Masacres escolares y la doble moral de la política estadounidense

Mario Ramos_ Perfil Casi literalHace algunos días visité un centro de cuidado infantil en donde mi esposa y yo hemos planeado inscribir a nuestro pequeño hijo. El proceso me ha causado mucho estrés, pues me angustia el hecho de dejarlo todos los días a cuidado de alguien más y sin ninguno de nosotros pendiente de él aunque, según lo que otros padres nos han dicho, es algo normal que suceda con tu primer hijo.

El lugar me pareció muy ordenado y limpio, y tanto el personal administrativo como las maestras me causaron una buena impresión. No puedo negar que al comenzar el tour entré en pánico, me sentí un espía, como uno de esos súper agentes que salen en las películas y que observan con suspicacia cada detalle y cada movimiento. Presté mucha atención en dónde estaban las salidas de emergencia y los sistemas de seguridad de la entrada, conté las aulas y luego traté de ubicarlas en mi mente como haciendo un mapa del lugar. Observé a cada una de las maestras e incluso a los padres que llegaban a dejar a sus hijos. Revisé cada detalle que pude, las casas vecinas, el parque, e incluso tuve el atrevimiento de acercarme a una pequeña bodega en una esquina del estacionamiento y vi a través de una de las ventanas, tratando encontrar algo sospechoso, pero nada: el lugar estaba lleno de juguetes.

Al terminar el recorrido, y luego de despedirnos de la directora del centro ―una pequeña monja de expresión enojada pero muy simpática y dulce al igual que el resto del personal― me di cuenta por qué actuaba así. Tenía miedo por la seguridad de mi hijo, pues en Estados Unidos ir a la escuela ahora también puede ser peligroso.

Haciendo un recuento ―aclaro que no son datos oficiales sino casos que me vienen a la memoria― el primer caso que escuché sobre un tiroteo escolar fue en 1999, cuando en la escuela secundaria Columbine murieron doce alumnos y un profesor a manos de dos estudiantes de último año. Desde ese día hasta el pasado 14 de febrero de 2018 he contabilizado 105 muertes por arma de fuego, esto solo en centros escolares.

Recuerdo también el caso de Virginia Tech en 2005, donde Seung-Hui, estudiante surcoreano, disparó contra universitarios en el campus asesinando a 32 personas; asimismo, la masacre de 2012 en la escuela secundaria Chardon en Ohio, donde Thomas Lane, de 17 años, disparó en la cafetería hiriendo a cinco adolescentes y dejando un saldo de tres muertos; ese mismo año hubo un terrible tiroteo masivo en la Escuela Primaria de Sandy Hook de Newtown, Connecticut, donde murieron veinte niños entre seis y siete años, además de seis adultos.

En 2015, en el Instituto Superior de Umpqua, Christopher Harper-Mercer disparó contra un grupo de estudiantes y mató a ocho jóvenes y un profesor; en 2016, durante un tiroteo en UCLA, Mainak Sarkar mató a un profesor y se suicidó. También en 2016 un adolescente de 14 años mató a su padre y después abrió fuego en la primaria de Townville, en Carolina del Sur, en donde dos estudiantes y una maestra murieron. Jacob Hall, de tan solo seis años, fue una de las víctimas a quien después rindieron homenaje en un funeral donde la gente acudió con trajes de superhéroes para honrarlo. El último incidente de esta naturaleza sucedió en la escuela secundaria Stoneman Douglas, de Florida, el 14 de febrero de este año, donde Nikolas Cruz asesinó a 17 personas e hirió a 14.

Todo esto resulta incomprensible y hasta ridículo para un país «desarrollado» que defiende ―por sobre todas la cosas― el derecho a portar armas que otorga la segunda enmienda de la Constitución, dejando al descubierto la doble moral y avaricia de algunos legisladores que ven en la defensa de esta enmienda un negocio que vale más que la vida humana.

Mientras tanto, el presidente Donald Trump propone como solución armar a los maestros y la Asociación Nacional del Rifle, NRA por sus siglas en inglés, pide que se desplieguen guardias armados en cada escuela. «Ojo por ojo y el mundo quedará ciego», dijo Gandhi. Esta propuesta no solamente es estúpida sino que promueve el mejor negocio para el NRA: la venta de armas. ¿Será que debemos comenzar a educar a nuestros hijos en casa? Si el plan maestro del gobernante es poner a más gente armada cerca de mi hijo para defenderlo de las mismas armas, prefiero dejarlo en casa.

Según un artículo publicado por la cadena CNN, Estados Unidos tiene más armas que cualquier otro país del mundo. Hay entre 270 a 310 millones de armas circulando en el país. Con la población de Estados Unidos de 319 millones, eso casi significa que hay un arma por cada estadounidense. Todo esto está asociado a la promoción indiscriminada de la violencia que siembran los estudios de Hollywood, la fuerte campaña pro-guerra del gobierno, la gran cantidad de jóvenes que regresan de las distintas guerras con desorden postraumático y que han sido entrenados para matar y la falsa seguridad que promueve el NRA junto a los grupos conservadores que venden la importancia de tener un arma para defenderse del enemigo que, en este caso, es el mismo que promueve dicha idea. Todos estos datos me aterran.

La ignorancia y la violencia que envuelve al país es razón suficiente para que los padres de familia vivamos con miedo de enviar a nuestros hijos a la escuela.

¿Quién es Mario Ramos?

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