Crítica a la crítica


Michelle Juárez_ Casi literalPor estos rumbos chapines, los de acá somos muy sensibles. No me refiero a ser sentimentales, sino a una exacerbada tendencia a sentirnos ofendidos. Talvez sea por el ancestral sistema de represión y discriminación, quizá por la rígida estructura hegemónica o por otras mil razones. Lo cierto es que es muy fácil que nos tomemos cualquier cuestión bien a pecho.

Esa actitud de muñequita de porcelana o mariquita de cristal nos limita y reprime, además de convertirnos en una sociedad eternamente en punto de ebullición. No somos pacíficos, eso es mentira, pues somos chirmoleros, montoneros y rencorosos como buenos integrantes de una cultura asimilada, dominada, diezmada y obligada al mestizaje, por lo que ya no somos ni chicha ni limonada, por mucho que se hayan negociado apellidos y oligarquías.

En fin, todos estos retruécanos danzan cadenciosamente en mi cerebro mientras intento encontrarle sentido al sonambulismo que dicta nuestra realidad literaria. Tengo muchas interrogantes sobre qué ha sucedido con la expresión estética a través del lenguaje de escritores guatemaltecos durante los últimos años, pero no tengo a quién preguntarle.

Claro, algunos hechos me han escupido a la cara, como ese premio nacional de literatura otorgado a alguien que más bien ha dedicado buena parte de su vida al noble oficio de la corrección de estilo, lo que me abre el camino para proponer a otro par de colegas que también han publicado algunos textos, aunque su ejercicio literario no se compara con su pasión por la edición. ¿Se vale? ¡Genial! Quizá hasta yo entre en la colada.

Mi pensamiento tiende a la inclusión, pero esas interpretaciones tan amplias respecto al canon de la literatura guatemalteca realmente han estirado los criterios de selección más que elástico de calzoncillo de viejo (perdón por la alusión a la edad, me incluyo, no se me vayan a ofender).

Frente al caleidoscópico panorama de nuestra literatura me siento como extranjera en mi propia tierra —o más bien: como extraterrestre en planeta ajeno—, donde cualquiera es enemigo porque el mínimo cuestionamiento merece agresiva repulsión y la visceralidad más primigenia: «¿Qué? ¿Cuál es tu problema? ¿Por qué no puede premiarse a un hombre que ha dedicado su vida al periodismo y la literatura?», me confrontaron algunos cuando simplemente estaba buscando esos parámetros objetivos del dominio público que me permitieran validar la honorable decisión de premiar a la persona que ganó el Premio Nacional de Literatura el año recién pasado.

Ah, pero se me olvidaba que en Guatemala realmente estamos cerrados al diálogo. No recordaba que somos de mecha corta y que la idea de preguntar siempre suena a cuestionamiento destructivo con nefastas intenciones.

Lamento muchísimo esa postura recalcitrante que solamente perpetúa nuestra infancia expresiva. ¿Hasta cuándo seguiremos siendo niños berrinchudos y egocéntricos incapaces de integrar un aparato crítico multisectorial que valide nuestra abundante y diversa literatura? Creo que nos merecemos ese lujo. Creo que vale la pena pensar en los mecanismos para construir un canon inclusivo que nos represente.

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