Exilados por la UNESCO. ¿Cuál es el precio de una preservación histórica?


Javier Stanziola_ Perfil Casi literalEste breve texto es sobre un pueblo en Panamá etiquetado como histórico. Pero es una historia que se repite en todos los países que se esfuerzan por preservar su historia material.

En las escuelas panameñas nos enseñan que Portobelo, hoy con solo unos miles de habitantes, fue uno de los principales puertos por los que la industria minera colonial transportaba lo que le robaban al Perú para sazonar la opulencia de la monarquía española. Portobelo fue asediado por ingleses y galeses que hacían el trabajo de ministros de relaciones exteriores, y los invasores españoles levantaron robustas fortificaciones que en 1980 fueron designadas como patrimonio histórico de la humanidad por la UNESCO.

El playbook de preservación histórica nos dice que este tipo de etiqueta atraería inversión pública y privada para ayudar a garantizar la preservación y valorización, no solo de estas fortificaciones, sino también, indirectamente, de su patrimonio inmaterial. Esto incluiría a las personas que viven en estos lugares, al igual que sus tradiciones y creencias.

Pero en el caso particular de Portobelo, la UNESCO parece haber recomendado un programa de reasentamiento de las personas que viven en este pueblo. Decenas de familias serían reubicadas a casas construidas por el gobierno a unas cuantas millas del lugar. Los expertos de preservación histórica del patio le han dado el visto bueno a esta propuesta ya que el exilio no será tan drástico, logrando ubicarlos en el mismo distrito en el que ahora viven. Esto está basado en una fórmula cuántica-económica-cultural que nos dice, irrefutablemente, que para Portobelo un exilio de 10 millas es 11.94 veces menos doloroso que uno de 100.

Y sí, en efecto, otros proyectos de preservación histórica en Panamá han sido más crueles. En el Casco Viejo están exilando a otras provincias a los residentes con los que contaba el área cuando llegó la designación de la UNESCO, destruyendo por completo el tejido social y cultural del que dependían.

En otro caso de preservación histórica que conozco bien, en South Beach, Florida, exilaron a los cubanos de la clase trabajadora y ancianos para darle espacio a jóvenes artistas de las artes visuales. Esta gentrificación con el desafilado cuchillo de las artes atrajo a ese grupo de personas que toman cafecito luego de hacer shopping, fertilizando el espacio para tiendas de ropa de clase media como GAP y el café bodrio de Starbucks. En Panamá también muchos artistas nos hemos prestado a usar ese mismo cuchillo para facilitar el proceso de exilio de personas tanto en espacios de preservación histórica como en comunidades que no nos gustan cómo se ven.

Los expertos del patio también nos dicen que este reasentamiento reduce la presión que los humanos ejercemos en sitios históricos. Esto está basado en otra fórmula cuántica-económica-cultural que demuestra que los residentes del lugar destruyen todo a su alrededor, pero los humanos en forma de turistas y con divisas extranjeras no dejan huella en los terrenos que pisan.

Y esto va más allá de sistemas económicos. Recuerdo escuchar una charla por algún director de preservación histórica de Cuba. Al ser cuestionado por la discrepancia entre la inversión en preservación histórica en la Habana y la falta de viviendas dignas en el resto del país, su respuesta fue simple: el valor de alimentar el alma de un pueblo es incalculable.

La preservación histórica es un importante objetivo que ayuda a desinfectar la falta de conocimiento sobre nuestros orígenes. Sin duda, más presupuesto y más voluntad política son necesarias para preservar y valorar de dónde venimos. A la vez, no podemos preservar nuestros artefactos materiales a cualquier precio. En demasiadas ocasiones he escuchado de fórmulas cuántica-económica-culturales que ponen el valor de un edificio por encima de la dignidad humana y demeritan el largo y tortuoso proceso para hilar el tejido social y cultural de una comunidad.

Sin una valoración digna de los seres humanos que no son como yo y sin una participación ciudadana real —no la pantomima a la que ya nos tienen acostumbrados—, la preservación histórica no vale la pena.

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