El país donde se juntan todos los mares


Por DIANA CAMPOS ORTIZ | ARQUITECTURA FANTÁSTICA

Si una se va a inspirar en Carmen Lyra para escribir un cuento, es natural que el cuento sea politizado.


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Diana Campos Ortiz_ perfil Casi literalEstoy escribiendo un cuento por encargo. No es un encargo económico (espero nunca más en mi vida escribir por encargo económico, pues no es negocio). Es un encargo político. Lo hago con gusto.

Mi amiga Anna, que es muy inventora y creativa, me pidió que escribiera un cuento al estilo de los Cuentos de mi Tía Panchita, de Carmen Lyra (San José, 1887-México, 1949) sobre «La Caja», la institución de seguridad social de Costa Rica.

La presión sobre «La Caja» (así le decimos de cariño) ha sido enorme en estos tiempos de pandemia. La institución —con un enorme costo— ha asumido de forma responsable, eficiente, solidaria y espectacular la situación. Como era de esperar.

Luego de varias semanas de emergencia y frente a una crisis económica que afecta a todo el país (bueno, al mundo, nadie se escapa), la capacidad de sostenerse de la CCSS (así le decimos también, por sus siglas, pero es cuando estamos en conversaciones más serias) por supuesto que se ha visto comprometida.

La seguridad social en Costa Rica es un complejo entramado que incluye la atención médica en los distintos niveles y el sistema de pensiones. Se sostiene, en gran medida, de las cotizaciones de las personas asalariadas y trabajadores independientes. El aumento del desempleo, por ejemplo, juega un rol directo y preocupante en sus finanzas.

Y bueno, hay quienes de por sí no pagan mensualmente. Yo, que soy trabajadora independiente, en tiempos de pocos ingresos, pues, prefiero comer que pagar la Caja. Hay grandes empresas que prefieren, por ejemplo, lucrar que pagar la seguridad social. Así las cosas. Por algo que se escapa al gobierno actual, el principal deudor histórico de La Caja es el propio Estado costarricense.

En la década de 1940 en Costa Rica el gobierno que representaba a una élite cafetalera hizo una compleja alianza con la Iglesia Católica que estaba entonces influenciada por la Doctrina Social y el Partido Comunista. Juntos llevaron a cabo una serie de reformas sociales que hoy disfrutamos las personas, entre ellas, las garantías laborales, la creación de una universidad pública y el desarrollo de la seguridad social.

Costa Rica no fue el único país donde se desarrolló la Seguridad Social, para nada; sin embargo, es de los pocos donde sigue fortalecida. La Caja es… nuestra Caja es, pues, una sobreviviente.

Carmen Lyra, de hecho, formó parte de ese movimiento social. Lo que sus artífices han llamado la «Revolución del 48» que a larga implicó la profundización de lo social en el país, derivó también en la ilegalización del comunismo en Costa Rica. Por ello, la escritora y otros líderes sociales se tuvieron que exiliar. Carmen Lyra murió en México.

Justamente por estos días se cumplen cien años de la primera edición de esta colección de cuentos escritos por una maestra costarricense, intelectual y comunista que de joven quiso ser monja, pero no la dejaron por no tener papá. A quien el gobierno de Costa Rica becó para formarse como educadora en Europa, de donde regresó para abrir el primer prescolar en el país: el Montessoriano, para más señas.

Varias décadas después de su muerte en el exilio, en México, su foto —la foto de una escritora comunista— figura en los billetes de 20 mil colones, que son poco más de 40 dólares. Foto que he tenido el privilegio de ver en muy escasas ocasiones. Una de las formas escasas y contradictorias en que se le ha hecho honor a su legado.

Le debo mucho a Carmen Lyra. Mi infancia —y supongo que la de muchas personas de mi edad y mayores— está habitada por sus cuentos. Mi favorito: «Juan el de la carguita de leña», que mi papá nos contaba con una voz mítica que solo existe en mi memoria y que siempre que lo cuento en voz alta trato de emular, sin conseguirlo.

¿Saben de qué trata ese cuento?

De una señora que tenía tres hijos: dos vivos y uno tonto. «Lo cierto es que el tonto no era nada tonto, pero como era tan bueno lo creían tonto, porque así es la vida». No voy a contar aquí el cuento, que por lo demás es sumamente machista (cuando lo cuento procuro cambiar la tan habitual trama de que el Rey da a su hija de premio).

No voy a contar ese cuento. Mi cuento es otro.

Si una se va a inspirar en Carmen Lyra para escribir un cuento, es natural que el cuento sea politizado. En sus cuentos ella no hablaba, por ejemplo, de Marx. Pero sus historias estaban cargadas de justicia, de reivindicaciones sociales y de un profundo sentido de pertenencia y de cuidado comunal. «Pues bien», como dice Carmen Lyra en sus relatos; el cuento que estoy escribiendo es cien por ciento panfletario. O como dicen mis colegas franceses, es un cuento engagé. Comprometido.

¿Saben de qué trata mi cuento?

De cómo en un país que yo llamo «El país donde se juntan todos los mares» hay unos señores de corbata que desde hace años quieren mercantilizar la salud. La salud. La educación. El agua. La vida. Eso, en general, me enoja; pero en medio de la pandemia me parece una absoluta falta de todo, principalmente de respeto. Hay otros señores con corbata que andan diciendo que es mejor pagar a otros que a la Caja.

Mi cuento —también, y fundamentalmente— cuenta la historia de una viejita arrugada de pelo blanco, la curandera del pueblo. Que cuida y atiende y cura y acompaña y alimenta a todas, a todos, siempre. A quienes vienen de su país y a quienes no. A quienes pagan y a quienes no: «Aunque no todo el mundo la había tenido que conocer de cerca, lo cierto es que todo el mundo había escuchado hablar de ella. Que cuando nació, ella lo trajo al mundo. Que cuando murió la abuela, ella la tuvo en sus brazos. Que cuando hubo una gripe, ella les hizo el caldo de pollo a todos».

La Caja es un laberinto. Una pieza de arquitectura fantástica. Un armatoste difícil de comprender. A veces es como una lavadora vieja. No siempre funciona como una espera. Es una selva tropical en donde es fácil perderse. Un río sinuoso, una casa vieja llena de recovecos. Pero es nuestra. Nuestro sistema de salud: solidario, eficaz, presente.

Que exista algo como La Caja en un país pequeño y pobre como Costa Rica no es gratuito. Que siga existiendo frente a tratados internacionales y recortes sociales la hace aún más excepcional. Que esté logrando reorganizarse frente a la pandemia es algo titánico. A fin de cuentas, por esos proyectos sociales Carmen Lyra y mis abuelos tuvieron que exiliarse, y muchas otras personas más fueron perseguidas, encarceladas e incluso asesinadas en esos tiempos en que se abolía el ejército.

Estoy escribiendo un cuento por encargo político sobre el sistema solidario de salud en Costa Rica. Ese armatoste que funciona a duras penas, pero que funciona. Es mi forma de marchar el primero de mayo del 2020. Si se pudiera, estaría ahí de primera en la marcha, defendiendo un sistema de salud en el que nací y en el que parí, que me pagó una pensión mensual mientras fui estudiante; con el que peleo tanto, pero agradezco inmensamente.

Yo no sé si mi amiga —creo que no— sabe lo que me gusta Carmen Lyra.

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