El turno de la Bestia


Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2Como el Y2K o el 13 baktún, el término cultura de cancelación fluye por las redes sociales como una amenaza destructiva. Un tuit antiguo puede costarnos un empleo. Un comentario en broma puede volvernos la paria social. Y aún si borramos cualquier evidencia, poco tardará en surgir el screenshot delator. En la era más libre y democrática de Occidente vivimos la opresión de la opinión pública, la Bestia insaciable con un particular gusto por la censura.

En términos llanos, la cancelación consiste en una reprobación colectiva de un mensaje o conducta. No es exactamente algo nuevo: desde la antigüedad se ha perseguido a brujas, profetas, herejes y desviados; pero en el siglo XXI estas pequeñas Inquisiciones se han adaptado a la interacción tecnológica. Y con ello han viralizado su velocidad, violencia y banalidad.

Como todas las tecnologías de la comunicación, las redes sociales han transformado nuestra manera de entender e interactuar con el mundo, sin salvarnos de la controversia. La misma imprenta fue rechazada por monjes y escribas. En su momento se habló de cómo la radio destruiría la cultura lectora y más adelante se culpó a la televisión de asesinar al arte escénico. Pero lo que tienen en común las producciones textuales, auditivas y audiovisuales es que tratan al consumidor como un espectador incapaz de alterar o transformar el significado o contexto del producto. El autor o los protagonistas guían la narrativa y los espectadores reaccionan e interpretan inmanentemente. En las redes sociales, esa narrativa fue seriamente alterada.

Simplemente: en Internet todos somos el autor, protagonista y espectador. El perfeccionamiento de algoritmos capaces de priorizar la interacción según nuestros gustos e ideologías ha reforzado esta narrativa solipsista. De un momento a otro tenemos el poder para ordenar esta esquina de la realidad: bloqueando o desechando cualquier punto que nos contradice o nos separa de la clica.

Cancelar en el siglo XXI tiene menos que ver con la preservación de la moral o sus dioses, y más con la (muy agresiva) expresión de nuestra identidad. Antes que suscitar una conversación consciente y constructiva, una publicación disonante invita a una avalancha de insultos, amenazas y (en casos aún más serios) divulgaciones de información íntima. La distancia y relativo anonimato nos procuran una falsa seguridad: decimos aquello que jamás nos atreveríamos a expresar públicamente y lo enfatizamos para diferenciarnos del otro. A la Bestia le atraen todos los sabores de la hipocresía.

Somos protagonistas: jueces, jurados y verdugos en la corte de la opinión. Y es que poco importan el contexto o la libertad de expresión cuando podemos pertenecer a la vocal mayoría que está en lo correcto. Aparentemente no existen los machistas, ni los racistas, ni los clasistas, ni los blasfemos en Twitter hasta que alguien malinterpreta (deliberada o accidentalmente) la narrativa ajena. Uno pensaría que si tenemos a tanta gente capaz de incendiarse por unos cuantos caracteres de injusticia social, seguramente hemos resuelto todos los problemas de la humanidad para vivir en paz y amor. Pero ese es el fantástico camuflaje de la Bestia: no importa cuan ruines o desinformadas sean nuestras mentalidades, todos podemos adoptar el manto de nuestra verdad. «Vive tu verdad», aúlla la Bestia mientras muerde al influencer ignorante.

«¿Qué estás pensando?», pregunta Facebook. «¿Qué está pasando?», inquiere Twitter. El algoritmo demanda nuestra expresión desde lo más íntimo hasta los límites de la banalidad, como le corresponde al protagonista de una pésima novela. Exageramos nuestra importancia con selfies, canciones, memes y el ocasional comentario irónico, esperando a la próxima víctima que le faltó a la normalidad. Y acaso por eso no tenemos permiso de ser, ni en persona ni en pixel.

Tuve un serio conflicto personal sobre si debía publicar este artículo o no. Afortunadamente, la Bestia no suele leer más de 280 caracteres.

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