Antes negro que shumo será


Por ANGÉLICA QUIÑONEZ | TINTA BLANCA

Descubrí la nueva identidad del mestizo urbano posmoderno y pensé dedicarle mi artículo más confusamente racista que he escrito a la fecha. La peor tarjeta de presentación en mi país incluye un apellido con raíces indígenas y una fotografía con el tono de piel cobrizo que caracteriza a la descendencia maya.


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Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2Una de las inesperadas ventajas de mi trabajo diurno es la introspección hacia las diversas identidades digitales de las personas. A la larga, mi misión es comprender sus deseos e inseguridades para venderles abarrotes. Y quizá mi reto más grande diariamente consiste en entender la mentalidad del millennial guatemalteco en capacidad adquisitiva. Leo sus tuits, veo sus fotos y formulo complejas gráficas y tablas de interés. Fue así como descubrí la nueva identidad del mestizo urbano posmoderno y pensé dedicarle mi artículo más confusamente racista a la fecha.

No es ningún secreto que Guatemala es racista. ¿Pigmentocrática? Talvez. La peor tarjeta de presentación en mi país incluye un apellido con raíces indígenas y una fotografía con el tono de piel cobrizo que caracteriza a la descendencia maya. Corre el rumor de que algunas empresas y centros educativos tienen filtros específicamente enfocados en estas características. Pero la verdad es que la estratificación en Guatemala no se trata de etnicidad tanto como clase. Esa es la fuente de los más coloridos paradigmas y la teoría definitiva para la figura del mestizo urbano posmoderno, también llamado shumo.

La primera distinción del shumo es que rechaza violentamente sus raíces indígenas. No falla al mencionar a su pasado, real o ficticio, de origen europeo o asiático, que lo clasifique con la obsoleta etiqueta de ladino. Esta pequeña tangente heráldica suele acompañarse de una historia sobre un terreno, una fortuna o un título nobiliario perdido la cual justifica su pertenencia a la clase media o media-baja. Es el tipo de gente que generalmente se describe como «trabajadora», no tanto como una cualidad sino como una consecuencia natural de vivir al día para preservar las comodidades necesarias.

El tema, desde luego, da para una inmensa secuela de aquel famoso libro de Martínez Peláez, La patria del criollo, pero mi objetivo en este breve espacio es reflexionar sobre cómo la generación millennial se ha adaptado a este paradigma.

Acaso por rebeldía o resentimiento, muchos mestizos urbanos millennials han renegado la etiqueta del shumo adjudicándose la del negro, y con esa palabra me refiero al legado afroamericano representado en los medios modernos. Suena extraño y vergonzoso, pero consideremos algunos de los estereotipos que ha adoptado la tradición afroamericana. No me refiero a los activistas de los derechos humanos ni a los escritores inspirados por su violenta historia colectiva. Hablo de los gángsters, los cantantes, los raperos y hasta el movimiento rastafari.

Ahora bien, existe una historia de estratificación social y opresión sistémica en todas estas figuras. El disco ganador del Pulitzer, DAMN, de Kendrick Lamar, habla de una confrontación discriminatoria tan real y presente como la que describe la Premio Nobel Toni Morrison en Beloved. El cine y la televisión han caricaturizado y romantizado las figuras antes mencionadas, de modo que cuando llegan a Latinoamérica muchos jóvenes absorben las figuras brillantes de los grillz y los bongs sin la menor sospecha de los significados y razones detrás de ellos. En muchos casos la realidad tiene más reportes de brutalidad policial que mixtapes colaborativos, más pobreza extrema que Lamborghinis modificados.

Los principales sospechosos de esta caricatura del afroamericano en Latinoamérica son nada más y nada menos que los reggaetoneros. Sus videos y apariencias recogen la estética del negro urbano porque superficialmente refleja su propia historia sobre superar la pobreza y validarse a través del lujo. Y así, cuando finalmente llegan a los fanáticos estos mensajes de teléfono descompuesto, terminamos con jovencitos guatemaltecos —y acaso centroamericanos en general— que copian el afro, los tatuajes y la joyería para justificarse su falta de dinero y exceso de pigmentación cutánea.

Y es irónico porque la superación que ansiaban autores negros como Phyllis Wheatley o sus herederos del Harlem Rennaisance no dista de la opresión que experimentaron los pueblos indígenas, esclavizados por una fuerza colonialista cuyas influencias destructivas trascienden siglos.

En Estados Unidos, varios movimientos han luchado para el reconocimiento de los afroamericanos, no solo legal sino también cultural. El sueño de Martin Luther King pasó al Black Is Beautiful y persevera hoy con Black Lives Matter, y por eso no termino de entender por qué no ha existido un esfuerzo relevante para el reconocimiento cultural de la herencia maya. ¿No ha sufrido lo suficiente para crear algo tan potente como el jazz o tan contracultural como el hip-hop? Tengo mucho miedo de esa respuesta, pero guardo la esperanza de que algún día, quizá muy lejano, habrá algo más significativo y real para celebrar la identidad guatemalteca. Y espero que sea demasiado grande para una góndola de supermercado.

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Plural: 2 comentarios en “Antes negro que shumo será”

  1. Que no conozcás las iniciativas culturales que reivindican la identidad indígena en Guatemala, no significa que no existan. Lo que sí hay es una desconexión entre medios masivos y la cultura guatemalteca de clases sociales bajas y medias. Son los medios masivos los que siguen poniendo personas canches en televisión, internet, etc.

    1. Pues mi punto va más al hecho de que existe una preferencia por una cultura que la otra, al menos a nivel de expresividad millennial. Veo a más chicos con afros y cadenas de gangster que con tatuajes del tzolkin.
      Pero gracias por tu comentario.

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