El pensamiento positivo (II)

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Condillac, en su Tratado de los sistemas analiza uno a uno los sistemas del pasado para mostrar que su fracaso se debe a que ha elevado un solo concepto a nivel de dogma. Si bien la ley de la gravitación universal unía la observación de fenómenos cotidianos realizada por Galileo con la precisión matemática de los movimientos estelares hecha por Kepler, la alianza entre el espíritu positivo (de sistema) y racional (sistemático) halló su forma en un campo muy diferente al de las ciencias puras: El derecho.

No se trata aquí de buscar el orden y la legalidad partiendo de concepciones metafísicas, sino de sujetarse a «la lógica de los hechos» que demuestran la conexión íntima que hay entre los principios universales y las leyes heredadas. (Metafísica de las costumbres diría Kant). Los dos puntos más débiles de la ilustración, el Derecho y la Biología, se unirán más tarde en el «derecho positivo» para dar lugar uno de los errores más duraderos del pensamiento occidental, con nefastas consecuencias a nivel político y social.

Esto es lo que Durkheim critica con su teoría. Presuponer un «Contrato Social» no es de manera alguna un procedimiento científico. La formación del conglomerado social, la complejización de la cultura y la creación de normas y acuerdos colectivos no es una simple «toma de conciencia». Es el progreso técnico del ser humano lo que incide en forma directa sobre el desarrollo moral, no a la inversa. Al igual que Condillac, Durkheim revisa uno a uno los sistemas de la antigüedad, pero en lugar de remitir las causas de su desaparición a «los dogmas», encuentra más bien que los modos de producción han incidido sobre éstos últimos hasta obligarlos a cambiar. Así, hecha por tierra la idea de que haya un «Decreto divino», una «ley natural» o un «imperativo categórico». Mediante una extensa y minuciosa investigación nos muestra que las maneras en que han sido considerados el crimen y otras formas de degradación social están determinadas por el grado de solidaridad que genera la división social del trabajo.

Coincidiendo con Marx, Durkheim considera que la «despersonalización» en la producción de la riqueza ocasionada por el capitalismo industrial, genera formas mórbidas de socialización y que los aparatos legales existentes, herederos de los estados nacionales y las monarquías son insuficientes para contenerlos. A esta despersonalización, Durkheim la llama «Anomia», y sus víctimas no están solamente entre los subordinados, sino también entre los jefes. El suicidio de ambas partes es la prueba de ello. Para hallar una solución emprende una nueva investigación en busca de los lazos biológicos más palpables de la solidaridad. Lamentablemente ésta última parte no logró concluirla.

Llegamos así al segundo de los problemas con la obra de Durkheim. Muchas veces, cuando un pensador ha encontrado El Problema —así, con mayúsculas— a cuya solución dedicará todo su esfuerzo, se encuentra con esa disyuntiva: atacarlo desde todos los puntos de vista posible, o desarrollar un esquema de trabajo, un método, y emprender la investigación aunque probablemente no llegue a plantear correctamente su respuesta. En el primero de los casos, el principal riesgo es que las generaciones que le sucedan quizá nunca lleguen a tener en claro cuál es la teoría que subyace a una obra dispersa. En el segundo de los casos, el riesgo es que no le alcance la vida entera para concluir. Investigaciones hay que corren paralelas a éste intento final de Durkheim: el psicoanálisis freudiano y el análisis histórico de la familia de Margaret Mead, por mencionar dos de los más relevantes; sin embargo, no forman un cuerpo teórico integrado.

¿Quién tendrá el valor y el conocimiento para continuar esta labor en un medio condicionado por el positivismo?

Hoy en día «El estado de derecho» se ha convertido en uno de los dogmas heredados por la burguesía del siglo XVIII y aunque resulta evidente que el desarrollo del comercio hace impracticable la división de poderes planteada por Montesqiu, a falta de una mejor teoría, se sigue proclamando.

El bienestar de la mayoría al que supuestamente conducía el desarrollo empresarial jamás se ha verificado. En buena parte, porque los valores morales en que se apoyaba eran el resultado de la expansión imperialista de Europa durante el siglo XVIII. Por «seres racionales» —entiéndase «ciudadanos europeos»—, por «grandeza de espíritu», por capacidad adquisitiva, por «respeto», obediencia y «tolerancia» —entiéndase astucia diplomática—.

El positivismo de hoy en día, en este lado del planeta, es heredero de D’Alambert cuando dice descaradamente: “No es necesario que estas consecuencias sean en sí mismas principios primeros, sino que lo sean para nosotros y las podamos utilizar en éste sentido”.

Lo más grave para nosotros los que la padecemos, es que esta falta de una ética reflexiva no nos permite siquiera ser conscientes del deterioro moral en que nos encontramos. Hace poco leía uno de los manuales de ética empresarial que se imparten en las escuelas de economía a los futuros gerentes y empresarios, y pese a sus contradictorias declaraciones, el ensayo me pareció “ilustrativo” sobre lo extraviada que debe estar la ética en el ámbito empresarial. Empezaba haciendo elogio del empresario como sustituto del héroe medieval, del estadista y hasta del santo. Sin embargo, no cesaba nunca de defender la “legitimidad” racional de quienes estando en posturas de poder en las empresas, son los únicos capaces de comprender los “fines” de éstas. Retórica nada más. Decía que toda empresa debe respetar la ley y los derechos de quienes trabajan dentro de ella y la sociedad en que se desarrolla, pero luego: “Importa tener claros los fines, más que las normas y los reglamentos”. Y luego, con total descaro:  «Una sustancia corrompida ha perdido sus virtualidades y sus potencias positivas, y justo en esto consiste haber perdido la moral o estar desmoralizado: en haber perdido la capacidad de crear riqueza». Para este tipo de positivistas, «ser positivo» significa simplemente obedecer, no hacer nada que altere el orden. Todo cambio, reflexión o alternativa, es negativa.

Volviendo a Durkheim, quizá su mayor falencia consista en afirmar que la cooperación social es consecuencia del ánimo de producción y no a la inversa: la producción consecuencia de la cooperación.

¿Quién es Juracán?


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