Teresa y Agustín_ Casi literal

Teresa y Agustín: incesto y racismo


Por NOE VÁSQUEZ REYNA | MALABARES & AMALGAMAS

Aunque no lo quiera, el mestizaje flota sobre esta novela. Y aunque tampoco lo quiera, el libro de De Soulas pone sobre la mesa la violencia sexual contra las mujeres, que bien podría encajar como el «miedo ancestral» que se menciona a lo largo de sus páginas.


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Noe Vásquez ReynaDetrás de una relación incestuosa entre hermana y hermano se titula el libro Teresa y Agustín, de Leo De Soulas. En él se encuentran, en el fondo, los discursos que se heredan de generación en generación sobre la construcción que se ha hecho del indígena y que se perpetúan sin inflexiones, reflexiones ni críticas, como una ideología supersticiosa que ve al demonio cristiano en todo lo que no logra comprender, que es mucho.

En 1986 Carlos Guzmán Böckler explicaba: «Uno de los esfuerzos de la ideología ladina consiste en presentar a la sociedad guatemalteca tensada por dos polos: ladinos e indios, con una clara sobrevaloración de los primeros».

El ladino que De Soulas perfila es el terrateniente esclavista pero buen cristiano de principios del siglo XX que encuentra en la humillación y la violencia su poder ignorante. La trama da saltos en el tiempo no lineales, de la década de 1920 pasa a la de 1940, dando un guiño a la Revolución de Octubre y llegando hasta principios de 1970. La costa sur de Guatemala es el escenario donde varias voces van contando los hechos en relatos congelados. Allí son testigos de esta espiral de destrucción más que de tragedia, como afirma su editor Gerardo Guinea Diez.

Respecto a la sobrevaloración de los ladinos, Böckler continúa: «Ello supone  [el mito, agrego yo] que, desde la conquista  [que ya sabemos que fue una clara invasión y despojo] hasta el presente, los indios son sujetos pasivos de la colonización y los colonizadores de ayer, al igual que los ladinos de hoy, han tenido el rol activo y además progresista», lo cual ahora podemos decir que ha sido más que cuestionable.

Pareciera que la novela de De Soulas bosqueja con tintes naturalistas el destino de los personajes, que tiene como fundamento los dañinos esencialismos y determinismos biológicos y religiosos. De los varios crímenes de violación que se cometen en la novela en las generaciones que registra, las mujeres serán quienes repitan sí o sí el “mal” que se ensañó en sus cuerpos para ejercer daño y vengarse en quienes sí se dejan: las madrastras hacia las hijastras, las ladinas hacia las criadas indígenas; la misma Teresa, joven ladina de finca, hacia el peón indio que termina linchado.

En la novela existe adrede —quiero pensar— una promiscuidad sincrética entre el rezo, la brujería, el chamanismo, el tarot y los conocimientos ancestrales de los pueblos originarios. Hoy ya no se puede asegurar que el choque entre culturas genere esta mezcolanza amorfa, sino más bien opino que surge de una ignorancia cómoda que solo reconoce en el diablo su propio malestar por su origen. En la novela, como en otros ámbitos, se establece el «deber ser inamovible» de una sociedad construida sobre ignorancia, desigualdades y racismo.

La atracción sexual entre los hermanos me recuerda que es vox pópuli la endogamia en ciertas élites que rigen/corrompen los destinos del país, pero a mi criterio, los dos personajes más complejos en la novela son Pedro Ixcoy y María Candelaria (la tía Maruja), quienes se acompañan mientras se construyen desde el dolor, los vacíos y las carencias, sobre todo entre hija y padre.

Ixcoy será quien guíe en su reconfiguración a esa ladina mestiza que se vuelca en alguna cosmovisión seudoindígena mágico-religiosa que nunca llega a comprender a cabalidad, como lo expresa la novela: «Puede que, por su primera formación cristiana, ella nunca haya podido comprender la cultura de esos indios que su familia miraba con desprecio. Sin embargo, estaba segura de que respetaba sus creencias ancestrales y apreciaba el hecho de que estas creencias la hubieran salvado de su familia y de sí misma».

Aunque no lo quiera, el mestizaje flota sobre la novela. Y lo que ya se tiene claro es que el mestizaje y la colonización fueron procesos sobre todo violentos; y aunque tampoco lo quiera, el libro de De Soulas pone sobre la mesa la violencia sexual contra las mujeres, que bien podría encajar como el «miedo ancestral» que se menciona a lo largo de sus páginas. Romantizar o folclorizar estos temas, como se hace hasta hoy, es y seguirá siendo un retroceso en la literatura, el arte y la cultura; es decir, en la vida cotidiana.

Algo que me hace demasiado ruido en la historia de De Soulas es el ahínco en repetir que el indígena quiere venganza por «marcas del resentimiento de gente maltratada/ desde la oscuridad de los tiempos/ marcas de esta tierra/ de predadores y presas», en una parte que juega a ser un coro-conciencia dramático, como lo mencionó la doctora Violeta De León Benítez durante la presentación del libro.

La primera lectura de este libro no me dejó indiferente. Teresa y Agustín me enojó mucho en varias partes y en el perfilamiento de seres generalizados y presentados como «pasivos» o, como dijo Böckler, «naturaleza muerta que la literatura colonial congeló y esteriotipó».

Quienes escuchamos por primera vez las voces de los pueblos y de las mujeres —específicamente las que lucharon por la memoria y la justicia en ese momento histórico en que se juzgó y sentenció a un genocida— no lo hicimos precisamente por la búsqueda de venganza en los tribunales, sino por la no repetición de esa violencia. Claro, Teresa y Agustín transcurre cronológicamente antes del conflicto armado, pero las razones que lo desencadenaron están relacionadas intrínsecamente con el racismo estructural que posconflicto continúa casi inmutable.

Teresa y Agustín me hizo pensar que el ladino mestizo guatemalteco no ve como prioridad acercarse a su propio mestizaje, que se cometió, por lo regular, en contubernio de omvres (sin h y con v) y que se vincula política y económicamente con la explotación agrícola en el país y los daños directos y colaterales, como en la producción del azúcar (la zafra) y el consumo de alcohol, vicio que no entiende de clasismo ni racismo, pero sí de identidad nacional en Guatemala.

El alcohol, en la novela, es el pretexto perfecto para que los dos hermanos se envalentonen en el placer, aunque más parece una escena de mal sexo (tener sexo con un tipo borracho que no puede ni desvestirse ha de ser flamante…) para luego pasar a la consiguiente culpa religiosa del hecho, que ni siquiera fue amor.

Por si les interesa el tema, Jeffrey Eugenides trabaja magistralmente el incesto en su novela Middlesex. En Guatemala el incesto no es un tema rural, sino un tema de silencios y estructuras de poder.

Teresa y Agustín, cover_ Casi literal

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