Blanquita Calderón, primera propietaria de una compañía exhibidora de cine en Nicaragua (1902-1913)_ Casi literal

Blanquita Calderón: primera propietaria de una compañía exhibidora de cine en Nicaragua (1902-1913)


Por KARLY GAITÁN MORALES | LA VENTANA DISCRETA

Blanquita Calderón es la primera mujer que se conoce como propietaria y matrona de un negocio de cine en un mundo donde los teatros, cines y todas las compañías de espectáculos estaban regidas básicamente por hombres.


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Karly Gaitán Morales_ perfil Casi literalEl cine en Nicaragua, en la primera década del siglo veinte —tal como ocurrió en todo el mundo y se puede comprobar en miles de libros sobre historia del séptimo arte— se exhibía en carpas de circos, patios, parques, corrales y todo espacio al aire libre que se encontrara propicio para la aglomeración de público. Se llevó a cabo de esta forma porque había pocos teatros y el cine nació como un entretenimiento popular a pesar de haber sido presentado por los hermanos Lumière en 1895 en un local de lujo en París.

El cañón de luz que emitía el cinematógrafo debía enfocar hacia una pared o sábana blanca —o de otro color claro— y ese era el único requisito técnico para realizar con éxito una presentación de cine. Como las exhibiciones eran cortas, no se veía la necesidad de crear comodidades como asientos o cortinas ni decorados, y mucho menos construir un techo.

Entre las principales exhibidoras de ese tiempo en Nicaragua estaban las compañías en manos de empresarios hombres: el Teatro Castaño, con sus salas de proyección en las ciudades de Managua y Masaya a cargo del empresario mexicano Estanislao Castaño; la Compañía de Teatro García Faria —que además de su teatro en Masaya hacía giras por las regiones semirrurales con un circo—, a cargo del extranjero Antonio Faria; el Patio Uriarte, por Antonio Uriarte; los teatros municipales de Granada y León eran propiedad de las familias Marenco, Faria y Bertini; y los salones de hoteles como el Hotel Lupone —en las ciudades de Corinto y Managua— y el Hotel Versailles, entre otros, tenían sus pequeños salones de exhibición.

En Managua se había construido el primer salón especial para cine; es decir, una edificación de una planta sin escenarios ni diseño interior; no para presentar teatro, sino exclusivamente para proyectar con el cinematógrafo. Fue fundado por el empresario Francisco Brockmann mientras fue funcionario en el Ministerio de Hacienda. Con apoyo del gobierno del presidente José Santos Zelaya lo llamaron «Salón Popular para Vistas de Cuadros de Cinematógrafo San Jacinto» —mencionado en las publicaciones periódicas de ese tiempo más con el nombre corto de «Salón San Jacinto»—, inaugurado el 14 de septiembre de 1909. Así fue como el Estado de Nicaragua entró por primera vez en este negocio.

Esta inauguración —con discurso oficial, entonaciones del himno nacional con una orquesta, más el acto de cortar la cinta y un brindis— estimuló los buenos comentarios de los articulistas de los periódicos locales. Las ciudades de Granada y León reclamaban un salón de cine similar y en Managua los elogios eran constantes. Sin embargo, entre estas noticias salió a luz el 17 de diciembre de 1909 un artículo de queja publicado por un autor anónimo en el diario El Comercio, en el que el escritor defiende a la comerciante de cine Blanquita Calderón y expone los problemas que enfrentó esta mujer contra el gobierno de Nicaragua.

Es así como el nombre de Blanquita Calderón surge como una luz emergente por tratarse de la primera mujer que se conoce en la historia del cine en Nicaragua que fue empresaria, directora y propietaria de una compañía exhibidora de cine.

Era dueña de la «Compañía Cinematógrafo de doña Blanquita Calderón», un negocio ambulante que tomaba locales en alquiler para exhibir cine. Desde 1902 proyectaba vistas de cinematógrafo en el Palacio de Gobierno de Managua —según sigue diciendo el artículo del diario El Comercio— presentaciones a las que los empleados estatales acudían con boletos pagados por las instituciones públicas, pero con este nuevo Salón San Jacinto se habían trasladado allí las funciones para los empleados del Gobierno, ahora con unos equipos que eran propiedad del Estado de Nicaragua, dejando a la señora Blanquita Calderón sin su espacio para exhibir y en el desempleo.

Entre los artículos exaltados sobre la situación política, las tensiones y la crisis que se vivía en el país con la caída del gobierno del presidente José Santos Zelaya, esta queja quedó perdida y ahogada entre otras noticias urgentes que sobresalen cuando en una nación el tema político toma la mayor importancia, dado que se trataba del desbarajuste forzado de un gobierno liberal de dieciséis años y de la inminente llegada del Partico Conservador al poder.

Pero la Compañía comenzó a exhibir películas a partir de 1911 en el Teatro Las Brisas, del que era propietario el señor Juan Antonio Soriano y estaba ubicado contiguo a la refresquería Las Brisas, negocio familiar del señor Ramón Peralta. El teatro Las Brisas ocupaba el terreno donde años más tarde se construyó el Club Internacional, pero muy pronto cerró y la Compañía de doña Blanquita Calderón trasladó sus funciones al Teatro Italia, administrado por el mismo dueño del Hotel Italia, el señor Francisco Urbina. Los cierres de locales perseguían al negocio de Blanquita porque en 1912 el Italia fue demolido para construir en ese lote de terreno un salón de actos y bailes, en el que Francisco Urbina invirtió en sociedad con Jacobo Ibarra, dueño de la refresquería El Hacha y de una venta nocturna de comidas y fritangas que funcionaba en una de las esquinas del parque central de Managua.

Las referencias de la publicación de diciembre de 1909 explican que con la crisis que vivía el gobierno liberal y con el final de la «era zelayista» se arruinaba un «próspero y sano negocio» que Blanquita Calderón manejaba desde hacía años. A Blanquita se le describe como una comerciante atenta a su negocio: ella misma elegía las películas a exhibir y ejercía funciones de censura para presentar solo filmes que no atentaran contra la moral ni contra la religión católica; contrataba a los músicos que acompañaban las proyecciones —y era quien mejor pagaba a todas las orquestas, por lo que estas preferían hacer toques en sus proyecciones— y era quien cobraba los boletos apoyada en una mesa que se colocaba a la entrada del local, llevando así llevaba el control de su contabilidad.

Con la inauguración del emblemático Teatro Variedades en 1913, tanto la Compañía Cinematógrafo de doña Blanquita Calderón como otros teatros, circos y cines ambulantes desaparecieron poco a poco porque la programación de este teatro se llenó muy pronto y absorbía las compañías artísticas tanto nacionales como extranjeras que se encontraban visitando Nicaragua. El Teatro Variedades se convirtió en el epicentro de la cultura en Nicaragua y en un ícono en la vida cultural de la antigua Managua que fue destruida por el terremoto de 1931.

Blanquita Calderón es la primera mujer que se conoce como propietaria y matrona de un negocio de cine en un mundo donde los teatros, cines y todas las compañías de espectáculos estaban regidas básicamente por hombres. En las siguientes tres décadas continuaron siendo hombres los dueños de cines y de compañías exhibidoras o distribuidoras —y hasta los comités de censura y clasificación estaban compuestos por hombres, encabezados siempre por un sacerdote católico— hasta que en 1942 apareció la siguiente mujer, la empresaria Teodelinda Montiel, como dueña de compañías de cine, teatros y del Circuito González, que ese año tenía 42 teatros y cines en todo el país.

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