Mujeres de el Salvador III_ Claudia Lars, llorar y escribir_ Casi literal

Mujeres de El Salvador (III): Claudia Lars, llorar y escribir


Por DARÍO JOVEL | FLORILEGIO DE UNA MEMORIA ACCIDENTADA

Su melancolía se volvió su arma más poderosa frente al papel. Sufrió, pero también vivió ferozmente. Borró su nombre y creó uno a su medida, uno que la hiciera digna de la posteridad: Claudia Lars.


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Darío Jovel_ Perfil Casi literal«Dolor del mundo entero que en mi dolor estalla, / Hambre y sed de justicia que se vuelven locura».

Margarita del Carmen Brannon Vega (1899-1974). Ese nombre no significa nada, por ello su portadora renunció a él y adopto uno más corto, uno que se leyera mejor en la tapa de un libro: Claudia Lars. Desde su infancia estudió a los clásicos y en su juventud se enamoró —literariamente hablando— de Rubén Darío.

Tristes mirajes (1917), así se llamó su primer poemario. Tenía 17 años y sus temas eran erráticos e inexactos. Por aquellos años vivía en Estados Unidos y no fue sino hasta su regreso a El Salvador cuando pudo relacionarse con un círculo de intelectuales entre los que destacaba Alberto Masferrer. Sus contactos le permitieron crear una mayor acogida para sus siguientes obras. A partir de 1940 empezó a ganar premios y certámenes, poco a poco su nombre se hizo más conocido. Mantuvo una amistad con Gabriela Mistral, a quien le escribió un poema:

Tu nombre fijo, tu divino intento,

la suelta voz que llega, larga y pura;

este compás de sangre, que asegura

tus cantos recogidos en mi acento.

Pese a su éxito literario y a haber conseguido diversos puestos en el Estado para trabajar en la cultura, su vida personal llevaba décadas sumergida en las sombras. Su mayor reconocimiento siempre estuvo ligado a su trabajo de obras para niños, pero en ella había una voz que gritaba por ser leída en ambientes diametralmente opuestos.

Siempre sintió que le faltaba algo, que su vida tenía algo que estaba mal. Quizá su forma de ver el mundo la limitó, pero sus creaciones han sido tan memorables como para llegar a nuestra época. Su melancolía se volvió su arma más poderosa frente al papel y se dejó ver entre versos que evocan una peculiar esperanza.

Llorar y escribir. Sufrió, pero también vivió ferozmente. Borró su nombre y creó uno a su medida, a su gusto, uno que la hiciera digna de la posteridad. «Claudia Lars». Su labor de poeta casi la condenaba a infelicidad. Su condición de guanaca la sentaba al olvido, pero luchó toda la vida contra ambas y, al final, venció. Hoy es una de las escritoras más reconocidas de su país.

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