distintivos rasgos que caracteriza al cine independiente de la región en la actualidad. Entonces, para ser fiel a ese cliché se pueden llegar a forzar situaciones con resultados notablemente desventajosos para la producción, que es lo que sucede con la visita que hace la pastora evangélica al novio del protagonista, que hasta termina pagándole el trago con tal de convencerlo, con lo cual la película toma un tinte melodramático fuera de tono, como ocurre en muchos otros momentos, incluyendo la confrontación final de Pablo y Francisco ante el resto de su familia.

Otro recurso del que se valen los cineastas independientes es el del cameo, el cual no es positivo ni negativo, pero que, desde un punto de vista personal, no tiene una razón de ser más que el dejar una especie de huella porque podrá parecer muy de moda. El cameo consiste en introducir como actor de un personaje de relleno a una figura conocida dentro de ciertos ámbitos, al que generalmente se le pide comportarse de manera cotidiana. Es así como de pronto se observa al escritor Mauro Osorio regentando un antro. Como ya se dijo, al final esto no fue positivo ni negativo en la producción, pero innecesario dado que estos personajes se suelen incluir como estrategias publicitarias cuando son ampliamente conocidos, pero Guatemala, como el resto de Centroamérica, carece de ese Star System y muchos de sus artistas apenas son reconocidos en círculos muy pequeños y cerrados.

Por aparte resultan también poco claras muchas de las escenas que ocurren en la iglesia evangélica en las que los personajes se mueven entre la iglesia y algunos espacios de la Biblioteca Nacional. Sin embargo, esta confusión no es tan significativa para la comprensión de la película ni alteran la verosimilitud como sí sucede con el retiro espiritual. Si bien es cierto que existen lugares financiados por las iglesias evangélicas para hacer «terapias de conversión heterosexual», resulta poco creíble que sean los mismos pastores quienes las realizan, principalmente si son del sexo opuesto. Pero más allá de eso es posible percibir que hubo poca investigación en relación con las condiciones y los métodos aplicados en las terapias.

Por lo general este tipo de terapias se realizan en centros donde se curan otras adicciones, como la drogadicción o el alcoholismo, pero en este caso termina siendo una terapia demasiado «suave» y no las torturas que en realidad llegan a ser. Por supuesto que la acción se justifica en el hecho de que la terapia la están recibiendo asistentes de la iglesia y no delincuentes, como sucede en los sitios especializados y para quienes el trato no será igual. Sin embargo, la duda surge porque existe una especie de súper pastora que hace hasta lo impensable por rescatar a sus ovejas del redil ―ya se mencionó la forma dramática de como intenta convencer a Francisco que se aleje de Pablo― y que encima de eso conoce y aplica terapias de conversión. Es decir, además de su versatilidad hace el trabajo sucio.

Quisiera enfatizar un último aspecto antes de darle un cierre al artículo. En una ocasión oí que un actor, que ha hecho muchos trabajos audiovisuales, decía que el cine guatemalteco muchas veces se oye falso porque no estamos acostumbrados a oírnos y nos da vergüenza mostrarnos tal cual somos. Me atrevería a contradecir un poco esa especie de ecuación. Desde mi punto de vista el cine guatemalteco muchas veces se oye falso porque estamos bombardeados de acentos de muchos lugares de América Latina, pero principalmente de México. Muchos de los productos audiovisuales que consumimos provienen de México y nos hemos acostumbrado tanto a eso que, cuando queremos reproducir el español guatemalteco, o no se nos entiende o nos da tanto temor de estar hablándolo mal que se termina haciendo una mezcla que le da falsedad al idioma.

De ahí, es comprensible que los hijos traten de usted a los padres o a la inversa; pero tener un trato de usted ante los hermanos o la esposa puede llegar al extremo de la inverosimilitud. También es posible sorprender a varios actores voseando desembarazadamente, pero en alguna inflexión se le escapa algún tuteo o algún verbo conjugado para este pronombre específico.

Esta indecisión, que tiene raíces perdidas incluso en el sistema educativo que nos enseña que «hay una forma correcta de hablar el español», pareciera todavía ser uno de los tantos obstáculos mentales que arrastramos y que nos impiden reconocer nuestra propia voz. Y cuando esa voz aflora pasa como ráfaga tímida y se vuelve al falso acartonamiento.

Solo me resta destacar las excelentes caracterizaciones de algunos actores, como la de Mauricio Armas Zebadua, que interpreta a Francisco, quien desde mi punto de vista es el personaje que más brillo tiene y que precisamente destaca por su espontaneidad al hablar y al moverse en el espacio. Una caracterización muy espontánea fue la de Sergio Luna en el personaje del padre, en la que demostró el peso de su experiencia actoral. La hija de Pablo y la esposa también son personajes que sorprenden por su naturalidad. Y en la nota cómica no deja de caer en gracia la ayudante de la pastora, quien aprovecha los pocos momentos de cámara para lucirse.

¿Quién es Leo De Soulas?

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Una crítica bien centrada. Gracias por esas perspectivas más profundas. A mi me gusto la fotografía.

  2. José Raúl Barrios dice:

    Buenos comentarios, aunque difiero un poco porque en realidad la temática se centra más en la intolerancia religiosa y su metodología que en la homosexualidad en si, que termina diluyéndose por la actuación y los diálogos. Muestra varios conflictos de todo tipo y aunque ahora no se acostumbre cerrar estos conflictos, sino como en el teatro deben ser resueltos por el espectador, igual deja una sensación de que algo falta y lo que falta no es la discusión tras la película, que si se logra y es enriquecedora. Sugiero editar mejor los artículos, pues tiene dos errores ortográficos.

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