New Amsterdam: la pesadilla que es Max Goodwin

NEW AMSTERDAM -- "14 Years, 2 Months, 8 Days" Episode 212 -- Pictured: Ryan Eggold as Dr. Max Goodwin -- (Photo by: Karolina Wojtasik/NBC/NBCU Photo Bank via Getty Images)


Javier Stanziola_ Perfil Casi literalLa fase de vacunación de la pandemia me produce ansiedad. La libertad que tanto extrañé está cada día más cerca y me causa aceitosas palpitaciones. Tan irracional anda mi corazón que encuentra consuelo en el subproducto cultural que más detesto: las series de televisión gringas de varias temporadas y kilométricos números de episodios.

Luego de terminar las treinta y tantas historias de la espectacular The Marvelous Mrs Maisel me tropecé con las tres temporadas de New Amsterdam (actualmente disponible en Netflix). Al principio dudé en apretar el botón de Season 1, Episode 1 por el temor de embarrarme con otro bodrio sobre la bondad del individualismo como The Good Doctor, The Good Wife, The Good Fight y The Good Place. Estas series tienen en común el apesarismo: a pesar de ser diagnosticado como autista, soy un buen doctor. A pesar de ser una mujer engañada y divorciada, soy una gran abogada. A pesar de —llena el espacio en blanco— yo no dejo que mi contexto me defina, trabajo sin descansar y, al final, como lo promete el Evangelio de Coelho, logro mis objetivos.

New Amsterdam propone algo distinto. Desde un hospital público en Nueva York sus historias presentan una perspectiva relativamente fresca para la televisión comercial yanqui sobre las relaciones entre individuos y la sociedad. En lugar de individualismo nos habla de los efectos en nuestra salud física y mental del régimen de desigualdad que nos marina. Con un tono de documental de «dile “no” a las drogas» la mayoría de los episodios cocinan un tema que —estoy seguro— en la mesa de guionistas describen como «controversial». Luego de presentar varios puntos de vista, el problema se resuelve en menos de cincuenta minutos gracias al uso de la evidencia científica interdisciplinaria.

Así conocemos a un adolescente con una aflicción severa estomacal (o algo así) que es producida por el racismo, y a un grupo de vecinos de un edificio a punto de morir por no tener acceso al Internet. Sin duda es placentero ver cómo un grupo de médicos utiliza las ciencias sociales para diagnosticar y ayudar a sus pacientes.

Claro, esta mercancía de la compañía NBC no estuviese por su tercera temporada en la franja estelar sin el uso de viejas fórmulas. De esto se encarga su personaje principal, Max Goodwin, el pálidamente guapo director médico de New Amsterdam. Si los problemas de los pacientes son resueltos con evidencia científica el estilo de liderazgo de Goodwin va en contra de todo lo que la literatura de administración de empresas nos dice que funciona (y no) para facilitar organizaciones sostenibles.

Goodwin, interpretado por Ryan Eggold, es el tipo de jefe al que le da escozor la palabra estrategia. Su estilo de liderazgo es absolutista: él hace lo que quiere, cuando así lo quiere.  En sus primeros diez minutos como jefe despide a una decena de cardiólogos luego de acusarlos de priorizar el dinero sobre sus pacientes, para luego volver a contratar a uno de ellos. A las siete de la mañana escucha a un parajito cantar «crisis ambiental» y dos horas más tarde, sin consulta ni reflexión, implementa cambios radicales a los protocolos médicos para reducir la huella ambiental del hospital, afectando negativamente a pacientes y doctores. Al día siguiente, crea una ratatouille de proyectos de salud para personas vulnerables, sin tener el presupuesto ni el personal calificado. Pero al final de los cincuenta minutos, gracias a sus muecas adorables, todos los proyectos han sido implementados con éxito. Pero lo más importante: jugando con el mito gringo del jefe Superman, cada episodio termina con uno de los súbditos de Goodwin pregonando cuán inspirador es trabajar para alguien como él.

En realidad, sabemos que las personas en posiciones de liderazgo que facilitan organizaciones de éxito reconocen que su labor es quemar la capa de Superman. Estas personas entienden la necesidad del colectivismo empresarial y la paciencia. Para esto se arman de largos procesos estratégicos participativos donde fusionan las ideas de los diferentes miembros de la organización.

Con esta visión consensuada, su trabajo es convertirse en contadores de historias sobre la organización, tanto para atraer inversionistas como para recordarle a los trabajadores por qué hacen lo que hacen. En lugar de inventar nuevos proyectos mientras desayunan yogurt con granola, las personas en posiciones de liderazgo en organizaciones exitosas entienden que su labor se limita a eliminar las múltiples barreras que enfrentan los trabajadores, para luego hacerse a un lado y dejarlos ser.

En fin, trabajar con Max Goodwin debe ser una pesadilla. Pero todavía no han encontrado la receta televisiva para hornear el personaje de un jefe lleno de paciencia que practique el colectivismo que atraiga a millones de televidentes.

[Foto de portada: propiedad de NBC].

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