¿Cuándo nace una buena historia?


Darío Jovel_ Perfil Casi literalUn día Gabriel García Márquez iba de camino a una playa en México junto a su esposa e hijos, pero a medio camino tuvo una revelación, una idea, una que paso buscando toda su vida y, ahora, cuando no la estaba buscando, apareció. Fue así como Cien años de soledad nació de la nada y de forma espontánea.

Julio Cortázar decía que a veces le daba un poco de vergüenza llamarse a sí mismo escritor pues era muy poco profesional para trabajar. Aseguraba que, aun haciendo su máximo esfuerzo, no sería capaz de dar una clase sobre escritura, pues ni él mismo sabía cómo escribía y que no era capaz de inventarse una historia pues estas eran las que llegaban a él.

Mario Vargas Llosa, en su libro Cartas para un joven novelista, da una serie de consejos técnicos sobre cómo lograr mejores escritos, estrategias a seguir para hacer una mejor novela. Lugo de más de 150 páginas repletas de ideas, sugerencias y consejos concluye con lo que él considera el consejo más importante para un novelista: ignorar absolutamente todo lo del libro y simplemente ponerse a escribir.

Yo soy de los que cree que García Márquez mintió descaradamente al decir que pudo hacer más partes de Cien años de soledad pero que prefirió crear nuevas historias. Me parece que si hubiera dedicado toda la vida en volver a recrear su obra magna, no lo habría conseguido. Estoy seguro de que si Cervantes hubiera intentado escribir el Quijote años antes o años después de cuando lo hizo, no lo hubiera logrado.

Una buena historia no es cuestión de ciencia. No hay técnica o receta que se pueda aplicar. No hay un manual para conseguirlo porque ni la persona con mayores conocimientos de literatura del mundo, proponiéndoselo, podría hacer una buena historia. Ya lo explicó Cortázar: a ellas no se les busca, solo vienen cuando se les da la gana y en el momento que se les da la gana. Si García Márquez hubiera ignorado aquella idea que tuvo de camino a la playa y solo hubiera continuado manejando como lo haría una persona normal, hoy Macondo sería una palabra carente de significado.

Borges decía que una fuerza inexplicable, imposible de entender con las pobres capacidades humanas, le revelaba el comienzo y el final de los cuentos; y que él, con sus limitados recursos, tenía el deber de descubrir lo que había pasado entre ese principio y ese final. Aseguraba que su trabajo era más el de un investigador y un explorador que el de un creador. El cuento ya estaba hecho, solo había que ponerlo en papel. Esta idea de que todas las buenas historias ya están ahí divagando por el mundo, buscando a alguien digno de contarlas, es de las pocas creencias románticas que parecen ser reales.

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