País de dios

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Leo

Carlos Fuentes decía en una de sus novelas —no recuerdo cuál porque, amén de mi mala memoria, detesto citar con las ínfulas del académico y porque no creo que vaya  a ver un lector tan minucioso que se tome la molestia de buscar la fuente— que solo en América Latina podía ocurrir que hasta las putas y los delincuentes fueran creyentes de dios —omito la mayúscula a propósito, en señal de desacuerdo con el DRAE  y cuanto diccionario católico, apostólico y romano se me ponga en el camino, que insisten en reconocer como nombre propio a lo que es, a todas luces, un nombre común: el dios cristiano—, y yo diría, con excepción de las putas, que este honroso sector de la población económicamente activa cada vez más numeroso (llámese delincuentes comunes, ladronzuelos de poca monta, mareros, sicarios, narcos, diputados, políticos, empresarios del Cacif o miembros de las familias bien, en un intento por ordenarlos en una escala que va de lo sucio a lo podrido) es el que pareciera, quizá por su naturaleza más retorcida, no solo ser el grupo de fieles más  fervientes, sino también los principales guardianes del decoro y la moral cristiana.

Desde este punto de vista, no se engaña quien asegura que el negocio redondo para un país como el nuestro es abrir una iglesia, sea de la denominación que sea. Para estar al frente de semejante negocio, bastaría apenas ser versado en la hermenéutica bíblica y tener el carisma o la elocuencia de un líder (los cuales se fabrican a granel en los grandes consorcios corporativos), para lo cual siempre habría curas o pastores dispuestos a ganar una buena tajada si es que uno no tiene esas características, o como dicen por ahí, si uno no llena el perfil. Si no, pregúntele a Cash Luna, por ejemplo, cuyo negocio redondo vino a destronar a la que hasta entonces había sido la marca líder en la secta protestante: la Megafrater.  Recuerdo que hace unos veinte años, lo más cool entre los jóvenes protestantes de mi edad era decir que asistían a la Megafrater.  Pero, sin duda, ahora esos son recuerdos retros y con poco glamur en la dinámica de este mercado tan competitivo y cambiante, que trasladó completamente lo fashion a Carretera a El Salvador, más cerca de la gente bonita y donde, si se paga el diezmo respectivo, uno tiene derecho a codearse con la flor y nata social.

Eso mismo representa Ciudad de dios, máximo símbolo de poder económico que la iglesia protestante en Guatemala ha logrado crear con el negocio del adoctrinamiento y el adormecimiento de la conciencia, cuyo líder encarna la imagen del empresario exitoso —si hasta bonitío es el cabrón—.  Pero como el mercado es diverso, hay también para todos los gustos  en este país de babosos, por lo que para la población jornalera, que jamás aspiraría a poner un pie en aquellos emporios, pero que igual representan un consumidor de doctrina potencial (algo así como un cliente tipo c), también hay opciones. Quizá la más significativa de ellas sea la brasileña Pare de sufrir… y confórmese con que este valle de lágrimas es tan solo un tránsito para una vida mejor, dónde quizá usted se convierta en el explotador, en el pastor o, por lo menos, en alguien bonito, si tiene la mala suerte de resucitar en un país repleto de shumos, como esta Guatemala.

Por lo menos, la competencia en el negocio eclesiástico es más leal que en los negocios laicos. Seguramente que eso es producto del grado de civilización que nuestro país ha alcanzado al seguir el principio de libertad de conciencia consignado en los tratados internacionales. Desde ese punto de vista, la iglesia católica, que hasta la década de los setenta había monopolizado el mercado, ahora se vio obligada a competir en igualdad de condiciones, con lo que perdió a muchos clientes desilusionados. Por eso, en los últimos 30 años, le ha tocado renovar su estrategia publicitaria y reinventar su oferta de fe. No es de extrañar, pues, la manera como aprovecha cualquier suceso acaecido para promover su propia marca. Para muestra, pregúntese por qué el paso de un desnivel recién inaugurado, donde precisamente comienza Carretera a El Salvador —¡qué coincidencia!— recibió el honorable nombre de Francisco I. Sin embargo, y a pesar de todo, la iglesia católica es de aquellas empresas transnacionales que no necesitan de gran parafernalia publicitaria porque su poder está asegurado per se, aunque no pueda quitarse de encima, cual piquetes de zancudos, esas pequeñas y molestas tiendecitas de los mormones, los testigos de Jehová, los judíos, los musulmanes y los krishnamurtis.  ¡Bendita globalización que ya existía desde la Edad Media!

