Lana del Rey y sus críticos


Rodrigo Vidaurre_ Casi literalDesde que el video de Video Games electrizó al mundo en 2011, Lizzy Grant ha venido consolidando al personaje de Lana del Rey al tal punto que arte y artista se han vuelto inseparables.

Lana es el punto de encuentro entre varias ideas y estéticas propiamente estadounidenses: el glamour hollywoodense de Marlene Dietrich, el libertarianismo de las carreteras interestatales, la eterna dicotomía entre Nueva York y California, y el Sueño Americano de la mesera que se convirtió en estrella. A pesar de que este personaje pueda parecer fabricado, es claro que representa algo real para Lizzy y para millones de personas alrededor del mundo. Nadie en la industria está haciendo nada similar ni tocando las mismas fibras culturales que Lana del Rey.

Lana busca (y como buena romántica, está destinada a fracasar) un Estados Unidos que es más una idea que un lugar. Lo busca nostálgicamente en décadas pasadas —particularmente la primera mitad del siglo XX— así como en los poemas de Sylvia Plath y Robert Frost, en las fotos de Norman Rockwell y Slim Aarons, y en las canciones de Stevie Nicks y The Beach Boys. Lana afirma su lugar dentro de este canon estadounidense y convierte a todos sus ídolos en sus contemporáneos, siguiendo a Walt Whitman o a Herman Melville en su misión de expresar el carácter de toda una nación.

Este proyecto artístico que ha resonado con tantas personas también ha vuelto a Lana el objeto de críticas. En primera, su patriotismo implícito y explícito no es bien recibido en una era cosmopolita en la cual el nacionalismo tiene más connotaciones negativas que positivas. Esto es particularmente cierto en un país como Estados Unidos, cuyo estatus de hegemón lo pone en una relación complicada con su propia identidad nacional. Por eso no es de extrañarse que cuando la era de Trump histerizó a buena parte del establecimiento centro-liberal, Lana fuera denunciada por supuestas tendencias racistas y reaccionarias. El ruido de la indignación moral ocultaba la menos noticiosa realidad: que, a pesar de sus inspiraciones estéticas, las opiniones políticas de Lizzy Grant no podrían ser más convencionales.

En segunda hay una acusación quizás más fundamentada, y por ende, más interesante. Lana del Rey llena sus letras de referencias a Lolita de Nabokov, de hombres agresivos o irresponsables a los que adora, y de una feminidad pasiva y vulnerable que no pide perdón por serlo. Esto parece escandalizar a un medio donde se espera que las artistas canten sobre empoderamiento y manifiesten públicamente su lealtad al feminismo liberal. En un acto inusual para una estrella pop, Lana ha defendido su postura en más de una ocasión, diciendo que «debe de haber un lugar en el feminismo para mujeres que se ven y actúan como yo; el tipo de mujeres que dicen no pero que los hombres escuchan , el tipo de mujeres que son criticadas por ser auténticas y delicadas, el tipo de mujeres que son despojadas de sus voces por mujeres más fuertes y por hombres que odian a las mujeres».

Los críticos de Lana del Rey parecen no percatarse de la ironía de usar la bandera del feminismo para castigar a una mujer por sus opiniones. Pero más que nada, esto es un síntoma de nuestra cultura; una cultura donde los logros estéticos y artísticos son menos importantes que las relaciones parasociales que desarrollamos con los artistas a quienes obligamos a comentar sobre actualidad y política solo para condenarlos cuando no lo hacen de la forma esperada.

Lana representa un bastión de dignidad y autenticidad en medio de tanto ruido, alguien que durante diez años se ha dedicado a convertir sus alegrías y dolores en arte. Alguien que, ante el leviatán de las expectativas mediáticas, simplemente pregunta: can’t a girl just do the best she can?

[Foto de portada: Andre T.]

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