Debatir de acuerdo con el status quo

Corina Rueda Borrero_ Perfil Casi literalA continuación plantearé tres puntos sobre por qué el debate —cualquier tipo de debate— no hace más que replicar estructuras de poder y termina siendo una herramienta para crear falsos consensos que mantienen una forma de dominación hegemónica sobre las minorías.

Antes que nada debemos entender que se ha concebido el debate —y, por lo tanto, la democracia— bajo un conjunto de reglas que parten de la lógica occidental eurocentrista, deslegitimando otras formas de hacer comunidad y llegar a acuerdos, por ejemplo, las cosmovisiones indígenas que emergen de una serie de conocimientos ancestrales plurales. Por lo tanto, al replicarse únicamente este modelo a través del sistema educativo —que de por sí es represivo para mantener el orden de la sociedad— no solo se nos dice indirectamente cuál es la forma correcta de llevar a cabo un diálogo, sino que también se tacha de ineficaz a cualquier otra forma que surja desde el lenguaje popular.

Por esa razón me causa mucho ruido que algunos digan que están llevando el debate a comarcas indígenas y lugares adonde jamás había llegado, cuando en realidad lo único que no había llegado a esas áreas era una forma hegemónica de debatir porque pueblos como el Guna, en Panamá, tienen una historia riquísima de organización y de consenso para tomar decisiones.

Sobre este punto sale otro: ¿quiénes promueven este modelo de dialogar y con qué fin? Hasta las intenciones suenan nobles. Yo misma pertenecí a clubes de debate en la secundaria y la Universidad, pero detrás de eso también está la idea de quien domina la forma y puede vencer sin importar si se tiene o no la razón.

Por esto mismo considero que esta práctica surge desde el privilegio, porque es muy fácil ver desde afuera el problema y asumir posiciones muchas veces ficticias, cuando las personas que viven en carne propia las desigualdades no tienen tantas herramientas como quienes debaten desde sitios cómodos y juzgan los esfuerzos comunitarios por resolver un problema que la mayor parte del tiempo es ignorado hasta que las comunidades, ya cansadas de reclamar por otras vías, salen indignadas a la calle.

Explicado lo anterior también hay algo que termina siendo complementario: cómo se determina, desde una posición de poder, qué acciones son legítimas ante la indignación, por lo que después de haber pasado sin resultados por la esfera del «debate» se determinan otras usualmente marginalizadas para mantenerlas dentro de su estatus quo, asignándoseles adjetivos para afianzar que esa expresión no es como la del pópulo, sino que es políticamente correcta. Por eso escuchamos que son «protestas pacíficas», porque, desde su imaginario reforzado por los medios de comunicación, el resto de manifestaciones —ya sea de trabajadores o de organizaciones populares— no lo son, y por lo tanto, sus exigencias reclaman menos atención o importancia.

Ahora, tomando cada uno de estos puntos podemos ver que debatir no necesariamente significa que se esté contraviniendo el status quo de forma transgresora y que más bien podría ser solo un instrumento cosmético para invisibilizar a quienes han encontrado otras formas de crear acuerdo, por lo que surge otra pregunta: ¿para quiénes son los consensos que se construyen desde el Estado? Talvez la respuesta sea obvia. Esos diálogos muy bien armados, donde en teoría hay representantes de diversos sectores —donde se usan palabras rimbombantes y donde al final se toma la foto elegante con un documento elaborado— no representan a nadie más que a los creadores de las mismas reglas que seguimos ciegamente y que no velan por los grupos históricamente apartados de las cúpulas de poder.

Entonces ¿queremos un país que debata? Empecemos por promover el pensamiento crítico, cuestionando cada paso, haciendo que las personas duden de hasta lo que nosotros mismos tratamos de enseñar. Un verdadero debate no solo se ciñe por aspectos ideológicos, también va de la mano con las realidades que se viven y que no entran en frases prefabricadas. En un verdadero debate son válidas todas las formas de comunicarse. No solo es tomarse la palabra en un espacio de mil personas, es también hacer comunidad, construir en equipo, hacer grupos en donde se encuentren los puntos en común y las diferencias irreconciliables.

En un debate, un diálogo, no nos preguntamos qué tono de azul es el correcto, sino si en vez de azul es verde, rojo o rojo con verde. No solo es solo estar a favor o en contra, sino también pensar lo que a veces nos hace falta entre tantas palabras, tratando de obedecer a reglas.

¿Quién es Corina Rueda Borrero?

 

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