Honduras: el origen de las facciones de las élites (I)


Óscar Estrada_ Casi literal

Fractura de las élites y acumulación de capital político y económico por el narcotráfico en Honduras (I): El origen de las facciones de las élites

El vínculo de un sector de las élites económicas y políticas hondureñas con el narcotráfico tiene raíces concretas, históricas y científicas. El propósito de este ensayo dividido en cinco partes es explicar esas raíces, así como los factores que llevaron a dicho sector de la élite hondureña a vincularse con el narco. Consciente de que cada país centroamericano presenta características particulares que deben ser evaluadas a la hora de extrapolar una teoría como esta, mi estudio se centrará en Honduras. Aun así, los elementos que han creado esta fractura inter-clase tienen similitudes, patrones y constantes en toda la región.

En 1821 las élites centroamericanas se apresuraron a separarse del Imperio español sin contar con la preparación para afrontar los retos de un Estado independiente. Era más urgente impedir un levantamiento de las clases oprimidas que pusiera en riesgo sus privilegios y sus vidas, como había ocurrido en el resto del continente. A diferencia de otros Estados americanos que sí acumularon importantes capitales desde la Colonia a través de la creciente burguesía criolla que tomó el poder una vez consumada la Independencia, en Centroamérica —con claras excepciones— no hubo grandes acumulaciones de capital. No teníamos industrias y nuestro único recurso era la tierra, sus minerales y la fuerza de trabajo nativa.

Basta una lectura de los reportes financieros de los gobiernos hondureños a partir de la Independencia para conocer la precariedad con la que funcionaba el Estado. Carecíamos de todo: no había caminos, escuelas u hospitales, y las rentas que se obtenían por el impuesto a las importaciones y a la venta de alcohol apenas alcanzaban para sostener un gobierno sumamente débil. Era una sociedad feudal en la que los caudillos locales ejercían el poder total de sus territorios y prestaban sus campesinos para engrosar milicias en guerras nacionales y regionales.

Para 1876 —año en que se impulsó la Reforma Liberal liderada por Ramón Rosa y Marco Aurelio Soto— Honduras había avanzado poco en términos económicos. Hubo, eso sí, notables intentos anteriores para modernizar la economía y las instituciones estatales desde el fin de la República Federal de Centroamérica al punto de que la Reforma no habría sido posible sin esos esfuerzos y avances en el desarrollo del Estado, la educación y la sociedad. No obstante, los esfuerzos de la Reforma por introducir a Honduras al capitalismo del siglo XIX se concentraron en crear una economía de enclave. Y fue a partir de entonces (1876-1883) cuando se marcó la fractura más clara en la clase dominante; una fractura que evolucionó, como iremos viendo, hasta el gran quiebre del siglo XXI.

Es posible que podamos identificar fracturas anteriores, pero fue con el ingreso del capital transnacional a través de la minería como inició la división de la élite que conocemos. Esa división definió quiénes tienen acceso al capital extranjero y quiénes solo cuentan con el recurso de la tierra. Esa fractura, además, fue profundizándose a lo largo del siglo XX, especialmente con la entrada del capital de bananero desde finales del siglo XIX.

Entre 1876 y 1926 Honduras estuvo sumergida en la etapa de las montoneras, una serie de guerras y escaramuzas entre caudillos provocada por el choque de dos visiones distintas sobre el desarrollo económico del Estado: una mirada externa y ligada al capital transnacional (minería y banano) contra otra mirada interna y ligada a la explotación de la tierra y productos de monocultivo (café, tabaco, añil, zarzaparrilla, hato ganadero).

El traslado de la capital hondureña de Comayagua a Tegucigalpa en 1880 durante el gobierno de Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa, entre otras razones, es expresión de este conflicto.

Durante la primera mitad del siglo XX se desarrollaron los centros urbanos de la costa norte ligados a los intereses bananeros. De esa explosión económica surgió una clase burguesa que, a diferencia de los sectores tradicionales de la élite, se enfocó en el comercio para los obreros de las bananeras. Este nuevo grupo de la élite —compuesto en buena parte por migrantes árabes y palestinos, pero también de nacionales— se alió con la facción moderna que surgió de la Reforma Liberal.

Hablamos, en este punto, de dos facciones claramente diferenciadas. La primera es una facción tradicional de la élite nacional, cuya riqueza proviene del control del territorio y la tierra y siempre opuesta a la reforma agraria. La segunda es una élite moderna liderada por migrantes y nacionales cuya relación con las transnacionales le permitió acumular capital y poder político, y más inclinada a una reforma agraria.

Las tensiones entre estas dos facciones fueron incrementándose en el período de la dictadura de Tiburcio Carías Andino (1933-1949), en lo que llamaremos el fin de la pax cachureca, pero fue el dinero del narcotráfico en la década de 1970 lo que cambió la balanza del poder que vimos durante cien años.

En la siguiente entrega: El final de la Pax Cachureca.

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