Un flor entre el zarzal_ Casi literal

Una flor entre el zarzal


Por LEO DE SOULAS | LA HECATOMBE

Más que pensar si hay gente a la que le conviene que un hipotético «nuevo orden mundial homosexual» se imponga, tendríamos que preguntarnos quiénes no les conviene que temas de derecho sean extendidos a grupos que todavía hoy no tienen acceso a ellos.


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LeoEn esta época en que todo parece hundirse ante nuestros pies sin que nadie pueda hacer nada; en este momento donde nos damos cuenta de que, con todo y las modernidades tecnológicas de los nuevos tiempos, seguimos viviendo como lo hacían las bárbaras tribus de la Edad de Bronce, donde se imponía la ley del más fuerte; en este punto de la historia en que, a pesar de los frutos que la ciencia nos ha dado, seguimos aferrándonos a supersticiosas creencias… En este preciso momento, una pequeña luz de esperanza parece surgir en un rincón apartado y, si se quiere, insignificante del globo.

Que un país centroamericano —con aire de provincia y rodeado de un montón de pueblos chacales en los que impera el despotismo y la mayor indiferencia hacia el respeto de los derechos humanos— haya aprobado el matrimonio igualitario es casi un milagro. Es como el milagro de asistir al nacimiento de una bella flor en un terreno yermo invadido de ortigas y zarzales. ¿Acaso es posible que esta retrógrada latitud tenga todavía la esperanza de convertirse en un jardín?

Ahora veo con sorpresa cómo se desbarata un imperio que desde hace mucho se llena la boca con falso moralismo alegando igualdad. El asesinato de un afroamericano en manos de un policía en Estados Unidos es tan solo la gota que derramó el vaso y que pone al desnudo su verdadera esencia neonazi. Lo más triste del caso es que, con su poder y su falso puritanismo, es la nación que nos ha deslumbrado desde hace más de un siglo y a la que hemos tratado de imitar a pie juntillas.

En relación con el logro alcanzado por el pueblo de Costa Rica —un logro muy significativo para estas tierras infestadas de machismo, ignorancia y superstición—, siento mucho no ser muy optimista. Sus hermanas miserables y famélicas están ya al acecho. Nada bueno se puede esperar en tierra estéril. Ya oigo voces por doquier anunciando castigos apocalípticos acompañados de trompetas celestiales que ajusticiarán las «aberraciones» de los tiempos que corren.

Existirán siempre aquellos idiotas que, tratando de disimular su aberración y su odio, se pondrán a inventar historias de conspiración: que existe un lobby gay que patrocina la extinción de la humanidad y desea destruir las instituciones sagradas de la familia. Habrá otros que se la lleven de más prudentes y se limiten a decir que nuestros países tienen problemas de más urgente resolución, tratando por todos los medios de ponerle fin a una discusión que desde hace décadas tendría ya que estar cerrada. Y, por supuesto, no harán falta los que quieran pecar de crédulos e inocentes justificando este hecho a partir de despectiva y falsa generalización: «Es que todos los ticos son gays».

Lo cierto es que son muy pocas las personas capaces de ver que este hecho representa un verdadero logro y avance en temas de derechos humanos en la región, porque validar la unión entre personas del mismo sexo significa también darle la oportunidad de tener la protección de un hogar a muchos infantes que son despreciados por sus padres heterosexuales, quienes no se atreven a abortarlos porque —eso sí— les causa pánico arder eternamente en un infierno imaginario.

Más que pensar si hay gente a la que le conviene que un hipotético «nuevo orden mundial homosexual» se imponga, tendríamos que preguntarnos quiénes no les conviene que temas de derecho sean extendidos a grupos que todavía hoy no tienen acceso a ellos.

Como ya lo dije antes, no puedo ser tan optimista con este primer paso a favor de la comunidad LGBTIQ, pues que nuestros países tienen políticas tan vulnerables que lo que se construye con una mano está destinado a borrarse con la otra; porque a pesar de que haya luces progresistas entre tantas aguas cenagosas, todavía existe una enorme turba dispuesta a linchar a las personas diferentes, escondidas en el puritanismo de una religión que fomenta el odio solapadamente. Sin embargo, vale la pena conservar la pálida flor que talvez tenga un día de brillo y esplendor entre los pedruscos o meandros en los que milagrosamente crece.

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