El caso de las clases en línea, la negativa al sistema híbrido y la estupidez de los gobiernos durante la pandemia


Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalMe asomé a la habitación de los niños un momento y escuché la voz de la maestra saliéndose a través de los parlantes de la computadora. Se escuchaba frustrada y aburrida. Mientras ella ignoraba mi presencia detrás del monitor —aunque seguro a esas alturas ya no le importaba que la estuviera oyendo el mismísimo presidente de la República—, me quedé en silencio escuchando cómo reprendía a mi hijo por no prestarle atención. Según ella, nadie estaba escuchándola, los niños se conectaron tarde a la clase y nadie respondía a sus cuestiones. Sin embargo, el sol se estrellaba con fuerza en la ventana a esa hora y pude observar a mi niño con la mirada perdida viendo el pasto a través del vidrio y escuchando las súplicas de su hermana para que volviera de nuevo al juego.

Mientras veía aquel cuadro lastimero, pensé que la educación en línea es verdaderamente un suplicio para los chiquillos. Se sientan horas frente a una pantalla desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde (en nuestro caso) interactuando solo con la maestra y algunos niños desde la distancia. Compañeros con los que mi hijo solía compartir cartas Pokémon o fútbol en los recreos se convirtieron en un vidrio y un chat.

A veces lo veo aburrido y ojeroso y pienso: ¿no es acaso parte del aprendizaje que salga libremente a jugar? Aun así, sé que somos privilegiados porque él puede estudiar, puede aprender las partes de la oración en tres idiomas y comunicarse desde una computadora moderna en la comodidad de su hogar; pero ¿qué hay de todos esos niños que no han podido estudiar desde hace más de un año?

Las prioridades para los gobiernos en Centroamérica han sido claras: «dejemos a la población ignorante en aras de un virus». ¿No es esa, a fin de cuentas, la finalidad de todos los gobiernos tercermundistas? Me refiero a eso de que la gente no aprenda porque de esa manera es más fácil manejarla.

Por ejemplo, en Panamá, el año pasado, el gobierno no dijo nada de que las personas huyeran en manada para las fiestas patrias en plena cuarentena o que en Guatemala se amontonaran en La Antigua hace solamente unos días, para Semana Santa. ¡Ah! Pero la educación está en último lugar y por ello el sistema híbrido —o sea, el sistema en el cual los alumnos van por grupos un par de veces a la semana a estudiar presencialmente— no es tema de debate en ninguna asamblea.

A eso se le suman las opiniones de los «opinólogos» en redes sociales; personas que no tienen hijos pero que deciden que es mejor que los niños no vayan a la escuela «a que mueran por el virus». También están a aquellos que creen que es más seguro llevar a sus hijos al mercado, a un restaurante encerrado, al cine o al supermercado, pero no a la escuela.

La realidad es que la mortalidad por COVID-19 en niños es solamente del 1% y esto es solo debido a padecimientos crónicos. Según un estudio de British Medical Journal, el riesgo de que los niños necesiten tratamiento hospitalario por COVID-19 es «pequeño; y de que se enfermen de gravedad aún más pequeño». Esto significa que no se han registrado muertes de niños en edad escolar sanos y por ello «no hay ningún perjuicio en que los niños regresen a la escuela», dijo el profesor Calum Semple de la Universidad de Liverpool a la BBC de Londres.

El problema en el Tercer Mundo, como dije, son las prioridades; y desgraciadamente los niños y jóvenes nunca lo han sido. Ha prevalecido el pánico y la irracionalidad, y lo digo con conocimiento de causa porque mi familia y yo nos contagiamos de COVID-19 estando encerrados. Desgraciadamente el encierro también provoca una caída anímica que baja las defensas y ahora puedo ver que cuando vivía en Panamá y respiraba ese aire reciclado del aire acondicionado —porque los espacios abiertos se convirtieron, sin razón alguna, en enemigos acérrimos del gobierno panameño— se dieron las condiciones perfectas para que nos enfermáramos. Mis pequeños estuvieron solamente un par de horas con fiebre y eso fue todo, pero han tenido que vivir como ladrones o delincuentes. Se quedaron sin amigos, sin escuela y sin socialización por un virus que no les afecta. La pregunta aquí es: ¿hasta cuándo? Porque en vista de que la situación es endémica, ¿cuál seguirá siendo la excusa para que sigan sin estudiar?

La gente que solo opina porque es fácil ni siquiera puede llegar a comprender la dimensión de lo que un niño pequeño pierde en un año sin escuela. Porque no solo son sus habilidades sociales, sino motrices, de memoria, atención focalizada, de inteligencia emocional, abstracción, etcétera. He leído comentarios estúpidos de gente que dice «es que ya no los aguantan en su casa, entonces para qué los tienen» y ojalá fuera ese el verdadero problema, pues sería fácil de enmendar. Sin embargo, esa gente imbécil no tiene a sus hijos haciéndose pipí encima por el cambio de rutina, por la desesperanza que les provoca no poder ver a sus amigos, por el vacío que han sentido al estar encerrados y porque de un día para otro su vida se quedó sin todo eso que aman hacer, o sea, cosas normales de niños.

Así que yo evoco una solución lógica y definitivamente el sistema híbrido lo es. El problema es que, como he dicho, los gobiernos no tienen intención de meterse en ese lío porque no les conviene; por lo tanto, son más fáciles los decretos arbitrarios sin base científica en los que propugnan que nadie estudie para que seamos todos una manga de retrasados y desmemoriados, y que en unos años votemos nuevamente por ellos. Porque ay, qué lindos ellos, ¡cómo se preocupan por nuestra salud!

Entonces los niños que puedan seguirán teniendo sus tediosas clases en línea; se les enseñará a los tres y cinco años a usar programas complicados y se les reprenderá por no querer prestarle atención a un aparato; todo esto mientras nuestros países siguen retrasándose siglos en el desarrollo, mientras los gobiernos se llenan los bolsillos de dinero ajeno y se quedan con la autoridad de decidir nuestra libertad en aras de un virus que poco les importa ya.

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