Las manos de Roxana Campos Luque


Diana Campos Ortiz_ perfil Casi literalRoxana Campos Luque decía que a veces, cuando se está escribiendo teatro, llega un personaje que te toca la espalda y te pide pasar a la obra. Hay que dejarlo entrar, no vaya a ser que se quede algo sin decir, sin hacer o sin vivir por pura majadería de no dejarlo pasar a escena. Roxana, como la actriz que era, lo decía haciendo el ademán de tocarse a ella misma el hombro con la mano del brazo contrario.

Eso lo decía cuando daba sus talleres de dramaturgia en donde repetía hasta el cansancio y aprendíamos, casi por repetición, la fórmula aristotélica para escribir teatro. Una fórmula estructurada y cuadrada, cargada de tantos caminos distintos para crear especies de laberintos marcados para perderse y encontrarse y volverse a perder: aquello del dónde, de quiénes, del punto de giro, del conflicto, del clímax y del desenlace.

Profesora, actriz, dramaturga y directora, Roxana Campos Luque fue una mujer de teatro con una amplia y reconocida trayectoria, premiada varias veces por su actuación y por su escritura, y recordada por ser una mujer de armas tomar, literalmente. Maestra de muchos y actriz en múltiples montajes desde su juventud, nació a finales de 1948 en Costa Rica y falleció en noviembre de 2020. Formó parte del movimiento teatral costarricense que desde la década de 1970 estuvo muy comprometido con una sociedad más justa, más igualitaria y más libre.

Su legado como autora, como actriz y como artista dejó un vacío enorme en los escenarios y los corazones de Costa Rica —y me atrevo a decir que de Centroamérica—, aun cuando su obra ha sido lo suficientemente divulgada, chispas del oficio de la balcanización cultural de este istmo.

Roxana fue un personaje que me tocó la espalda y se metió a mi obra. Desde que la conocí ya nunca se fue aunque yo me haya ido del teatro. No estoy segura de cómo fue esa entrada a escena, pero sospecho que tuvo que ver con mis ojos brillando al escuchar sus historias de revoluciones de todo tipo: desde la liberación de los pueblos de Centroamérica hasta la liberación de las mujeres.

Fue un personaje que se metió en mi obra para sembrar inspiración y autenticidad con sus historias de «mujeronas» y con sus «pensamientos de una chiquita pobre» a derrochar empatía en un esfuerzo profundo, sistemático y sostenido para entender la diversidad de la experiencia social con todos sus bemoles (los feos y dolorosos incluidos). Ella vino a narrar buscando que el mundo fuera un lugar mejor: más habitable, justo, expresivo, inclusivo y, sobre todo, donde las mujeres no tuviéramos que defender nuestro lugar a punta de empujones.

Cuando le conté que estaba escribiendo una obra ambientada en Centroamérica durante la década de1970, me dijo viéndome a los ojos, fija y severa como ella podía ser, que me estaba metiendo con su historia. ¡Claro que me metí con su historia! Con la historia de ella y la de las mujeres de su generación. Con la historia de ella y la de las mujeres de Centroamérica, desafiantes, conmovedoras, épicas. Con su historia, que es la historia de las mujeres valientes, rompedoras, pioneras de todas nosotras. Sobre eso escribí luego un texto: sobre ella y para ella, que Roxana celebró muchísimo. Se lo llevé impreso y lo leímos juntas en El Caracol, con ceviche y cerveza, por supuesto.

Ahora que ya no vamos a ver a Roxana Campos Luque escribiendo sobre la compleja e injusta realidad, ni marchando el Día de la Mujer, ni caminando con sombrero, ni a la salida de un estreno, le rindo honor aquí en mi «Arquitectura fantástica». Este espacio es aprendiz de ella.

Gracias, Roxana, por echarle las cartas a la vida de esa manera, por enseñarme a escribir con estructura aristotélica, por acompañarme para entender que a fin de cuentas yo escribo como quiero y, fundamentalmente, por tocarme el hombro con sus manos tan humanas.

Hace tiempo que decidí que me iba a adjudicar mamás en mis distintos campos de interés. Creo que es una práctica que nos hace bien a las mujeres: salirnos de la idea de tener solo una mamá y ver mamás por doquier: en la dramaturgia, en la danza, en la política, en la ciencia, en la historia, en la cocina, en la antropología, en el activismo y en la literatura. Roxana fue para mí una mamá de las letras y del teatro, pero sobre todo de la vida. Gracias Roxa. Salud, eterna mujerona. ¡La obra sigue!

[Foto de portada: Foto: Eloy Mora e Ítalo Marenco para La Nación, de Costa Rica]

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