El futuro del vacío


Óscar Estrada_ Casi literalAlguien de mi familia en Honduras me escribe pidiendo mi ayuda para la recolecta que están haciendo para pagar un coyote. En lo que va del año es la cuarta vez que algo así sucede: la familia colabora con algo de dinero, se paga al coyote y, hasta donde conozco, luego cruzan la frontera de Estados Unidos. Conozco quienes han solicitado refugio alegando temor por su seguridad. Sé de alguien que decidió no ir a la cita con el juez de migración porque sabía que su caso sería desestimado. Entonces se quedan en el país, navegando el enorme mar de inmigrantes indocumentados.

El gobierno de Joe Biden se encuentra en un gran dilema: reconoce que la presión en la frontera sur estaba en aumento desde antes de la pandemia, pero las condiciones económicas y de seguridad en el Triángulo Norte están haciendo que el flujo migratorio aumente de manera alarmante. Él sabe que las viejas fórmulas no funcionarán. El problema parece viejo, pero en realidad es nuevo. Antes, mi familia —como la gran mayoría de los centroamericanos— sentía que el país les daba cierto margen para sobrevivir siquiera en condiciones precarias. Ese margen ahora se ha estrechado incluso para la clase media y aquellos que estaban a la cola han quedado en el vacío. La economía local no tiene capacidad para absorberlos y la única salida que ven, con justa razón, es cruzar la frontera.

La presión que Washington ejerce en los gobiernos de la región para reducir el flujo migratorio se topa con una realidad difícil de negar. Los gobiernos centroamericanos, creados a conveniencia de Estados Unidos por generaciones de formación y selección, son incapaces de imaginar cualquier solución distinta a la represiva. Militarizar es la única respuesta que conocen. No habrá otra en Centroamérica. Pero el pueblo que antes respondía a la amenaza de las armas también ha perdido el miedo a la muerte. La dicotomía es simple: «Si no nos morimos en el trayecto, nos morimos en casa».

Y como todo en esta economía de muerte, no hay moneda que caiga al suelo. Hasta el más pobre de los pobres tiene algo que se le puede quitar. Estados Unidos lanza el dinero a la garduña para reducir la migración, se inventan nombres y programas que se ven bien en los comunicados de prensa pero que solo favorecen a empresas que viven de maquillar la pobreza y a los políticos corruptos que han aprendido el discurso que Washington quiere escuchar.

Si algo llegará a esos pobres que hoy buscan escapar son las migajas. Entonces la delincuencia local les arrebata incluso eso. Y los que estamos al otro lado, aquellos que tuvimos la suerte de escapar a tiempo, debemos dar nuestra ofrenda a las mafias que trafican con personas si queremos que sobrevivan durante la travesía.

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