El Bolo_ Casi literal

El Bolo


Por EDUARDO VILLALOBOS | NO NAME

Tuve un maestro al que si alguna vez le hubiese llamado maestro me habría mentado la madre. Jamás me enseñó con su obra sino con las de Faulkner, Onetti, Celine, Joyce, Vallejo, Ajmátova, Pavese…


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Eduardo Villalobos_ perfil Casi literalTuve un maestro al que si alguna vez le hubiese llamado maestro me habría mentado la madre. Jamás me enseñó con su obra sino con las de Faulkner, Onetti, Celine, Joyce, Vallejo, Ajmátova, Pavese… En conversaciones que alargaba deliberadamente y luego cortaba de golpe. «Los escritores son egocéntricos y les encanta tener sus camarillas», me decía. «Yo no soy maestro de nadie, ni quiero serlo».

Su narrativa es vertiginosa, catártica y explosiva, pero también precisa, luminosa y mesurada. Su poesía es una larga, demorada y sutil reflexión sobre el amor, la memoria, la soledad y la muerte. Lástima que no se lea tanto su poesía. Estamos en la era de los lectores light que consumen lo que escriben escritores mediocres pero muy hábiles para vender. Ya lo decía también él.

También estamos en la era en que se leen los libros de creación como si fueran tratados sociológicos, cuyos postulados deben obedecer a una moral bastante severa (y, como todas las morales, hipócrita), como si las novelas y los poemas fueran modelos de conducta y corrección y no espejos y brasas ciegas. Y su trabajo sufrió los embates de semejantes aberraciones. Acusada de traición, de misógina y de racista por los peores lectores que existen (los literales) y denostada por todos los colores del espectro político, su obra, sin embargo, resistió y nos sobrevivirá.

Le gustaba contar cómo había concitado el desprecio mucha gente a lo largo de su vida. Le encantaba la soledad pero tuvo unos cuantos amigos a los que apreció siempre.

Trabajé con él siete años y me enseñó asuntos de la edición y del lenguaje que hoy me ayudan a comer. Conocí sus neurosis, sus manías, pero sobre todo su abierta solidaridad. Durante sus últimos años lo visitaba o me visitaba. Me daba consejos. Salíamos a tomarnos un vino bajo la inmensa noche.

El día en que se accidentó me visitó en mi oficina. Lo invité a comer. Me respondió que lo esperaba Aura Marina. Lo abracé y desde entonces no he terminado de extrañarlo.

Hoy hace siete años murió Marco Antonio Flores. Una enorme mariposa negra se instaló durante tres días en la puerta de mi casa. No soy supersticioso, pero no me atreví a moverla.

Él fue mi maestro. Me mostró, sin pretenderlo, un camino. El problema es que yo jamás he estado a la altura, lamentablemente.

[Créditos de la imagen de portada a cargo de: Consejo Internacional de Telecomunicaciones de Prensa (CITP, por sus siglas en inglés)].

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