El turno de la Bestia (IV)


Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2Cuando empecé esta serie de ensayos quise evitar a toda costa ese discurso zalamero —que les encanta a muchos escritores— con una letanía de lamentaciones porque hay más usuarios de TikTok que lectores de [inserte autor blanco occidental genérico aquí]. No creo en la tecnología como un mal o un bien, sino como una mera ampliación de las conductas que ya tenemos los humanos. Lamentablemente las costumbres humanas tienden a la comodidad que la ignorancia e indiferencia acarrean, acaso por preservación y supervivencia de la higiene mental o tan solo porque somos bestiecitas muy ruines.

Como corresponde a los hábitos de la Bestia, no pasa un solo día sin que una nueva presa traiga atención al artificio de nuestra especie. Hace una semana, por ejemplo, emergió en mi feed una viral discusión sobre el video de un rapero aspirante cuyo sencillo detalla los goces de fornicar como un hombre afroamericano, empero, con un vocabulario mucho más vulgar y en una producción que resumiré como artesanal.

Ahora bien, vamos a ignorar por un momento todo el subtexto racial porque ya he sepultado antes este asunto de la apropiación de la cultura afroamericana entre la juventud latinoamericana. Los comentarios que recibió este artista, y la influencer que muy gustosamente se prestó para el lamentable espectáculo, rondaban en lamentaciones por el estado de la cultura y coqueteaban con un clasismo solapado. En ningún momento encontré comentarios de las 9 mil personas que le dieron «me gusta» al video en YouTube, precisamente porque no son parte de esta máquina de idiosincrasia llamada Twitter. Por supuesto que desapruebo una cultura musical inequívocamente racista, pero ignorar que estas personas y comunidades existen más allá de un meme es lo que elude a demasiados internautas.

Un usuario pueril lloriqueaba: «¿Por qué no tenemos buenos influencers en Guatemala?» Sucede que la cultura de Internet replica y aumenta los patrones de nuestra cultura física. Privilegios tan específicos como la apariencia, el grado de educación o el linaje no se nublan en un avatar, sino más bien se magnifican cuando agregamos el prisma de la narrativa individual. La exquisita trampa de la Bestia consiste en hacernos creer que todos los que interactúan con nosotros vienen con la misma capacidad, formación y responsabilidades, cuando no es así. Continuamente bebemos el veneno de la ilusión: nadie es racista, nadie es sexista y nadie nunca, jamás, es intolerante.

Mientras escribo este ensayo, ronda en las tendencias el clip de un podcast donde un mediocre músico local y una fingida feminista pretenden exponer temáticas importantes, pero terminan reduciendo el feminismo interseccional y el legado colonialista en un debate sobre modas. Mientras vuelan los insultos y lamentos no puedo evitar pensar que estas dos pseudocelebridades no perderán un solo seguidor ni una onza de prestigio porque realmente no están generando la dichosa diferencia con la que navegan su marca. Al igual que todos esos indignados y ofendidos que teclean hashtags e improperios, están totalmente alejados de la realidad. Hablan de minorías, pobreza y marginación como si fuesen aves exóticas en una reserva selvática y no un 70% de la población.

Y es por eso, querida tontita, no tenemos buenos influencers en Guatemala: porque tampoco tenemos buenas personas.

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