En las tierras altas de Chiapas (II)


Leo De Soulas Casi literalDe Tuxtla Gutiérrez a San Cristóbal de las Casas hay más o menos una hora de distancia, pero el contraste físico y cultural entre estas dos ciudades es tan marcado que el viajante tiene la impresión de haber comido largas leguas en un viaje muy largo. De manera sorpresiva el vehículo ondea una curva y ante la vista aparece un hormiguero compacto que se distribuye de manera irregular entre la alta sierra. En un parpadeo, el clima se enfría dramáticamente, las nubes esconden como gráciles tules los contornos de las montañas más alejadas y la frescura del ambiente se resiente el cuerpo. Un paisaje melancólico se apodera de los sentidos de manera inmediata.

Las calles para ingresar a San Cristóbal, sin embargo, son modernas y un próspero comercio domina en sus suburbios. Es probable que a primera vista el viajero observador quede un poco desilusionado, quizá porque espera encontrar bucólicos caminos empedrados que trasladen de manera inmediata a memorias coloniales. Sin embargo y muy a pesar de las comodidades del comercio moderno, el bosque que rodea esta área aún se respira limpio y vital, de una oscura verdura propia de los climas templados que invitan a ser habitados.

Descendí de la Van que me transportaba en un trecho de la calzada donde se apilan vendedores de toda índole, gritando sus productos en una algarabía popular digna de un concierto de cámara. Mi instinto me fue llevando por la calle principal de ingreso al Centro Histórico. No suelo perder mi tiempo buscando un hospedaje cuando las calles de una ciudad me invitan a explorarla, así que entre la abundancia de hostales y casas de huéspedes me decidí casi por la primera opción que me ofrecía una habitación individual con baño privado y a un precio bastante razonable.

De forma apresurada organicé mi ligero equipaje en la habitación y salí a perderme entre la muchedumbre que circulaba por las calles empedradas y que, de algún modo, rejuvenecían la vetusta arquitectura de los caserones coloniales con sus techos de tejas, de las soberbias iglesias que engalanaban con sus sobrios trajes clásicos de líneas rectas, pero de colores tan saturados como las mengalas de muchas de sus parroquianas. Era un desfile de colores, de aromas y de sonidos que se apreciaba a cada paso en medio de la tarde entristecida que estaba a punto de dormir entre los estertores que ofrecía el fresco de la noche.

El punto de referencia en toda ciudad colonial será siempre su plaza mayor. Hacia allí me fui dirigiendo, de nuevo por instinto, dejándome llevar por el maremágnum hecho gentío que ocultaban en su movimiento espontáneo la partitura de una danza citadina que se expande y se contrae para luego volverse a expandir como lo harían las olas que besan la superficie lamosa de ciertos humedales vírgenes.

El movimiento de la gente marca el ritmo de una ciudad y el de San Cristóbal era popular, sincrético, colorido, con mucho de provinciano, un retazo de voces conformado por un amplio espectro de tesituras pregonando su esencia mestiza. La catedral dominaba la explanada Plaza de La Paz, con su mengala amarilla adornada de collares rojos como si fuesen un digno vestido de Frida Kahlo.

A partir de ahí era obligatorio el recorrido por sus tumultuosos andadores que a poco van descubriendo joyas arquitectónicas convertidas en cafés, hostales, museos, bares y restaurantes siempre atiborrados de bullicio, como si se resistieran a darse una tregua.

Hacia el norte, el andador Eclesiástico de San Cristóbal que lleva directo a esa joya del barroco escondida como si fuera una tímida vestal entre el Mercado de la Caridad: la Iglesia de Santo Domingo. Vale la pena perderse un buen rato entre la enredadera de sus muros ornamentados e intentar abstraerse ―a pesar del cotorreo eterno que siempre reina en el lugar― en el universo barroco que remite a épocas de comendadores y visitadores.

Hacia el sur, el andador Turístico Miguel Hidalgo, mejor conocido como andador Del Carmen, por el solitario arco que interrumpe como cíclope el camino. Hacia el sol naciente, partiendo del Parque de Los Arcos, se recorre el andador Guadalupano, el más largo y cosmopolita de los andadores y que lleva directo hasta cerro Tepeyac chiapaneco, coronado por la sencilla Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, desde donde se ven atardeceres que en nada envidian una pintura puntillista de Claude Monet.

