Box y circo


Rodrigo Vidaurre_ Casi literalDesde Jack Dempsey hasta Alexis Argüello, el cuadrilátero siempre ha sido un lugar para héroes y leyendas. La emoción y elegancia de las mejores peleas contrasta con las resonantes historias de tantos boxeadores que soñaron con salir de la pobreza. No es coincidencia que grandes películas como Rocky (1976), Raging Bull (1980) y Million Dollar Baby (2004) exploren la vida dentro y fuera del ring.

Pero, aunque romanticemos el boxeo, todo deporte moderno es antes que nada un espectáculo. A diferencia del colegial y el olímpico, el boxeo profesional no está pensado en torno al deporte y sus valores éticos y estéticos, sino a las ganancias económicas. Al ser un deporte de combate con cuatro entes organizadores (usualmente con distintos campeones), el potencial para crear drama, rivalidades, revanchas y expectativas es casi infinito.

Tomemos la pelea de 1971 entre Muhammad Ali y Joe Frazier. Dos boxeadores invictos, ambos con un reclamo legítimo por el título, se enfrentaron en la llamada «Pelea del Siglo». A Ali le habían revocado su licencia de boxeo por negarse a combatir en Vietnam, por lo cual el combate adquirió tintes políticos e ideológicos. La pelea fijó un récord con 300 millones de espectadores y $45 millones de dólares de la época en ganancias. De la mano del controversial promotor Don King, Ali participaría en otras grandes peleas como The Thrilla in Manila y The Rumble in the Jungle. Más tarde King haría lo mismo con peleadores de la talla de Mike Tyson y Roberto «Mano de piedra» Durán.

La tendencia continuó con peleas como Oscar De La Hoya contra Julio César Chávez en 1996, titulada Ultimate Glory y promocionada como un duelo entre naciones, con Chávez representando a México y De La Hoya a Estados Unidos. La pelea no registró los ratings esperados, en gran parte debido a la decisión de no transmitirla por pay per view. No obstante, obtuvo casi un millón de espectadores y $14 millones de dólares, sin mencionar que cada boxeador se llevó $9 millones, para entonces una cifra récord para ambos.

No se puede hablar del rol del dinero en el boxeo sin hablar de Floyd Mayweather Jr., quien ha protagonizado las cuatro peleas más lucrativas de la historia. Pese a su indiscutible talento, es bien sabido que Mayweather, fiel a su apodo de Money, siempre ha sido antes que nada un hombre de negocios. Su impresionante récord de 50 victorias y cero derrotas debe considerarse en el contexto de su estilo ultradefensivo, adverso al riesgo y que muchos fans consideran aburrido. Basta con comparar sus 27 knockouts con los 88 de Julio César Chávez o los 109 de Sugar Ray Robinson para darse cuenta de que su estilo es ganar por decisión, a veces controversialmente.

Mayweather también tuvo sus grandes peleas contra De La Hoya, Manny Pacquiao y Saúl «Canelo» Álvarez. Si algo tienen en común con las arriba mencionadas es que, pese a su capitalización mediática, fueron peleas con sustento técnico, pues los campeones se jugaban el título contra los mejores de su tiempo. Esto cambiaría para siempre con la última pelea de Mayweather contra el irlandés Conor McGregor, apropiadamente titulada The Money Fight. Al no ser McGregor un boxeador sino un peleador de artes marciales mixtas, este fue el primer gran combate que no se vendía como una competencia entre iguales, sino como un show curioso. Mayweather se llevó una victoria fácil y un cheque de $280 millones, mientras que McGregor se fue con $130 millones.

Más recientemente Mayweather participó en una pelea de exhibición contra el youtuber Logan Paul, poco después de que su hermano Jake Paul noqueara al artista marcial Ben Askren y al basquetbolista Nate Robinson. La pelea fue titulada Bragging Rights (derechos de fanfarronear) y Mayweather fue duramente criticado por prestarse a lo que muchos llamaron un circo. No obstante, a pesar de ser una pelea aburrida y predecible, registró más de un millón de compras en pay per view y le ganó $10 millones a Mayweather.

Lo que estamos viendo podría ser el inicio de una nueva era para los deportes de combate, en la cual el interés casi morboso de ver a dos famosos peleándose toma precedencia sobre la competencia entre atletas de alto nivel. Esto parece seguir la tendencia general del espectáculo de infectar todos los aspectos de la vida, incluyendo la política y el arte. Podemos culpar al capitalismo rapaz, al internet o a la UFC, pero los altos ratings de estas peleas nos recuerdan que nosotros, la audiencia, también somos responsables.

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