Un coreano llamado Kim Ki-duk


Eduardo Villalobos_ perfil Casi literalVagaba hace unos quince años por las calles de la Ciudad de México cuando me encontré de pronto ante una venta de esas películas que a veces llaman «de autor» o «de arte». Yo venía de un tiempo en que en Guatemala había que esperar a que se organizara algún festival o un ciclo en un centro cultural para poder ver alguna película que no fuera de Hollywood o del más nefasto cine mexicano, del tipo de —para que se me entienda— Las verduleras 2 o El día de los albañiles 4.

Pasé años esperando ver algunas películas de las que solo había oído hablar o de las cuales había leído reseñas o referencias en libros y revistas. Alguna vez, en el cable, vi con azoro y gozo, pero también con sueño, La naranja mecánica, de Stanley Kubrick. La pasaron en una milagrosa y rara y lluviosa medianoche. Luego, en un videoclub, encontré de manera casi increíble una copia de El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima. Al gran cine, a la luminosa experiencia de sus sombras, llegué tarde muy a mi pesar.

Así que casi me vuelvo loco aquella vez en que prodigiosamente se colocaban frente a mis ojos aquellas joyas de Mizoguchi, Dreyer, Tarkovski, Kurosawa, Pasolini y demás genios cuyo trabajo siempre había deseado ver en el aislado territorio en que me tocó nacer. Hay que decirlo, perdonen la franqueza: acá —con las contadas excepciones de rigor, por supuesto—, ¿a quién le importa ver esas películas lentas y viejas cuando es posible asistir al estreno de Rápido y furioso 10?

Me encontraba dudando entre un título de Wajda y uno Fassbinder (la cuenta ascendía vertiginosamente y había que priorizar) cuando el vendedor me preguntó, casi con candidez, si no se me ofrecía algo de Kim Ki-duk. «A ver», le dije, disimulando que desconocía completamente aquel nombre. Por alguna razón que se me difumina en la memoria terminé comprando dos películas de entre las varias que me presentó.

Así fue como conocí el cine de este autor coreano cuyas historias son un vehículo para hablar de la soledad, la angustia, la incomunicación, los deseos intensos y ocultos. Nada de complaciente hay en sus relatos en los que se instala la violencia tanto como la ternura. Sus personajes, seres anómalos, obsesivos y enfermos sienten el enorme peso del mundo y se aferran con angustia a su propio silencio. De hecho, algunos de sus personajes más memorables apenas hablan o no lo hacen del todo.

Con el paso de los años fui devorando sus crónicas del desamparo. Acompañé con una emoción creciente a ese tipo que en Hierro 3 entra sigiloso a casas cuyos dueños se encuentran de viaje para habitarlas una o dos noches y que conoce en una de ellas a una mujer que, finalmente, huyendo de un marido abusivo, lo termina acompañando.

Asistí a la espesa, terrible y brillante poesía que habita en El arco o en Birdcage Inn. Presencié cómo el amor y la obsesión bien pueden converger en el miedo y la soledad en Tiempo o Bad guy o La isla. Alguna vez desistí de la tenue tristeza del domingo en Montevideo para entrar en un cine para ver Aliento.

Escribo todo esto porque el pasado 11 de diciembre Kim Ki-duk falleció por COVID-19 a los 59 años en Riga, Letonia, donde se encontraba preparando su siguiente película; cineasta, hijo de campesinos, que antes fue albañil y soldado y pintor, que nunca estudió cine y que debió censurar una de sus películas porque sus escenas fueron consideradas «perjudiciales para los jóvenes, inmorales y antisociales», como determinó un comité de censura de su país.

Con Kim Ki-duk perdemos a uno de los cronistas más agudos de la soledad contemporánea. Su obra es un faro que gira otorgando claridad sobre las sombras a pesar de nosotros mismos.

Foto de portada: Tania Volobueva]

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