Lo que sí es cierto es que Guatemala es un verdadero paraíso fiscal para estas off shores. Cuando escucho hablar de religión casi hasta me siento abrazado en una delicada playa bebiendo un bahamama, mientras a lo lejos se escuchan ritmos de punta. Y es que, como es posible adivinar, una de las grandes ventajas de la religión, como lo es también de los colegios y los bancos, es que quedan exoneradas de declarar al fisco. Como bien reza el dicho, “entre hombres no mueren hombres”, la transposición sería perfecta: “entre ladrones no mueren ladrones”,  porque “ladrón que roba a ladrón…” y ustedes ya saben lo demás. A esta ventaja, hay que sumarle también que no tienen por qué preocuparse de pagar extorsiones, pues ya lo ha dicho el mismo san Carlos Fuentes, que hasta los delincuentes comunes tienen su santo patrón.

A partir de esto, no se necesita mayor ciencia para colegir que la iglesia fue, es y será el negocio del futuro, por lo menos mientras haya una masa acrítica dispuesta a pagar su terrenito en el cielo por cómodos abonos convertidos en diezmo. Son sus líderes y patriarcas los primeros en ladrar cuando aparece una iniciativa, por ejemplo como la de Hivos —que para disgusto y amargura de las familias bien, se quedarán en las vallas publicitarias citadinas durante seis meses—, que muestra una mayor apertura a la tolerancia. Aceptar las diferencias, simplemente, puede hacer tambalear el negocio. Está bien que existan, pero de puertas cerradas para adentro, así los curas seguirán  seduciendo monaguillos y, santos en paz, aquí no ha ocurrido nada. Así es nuestra doble moral… Y siempre habrá un loco por ahí que escribirá una carta a la sección de lectores en algún periodiquillo, pidiendo que se le cambie el nombre al país por el de República Cristiana de Guatemala… Afortunadamente, a este tipo de locos, nadie les hace caso, porque también la ilusión del Estado laico en este país de dios es parte de esa doble moral.

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Plural: 3 comentarios en “País de dios”

  1. Para empezar, disculpame por las faltas de ortografia, pero me da «hueva» cambiar la configuracion del teclado. Estoy de acuerdo contigo en cuanto a la doble moral. Es inevitable la desazon, aunque tambien creo que hay un poco de generalizacion (no estas siendo justo con todos los creyentes – y si entiendo que tu critica va a un sector especifico) y falta de conocimiento de lo que realmente es la Iglesia y lo que ella cree. Yo, como todo ser humano, no soy perfecto, y ademas creo en el pecado, por lo mismo, soy pecador. Pero tambien creo en que Jesucristo puede transformarme, y eso lo que intento dia a dia, con renovada esperanza. Me gustaria tambien saber si tenes alguna recomendacion, ademas de la sana critica, para que este sector recapacite. Saludos.

    1. Rodrigo Sett, primero te quiero aclara que no intenté hacer una crítica a los creyentes, sino a la iglesia como institución, y en ese caso, no me queda otra opción que generalizar. De otra manera, no hubiera podido llevar adelante mi sarcasmo. Respeto mucho tu creencia particular, aunque no me lo creas, sin embargo, me parece que también uno puede cambiar o transformarse por uno mismo. Claro, en esto diferimos, pues eres creyente y yo no lo soy. No entendí muy bien el tipo de recomendación que necesitas, pero tampoco me siento versado como para darlas. Lo que sí te podría decir es que me interesa hacer un poco este tipo de crítica para que la persona, por lo menos, tenga otra opción de pensamiento y reflexione que la vida es unidireccional, como muchas veces nos hacen pensar. Creo que cada quien toma el camino y la dirección que más le convenga. Me parece que es un gran logro, el hecho de que la persona cuestione todo lo que está a su alrededor, pero en el país no tenemos esa cultura crítica, y atribuimos la crítica como un ataque personal.

  2. Me parece totalmente acertada tu publicación, ademas de la enajenación que crea en las personas; la cultura de jovenes lights que vienen creyendo que con hacer un voluntariado o simplemente buenas obras van a lograr un cambio y un mejor país. La culpa en los católicos y las tendencias neoliberales y capitalistas de los protestantes no fomenta mas que el individualismo y no un bienestar colectivo como sociedad y país. Decirle a un campesino o a un aspirante a clase media: No salís de tu pobreza por que es tu culpa, no estas haciendo algo bien y a dios le molesta, o porque no estas dando tu diezmo cabal, no importa que tu familia se quede sin comer siempre y cuando des tu diezmo dios proveera. Ayyy la religión.

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