El idiota: la rareza de una novela innecesaria pero imprescindible


Alfonso Guido_ Perfil Casi literalLeí las últimas setecientas y pico de páginas de El idiota de Fiódor Dostoievski —en la edición de Penguin Clásicos, con la traducción de José Laín Entralgo y Augusto Vidal— hacia mediados de 2020, en uno de aquellos fines de semana con toque de queda absoluto impuesto por el Gobierno de Guatemala al inicio de la pandemia de COVID-19. Lo hice, además, pasando la mayor parte del tiempo tirado en un colchón, con dolor de huesos y una fiebre de 38.5 grados que me hizo creer que había pescado la nueva enfermedad. Para entonces yo vivía al final de la Avenida Simeón Cañas de la Ciudad de Guatemala —quienes la conozcan sabrán lo pacífica que es— y como estaba solo recuerdo que aquella fue la primera vez que en verdad escuché, paradójicamente, el ruido del silencio absoluto. Era tanta la quietud que darle vuelta a la página o usar el lápiz de grafito para subrayar el libro resultaba un escándalo estrepitoso.

En un escenario así de apocalíptico, ¿a quién más leer con la obstinación digna del caso, sino a Dostoievski? Sin embargo, para una literatura tan trascendente como la rusa del siglo XIX y para un autor de obras canónicas como él, una novela como El idiota —con todo y su estructura en dos libros, cuatro partes, cincuenta capítulos y 825 páginas de letra pequeña— se queda cortísima a la hora de buscar referencias narrativas de una época y una nación. Pero creo que, de haber sido escrita en cualquier otro país que no tenga una tradición literaria monumental como la rusa, la francesa, la argentina o la estadounidense, esta novela indiscutiblemente sería la obra capital de una literatura nacional; algo comparado a la importancia que tiene El Señor Presidente para Guatemala o Cien años de soledad para Colombia.

La lectura de El idiota no es sencilla. De hecho, puede llegar a ser lenta y extenuante para un lector desacostumbrado a los novelones clásicos o para alguien desenamorado de la idea de nunca abandonar un libro a media lectura. Con esta novela pasó algo que nunca me había sucedido con otras lecturas de Dostoievski: me dio la impresión de que muchos de sus personajes son decorativos y hasta pudieron omitirse para los fines estrictos de la historia (a pesar de estar magníficamente construidos). Tales son los casos del general Iván Epanchin, las hermanas Alexandra y Adelaida Epánchina, el general Afanasi Totski, Ferdischenko y, a veces, hasta la misma Aglaia, por mencionar algunos.

A pesar de ello, El idiota posee los elementos que nunca faltan en toda buena novela dostoievskiana: una sociedad codiciosa e hipócrita dividida en diferentes estratos (y diferentes formas de repugnancia), un linaje de alcurnia venido a menos, pasiones amorosas confusas, insensatas y autodestructivas, epístolas reveladoras, la decadencia moral por doquier (nunca falta), una femme fatale (por supuesto) y por lo menos media docena de seres que dan pena ajena, empezando por su protagonista y antihéroe, el príncipe Lev Nikoláievich Mishkin.

La historia comienza con el regreso de Mishkin a Rusia tras pasar varios años en Suiza recluido en un sanatorio donde se trataba la epilepsia. Él posee un linaje real, pero sin alcurnia ni reconocimiento. Si bien no es un idiota en el sentido rigurosamente científico de la palabra y carece de las cualidades de un Quijote que vive su propia épica inventada, en el fondo el príncipe Mishkin es un apestado a la espera de una herencia que resulta ser puro humo. A veces el lector podrá sospechar que detrás de su excesiva ingenuidad se esconden grandes destellos de sabiduría, pero a veces también pareciera todo lo contrario. Su gentileza le hará creer a más de un personaje y al lector que en realidad es un estúpido exasperante, como esos buenos parientes o amigos que todos aprecian con sinceridad pero nadie quiere cerca.

Mishkin se queda corto ante la complejidad de otros protagonistas dostoievskianos como Rodion Raskolnikov, Alekséi Ivanovich o Aliosha Karamazov, pero no por ello resulta más interesante para el lector, sino lo contrario. Quizá sea por su cordialidad y su falta de agresividad que en El idiota casi siempre sean otros los que se roban el show, como Nastasia Filíppovna, huérfana adoptada por Totski —y acaso violada por él durante su adolescencia—  o Parfión Rogozhin, aburguesado vulgar que al inicio es amigo del príncipe pero luego rivaliza con él por el amor de Nastasia.

El idiota tiene un final macabro que no decepciona, pero de alguna forma da la impresión de que se trata de una novela que, comparada con otras de Dostoievski, va de más a menos en algunos aspectos. «La segunda parte no es tan buena como la primera», dice Ricardo Piglia refiriéndose a ella en Los diarios de Emilio Renzi. Pero esto no significa que sea una obra menor y mucho menos prescindible. Aunque no fuera el caso de un autor brutal como Dostoievski, esta novela fácilmente pudo ser la obra maestra de cualquier escritor de su época. De hecho, con todas sus carencias y excesos me sigue pareciendo superior a cualquier cosa que hayan escrito otros narradores con mucha fama pero inferiores de su tiempo como Gustavo Adolfo Bécquer o Jorge Isaacs.

Por si esto fuera poco, al final de la primera parte —y específicamente en el capítulo 16— Nastasia Filíppovna, Gania Ívolguin y Rogozhin protagonizan una de las escenas de mayor intensidad y mejor logradas que yo haya leído hasta ahora en toda la literatura rusa, digna del mejor Dostoievski y de los mejores cánones literarios, además de ser la razón por la que me quedé fascinado de Nastasia para siempre. Avaricia, lujuria, hipocresía, decadencia y tanta naturaleza humana reunida en un solo capítulo con la fuerza suficiente para hacer de El idiota una novela que valga la pena leer por lo menos una vez en la vida. Para ello quizá no haga falta esperar otra pandemia con toque de queda nacional y ni siquiera estar al borde de la muerte o la locura.

[Ilustración de portada: María Pérez Sanz (para la edición de El idiota, de Penguin Random House)]

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