Las curvas de Lola Bunny


Ricardo Corea_ Perfil Casi literalPepe Le Pew y las curvas de Lola Bunny no son los primeros ni van a ser los últimos. La lista es larguísima y el tema está ya agotándonos a todos: la cultura de la cancelación es buena o mala; qué es y no políticamente correcto y cuándo es válido ponerle qué etiqueta a qué producto cultural.

Son demasiadas incertidumbres y el tema da para que la tinta corra por montones (como, de hecho, está sucediendo desde hace algún tiempo). Hace unos días me tocó editar una columna para Grafomaniacos —aprovecho el espacio para que se puedan dar una vuelta por ese proyecto— titulada «De cómo la corrección política arruina la literatura». Como ven, ya desde el título venía un prejuicio implícito: que sí o sí, la corrección política arruina todo.

Hoy quiero hacer un esfuerzo con dialogar con esa idea. De entrada, no comparto la idea de ser tan tajantes con el tema. Pero creo que hay que ir por partes.

Para comenzar, haría acá una distinción importante —y no sé si, para el caso, levemente hipócrita—: la literatura es un tema muy aparte. Porque usualmente no es tan masivo o porque simplemente existen otros productos culturales que son mucho más invasivos en la psique social.

Muchas de las cuestiones que rodean la publicación o no de un libro sobrepasan las fronteras de lo literario. Son decisiones editoriales que, como sabemos todos, responden a un juego mucho más grande de oferta y demanda del mercado. Las preguntas, sin embargo, me parecen válidas: ¿qué tan sano es que la literatura se circunscriba a la moral de la época? ¿Debería la literatura comenzar a eliminar ciertos roles tradicionales y ponderar nuevas realidades o formas de existencia? ¿Debería ser la literatura pro-feminista o pro-LGTBIQ o pro-loquesea?

Distingo dos momentos. Primero, los libros ya publicados, clásicos o no clásicos. Libros que han alcanzado cierto estatus de prestigio, de alta literatura o de lo que sea. Para mí, a esos libros hay que dejarlos donde están y como están. Así se puedan leer como apologías de las peores cosas sin importar que hayan sido escritos por fascistas declarados. No deberíamos tocarlos, no deberíamos reeditarlos, no deberíamos censurarlos porque nada de eso funcionaría (son innumerables los casos en los que intentar hacerlo consigue exactamente el efecto contrario al deseado); pero, más importante, porque creo que esas obras deberían quedar ahí, más allá de lo literario, como eterno recordatorio de lo que está mal en la humanidad.

Pienso en el caso concreto de Lolita. Un cliché ya en estos temas. ¿Una apología a la pedofilia? La discusión acá podría ser eterna. ¿Una obra maestra de la más alta literatura? Una discusión menos encarnizada, pero debatible igualmente. Pero más allá de eso creo que para la humanidad sirve como testimonio de que esas cosas pasan. No estoy hablando de normalizarlo, sino de entenderlo y aceptarlo como algo que nació de seres humanos, porque es la única manera de combatirlo.

La mejor analogía que se me ocurre es la de los museos del holocausto o de cualquier otra barbarie humana. No están ahí para hacer apología de los horrores, mucho menos para celebrarlos. Están ahí porque alguien tiene que recordarnos constantemente de lo que somos capaces.

Con respecto a la nueva literatura, a los autores que ahora están escribiendo o pensando ya en publicar, creo que la cuestión se vuelve más engañosa.

Como mencioné antes, muchas de las etapas por las que pasa un libro —desde que se concibe en el compartimento mental de un autor hasta que está disponible en nuestra librería de confianza— son de todo menos literarias. Ahí intervienen cuestiones de mercadotecnia, editoriales, dinero y un largo etcétera.

¿Debería un autor que ahora está escribiendo su novela incrustar un personaje trans, una mujer empoderada o un hombre que no sea blanco heterosexual en su novela? Yo creo que no. Aunque suene tonto —y suena a receta facilona—, creo que los escritores deben de hacer lo que les compete: escribir. Escribir historias cuyos únicos requisitos son los que impone la misma literatura, verosimilitud, manejo adecuado de la tensión, personajes que no sean acartonados y por ahí sigue la lista. La literatura no debería nunca responder de forma directa y llana a la moral de la época. Una de las cosas que hace de la ficción una de las formas de arte más bellas es su extraordinaria capacidad para tocar lo humano, en todas sus dimensiones, con lo sublime y lo deleznable.

Pero también creo que esta corrección política, que tantos dolores de cabeza parece traerles a algunos, debería servir para darle más profundidad a los personajes y a las tramas. Asumir ciertas posturas más serias respecto a las cuestiones que toca y que en ningún momento subvierten los requisitos de la buena ficción.

No es necesario que haya un personaje homosexual en la novela que estará escribiendo ahora un autor joven, pero si habrá uno, que tenga un propósito; no solo el personaje, sino su misma homosexualidad. Que no responda a la imagen caricaturesca que por años se nos ha mostrado, sino que muestre esa realidad desde lo más humano; con todas las implicaciones buenas y malas que eso pueda significar.

Tampoco es necesario que cada personaje mujer que se escriba sea una feminista woke o una heroína, o la salvadora del universo conocido; pero sí que ese personaje tenga la suficiente importancia y profundidad como para merecer ser escrito.

Pero creo que lo más importante acá es que nadie debería perder el sentido común. Pepe Le Pew o Johnny Bravo son personajes acosadores que existen, no para normalizar una actitud de acoso, sino para ridiculizarla. Y creo que ridiculizarla es parte de la lucha de los que activamente intentan eliminarlo.

Del otro lado de la moneda están los ofendidos porque se eliminaron las curvas de Lola Bunny. Para ellos, la misma receta: sentido común. Y de paso búsquense causas más interesantes por las que ofenderse.

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