No name_ Casi literal

No name

Por EDUARDO VILLALOBOS | NO NAME

A Onetti lo he imaginado siempre en un bar al que el narrador de Cuando entonces acude siempre a echarse los últimos tragos de la noche con la esperanza de encontrar ahí a una mujer. El lugar se llama No name. Siempre he deseado tener un bar y siempre he querido ponerle ese nombre. Cosas de la nostalgia.

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Todavía recuerdo el primer libro que leí de Onetti: fue esa novela breve que se llama Cuando entonces. No recuerdo si la copia era de Emilio Solano o de El Bolo, y si este nos la dio prestada a Emilio y a mí sucesivamente, pero lo que sí puedo rememorar con exactitud es el momento en que El Bolo nos dijo a ambos, mientras recorríamos el Periférico en su viejo Nissan gris, que leyéramos al uruguayo.

Entonces éramos muy jóvenes, pero desde entonces mi asombro y mi veneración por la obra de Onetti no han cesado de crecer. Siempre que acudo a sus brillantes páginas salgo abrumado ante tanta luz. Maestro de la lucidez poética y de los personajes perversos, derrotados o insulsos, Juan Carlos, como se llamaba, nos muestra como pocos el abandono, el rencor, la desesperanza y el egoísmo. A mí esos retratos me parecen irrefutables, pero me ocurre con frecuencia que, cuando empiezo a hablar con entusiasmo de sus textos, de pronto alguien me indica su desaprobación.

Algunos se extravían en el lenguaje demorado, pulido, pleno de adjetivos de Onetti. Prefieren la ligereza del lenguaje directo y soso que está tan de moda hoy para el consumo rápido y el olvido. Otros se ofuscan ante el tamaño de su espejo. Parecen preferir las historias edulcoradas y optimistas —tan de moda hoy también— a esas narrativas que hablan de esfuerzos desgraciados y empresas inútiles. Pero a mí me parece que la vida se parece más a los libros de Onetti, que en sus ficciones se revela el mundo y con él nuestras máscaras con la precisión de la crónica y la profecía.

Y, si no, miren cómo en medio de esta pandemia tanta gente apenas se aguanta a sí misma. Evitan la soledad porque podrían encontrarse a sí mismos un día cualquiera y eso sería demasiado devastador. Y si no, miren ustedes cómo hay tantos personajes de tantos lados que defienden a ultranza los valores del mercado por sobre los de la vida. Comprueben fácilmente cómo un tipo acusado de intentar pagar con un billete falso muere bajo las rodillas de un policía, y todavía hay gente que defiende el hecho. Observen cómo el egoísmo parece imponerse en medio de la crisis.

A Onetti lo he imaginado siempre en un bar al que el narrador de Cuando entonces acude siempre a echarse los últimos tragos de la noche con la esperanza de encontrar ahí a una mujer. El lugar se llama No name. Siempre he deseado tener un bar y siempre he querido ponerle ese nombre. Cosas de la nostalgia.

Escribo todo esto pensando en cómo nombrar la columna que, generosamente, (Casi) literal y su editor Alfonso Guido me han invitado a escribir cada quince días. No se me ocurre un nombre hasta que pienso en este. No tendré un bar, pero escribiré una columna y se llamará así.

Pero, volviendo al tema, Juan Carlos Onetti murió un 30 de mayo, como hoy cuando escribo este texto, pero de 1994. Y me parece muy bien hacerle este insignificante homenaje.

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