De visita obligatoria es también la iglesia de San Cristobalito, en la cima de un cerro, cuyas escaleras parecieran estar hechas de retazos tejidos en telares mayas. Desde arriba se aprecian inigualables vistas de la ciudad, del sur hacia el norte. Merece también la pena visitar su Museo del Ámbar, el Museo Mesoamericano del Jade, el Centro de Textiles del Mundo Maya o el Museo de la Medicina Maya.

Sus atardeceres también merecen ser acompañados de un chocolate caliente, bebida de las deidades mayas, mientras el cuerpo se arropa en alguno de sus numerosos cafetines desde donde se puede contemplar el movimiento de la ciudad. Y si el cuerpo exige una bebida más fuerte, el pox o posh es la bebida ideal, un destilado de maíz que, entre otros usos, también se emplea como bebida medicinal.

A pocos kilómetros de la ciudad dos pueblos reflejan con mayor pureza la idiosincrasia de la región. Zinacantán es un poblado de gente industriosa que organiza su economía en torno a negocios comunitarios. Aunque las actuales generaciones han visto en la migración una oportunidad para mejorar sus vidas, un grueso de su población todavía se acoge a los valores tradicionales que le dan más importancia a la familia, a la vida comunitaria que a la posesión de bienes materiales.

Más interesante resulta la visita a San Juan Chamula, cuya iglesia es celosamente custodiada por sus habitantes tzotziles, quienes no permiten fotografías en el interior ni expresiones afectuosas entre sus visitantes. Como algunas iglesias en Guatemala, es célebre por los rituales sincréticos que se llevan a cabo entre sus muros, en un espacio en el que no existen bancas para los feligreses y lo menos que se celebran son misas católicas.

Diversidad de arreglos florales y velas alfombran el piso, mientras se hacen abluciones y ofrendas de animales y pox. El ritual más importante es de limpia de chule’, relacionado con la sanación de dolencias físicas y morales. En ellas, las mujeres de la aristocracia tzotzil se reconocen por sus faldones de lana negra utilizados para ocasiones ceremoniales.

Más inquietantes resultan las cruces verdes plantadas a los lados de la plaza o en otros lugares del pueblo. La cruz maya nada tiene que ver con la cruz cristiana, aunque haya sido utilizada por los mismos franciscanos para catequizar a los indios de estas tierras. En realidad, esta cruz había sido adoptada desde la época precolombina y simboliza el árbol sagrado de la ceiba. Cada uno de sus vértices representa uno de los puntos cardinales. Generalmente es utilizada para leer los nahuales.

Si bien es cierto que las tierras altas de Chiapas se caracterizan por sus interesantes expresiones culturales, también posee prodigios naturales de gran valía que dejan asombrados a los visitantes. Cercana a la ciudad de San Cristóbal, y más todavía a Comitán, se encuentran las cascadas de El Chiflón y El Velo de la Novia, que, enclavada en la montaña, se logra divisar desde la carretera y el ascenso se hace a pie.

Al inicio, las caídas de agua no son tan altas, pero en algunos tramos el paisaje recuerda los jardines japoneses. Luego de una hora a paso constante se llega a la caída más alta, el Velo de la Novia, llamada así por la semejanza que tiene con el velo nupcial. Es una maravilla sentarse en el último de sus miradores para relajarse mientras el agua cae a tumbos.

Más cercano a Guatemala se encuentra el Parque Nacional Lagunas de Montebello. Según se dice, en el área hay más de 75 lagunas, muchas de las cuales son inaccesibles. En un corto viaje apenas tuve tiempo para conocer tres de sus lagos, quizá los más famosos.

El primero de ellos fue el lago de Pajoj, un cuerpo de agua que se pierde entre la bruma y que recuerda legendarios relatos de vampiros transilvanos. El lago se navega en balsas muy rudimentarias, fabricadas con troncos de frondosos árboles se llega a una isla donde conservan orquídeas.

Siguiendo más de cerca a la frontera con Guatemala se llega a la laguna de Tziscao, uno de los mayores cuerpos de agua del lugar. En esa parte, las escasas construcciones y cabañas tienen un estilo campestre europeo. Frente a este lago se encuentra la Laguna Internacional que es atravesada por la línea fronteriza con Guatemala. Desde ahí se pueden apreciar los mojones divisorios. Atravesando un pasillo se pasa de un mercado mexicano a otro guatemalteco. Saliendo del mercado, ya en bosques guatemaltecos se toma un camino de terracería que lleva hasta el municipio de Nentón y a los misterios de la tierra huehueteca.

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