¿Dónde encontrar historias de terror?


Noe Vásquez ReynaLa cámara del teléfono se sitúa precisa para encontrarse de frente con el hombre que ha sido esposado y es escoltado a la salida de la sala de audiencias. Tiene buen perfil, es un tipo atractivo que lleva su cincuentena de años acorde con un entrenamiento físico diario. Para los últimos días de audiencia, antes de que lo ligaran a proceso, se procuró un corte de cabello muy masculino, una afeitada oculta tras la mascarilla y un vestir entre moderno y elegante casual. Imagino que quizá se sueña en portada de revista y notas de prensa.

Este hombre de casi un metro ochenta, de 59 años, fue arrestado en su casa en Hyattsville, Maryland, informaron funcionarios de Inmigración y Control de Aduanas en 2017. El tipo era un residente legal permanente en Estados Unidos que trabajó en una sala de correo en la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore. Este hombre enfrentó cargos en un tribunal de inmigración de Estados Unidos y una deportación a Guatemala para ser juzgado por una de las peores masacres en la historia de América Latina.

El tipo se llama José Mardoqueo Ortiz Morales. Tiene un acento marcado y extranjero-que-arrastra-consonantes, pero con tono claro y bien articulado. Él es otro militar sospechoso y arrestado en Estados Unidos por la masacre de hombres, mujeres y niñas y niños, que tenían en promedio 7 años, en el caserío de Las Dos Erres, en el norte de Guatemala, en diciembre de 1982. Hace más de tres décadas.

Otros cinco veteranos de una fuerza de comando élite guatemalteca conocida como los «kaibiles» han sido condenados por tribunales en Guatemala, por cargos derivados de la masacre de Las Dos Erres. Otros kaibiles siguen prófugos, «algunos de ellos con la ayuda de las fuerzas de seguridad guatemaltecas, cuyo poder ha impedido la búsqueda de justicia, según investigadores guatemaltecos y estadounidenses», escribe Sebastian Rotella en este artículo.

En los juzgados de Guatemala podrían originarse muchas ficciones. Aquí la realidad sobrepasa la ficción. Pensaba en eso mientras veía las fotografías de Ortiz Morales en las que mira fijamente a la lente, donde sus ojos ven a quien le vea. Y puedo imaginar qué pudo ver aquel diciembre donde niñas, niños y mujeres fueron llevados a la iglesia de la comunidad, donde se encontró ropa interior y los manteles de la iglesia manchados de sangre. Hubo violaciones masivas y no importó si las mujeres estaban embarazadas.

Esta historia incluye un pozo lleno de cadáveres con golpes en los cráneos, en donde el último recuperado pertenece a un menor de edad. No sé si Ortiz Morales tiene una mirada de odio. El personaje de Capote explica que ni siquiera es eso. Pero obedecer una orden no lo exime de la responsabilidad ante tanta muerte. Me asalta la pregunta de cómo puede una persona acusada de cometer atrocidades guardar un profundo silencio. Qué doctrina tan fuerte debe tener un ejército para haber creado una fuerza especial criminal e inhumana capaz de hacer lo que hizo, y luego ayudar a los asesinos que ha creado a vivir impunemente hasta la fecha.

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