La llorona de Jayro Bustamante: El poder de lo veloz


Javier Stanziola_ Perfil Casi literalLa llorona, la película del director guatemalteco Jayro Bustamante, nos empapa de los churrientos trucos de los poderosos. A la vez tiene el potencial de ayudarnos a cuestionar nuestra complicidad de la carroña que se amontona a nuestro alrededor. Esta película, que abrió en Panamá la más reciente edición del Festival Ícaro de Cine Centroamericano, tiene un tono similar al trabajo de Jason Peele en Get Out y Candyman. Sin embargo, su relevancia local es indudable e inquietante. La receta de Peele, que repite Bustamante, mezcla pizcas de thriller con denuncia social y los rellena con una leyenda popular. En La llorona el resultado es una experiencia catártica para cualquier ciudadano hastiado de la impunidad de la que gozan los genocidas, violadores, ladrones y estafadores que han liderado nuestros países.

En la trama, un ex general es acusado de implementar una política estatal de matar a miles de indígenas en Guatemala para —en sus propias palabras— construir una mejor sociedad. Está de más decir que mejor sociedad en nuestros países se traduce en explotar los recursos naturales para venderlos a los del norte, beneficiando a la élite criolla de turno. El acusado aparece frente a los jueces en silla de ruedas, con una bolsa intravenosa colgando a su lado y fingiendo alguna afección cardíaca. Fuera del juicio y en algún hospital de lujo de la ciudad, el anciano (interpretado sin mucha convicción por Julio Díaz) fuma como chimenea y acosa a las mujeres que forman parte de su servicio doméstico.

Para cualquier panameño que me lea, pensará que Bustamante le robó el guion a nuestro expresidente Ricardo Martinelli. Como es de esperarse, el truquito de hacerse el viejo chocho funciona. Libre, el ex general regresa a su casa, donde lo acompañan su esposa, su hija, su nieta y su fiel sirvienta de décadas. A falta de justicia, miles de personas rodean la casa día y noche con fotos de personas desaparecidas y música desoladora, convirtiendo el hogar del ex general en cárcel. La cotidianidad del encierro es interrumpida por la llegada de una enigmática mujer indígena de hermoso cabello largo que aparece a ofrecer sus servicios de limpieza. Con sus bellas prácticas de ablución cada dos escenas, esta mujer (interpretada cautivadoramente por María Mercedes Coroy) logra lo que el podrido sistema judicial no pudo hacer en décadas.

En 90 minutos, el espectador logra vivir con La llorona la fantasía de la providencia sin profundizar mucho en ninguno de los temas que trata la película. Está, por supuesto, la asombrosa escena donde una mujer indígena en su propia lengua cuenta en detalle las dejaciones que sufrió por parte de los militares. Esta escena es poderosa, profunda y definitivamente fuera del tono veloz del resto del filme. La película es tan comercial que aún no entiendo por qué no se distribuye en las salas donde venden popcorn y soda por el precio de una hipoteca. Como producto comercial que habla de nuestros traumas y nuestras quimeras, la Llorona es altamente satisfactoria. Creo que aplaudí, lancé gritos y lloré un par de veces.

Claro, luego de salir del high me sentí desinflado. La película es como una reunión de amiguetes en un bar ruidoso donde se hablan de mil anécdotas sin profundizar en ninguna. El objetivo es llegar lo más rápido posible a la última escena de justicia divina. En el camino se quedan colgando los conflictos maritales y éticos de la hija de un genocida (interpretado por una Sabrina De La Hoz, que se suma al tono superficial de gran parte de la película).

Escondida debajo de la alfombra queda la peculiar relación entre la vieja sirvienta (interpretada por María Telón) y su patrono. Y lo que más duele es la superficialidad con la que se trata a la esposa (interpretada por una Margarita Kenéfic, que merecía un mejor guion). El viaje emocional de esta devota católica se maneja como un video de YouTube que busca likes. Empieza la película describiendo a las mujeres que acusan a su esposo de prostitutas y vividoras para luego, por los trucos de la llorona, vivir en carne mojada el intento de aniquilar toda una raza; pero merecía un mejor tratamiento. Cualquier reflexión sobre la complicidad de esta mujer, de todos nosotros, ante tanta violencia hacia tantas personas, fue ahogada tan despiadadamente como lo hicieron con los hijos de la llorona.

[Foto de portada: Artera Films]

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