En las entrañas de la selva lacandona (IV)


LeoA las cinco en punto estaba ya en pie frente a la puerta de mi hospedaje. Había escampado y yo me sentía lo suficientemente cansado como para seguir, pero tenía que hacerlo, así que, a esas horas, el microbús se fue introduciendo por una carretera que, conforme amanecía, se hacía menos amigable. Entraba a la entraña misma de la selva y esa sensación de estar perdido en una Navidad en medio de la jungla me hacía recuperar las fuerzas de todo el cansancio acumulado.

A eso de las siete pasamos a desayunar a un establecimiento que nos recibió con sus alimentos humeantes mientras que una llovizna constante le daba la bienvenida al nuevo día. Por supuesto que la llovizna no era un obstáculo para escuchar el maravilloso concierto mañanero que ofrecía la banda sinfónica conformada por aves inimaginables y los aullidos opero-dramáticos de los monos aulladores en la lejanía. En realidad no hacía falta la luz eléctrica en el establecimiento para deleitarse con la música ofrecida por las alimañas silvestres mientras se degustaba un plato de frijoles colorados y el sabor criollo de los huevos a la ranchera con salsa de tomate y mucho chile.

La primera parada dentro de la selva se hizo en el sitio arqueológico de Bonampak. Este sitio es regentado por las comunidades lacandonas del lugar, que van guiando al visitante por una amplia calzada hasta llegar a la plaza central. Es un sitio pequeño, pero impresionante. Además, está muy bien cuidado, tanto que es imposible dejar de comparar la manera como los mexicanos cuidan su patrimonio y el descuido en el que los guatemaltecos tienen muchos de sus sitios arqueológicos. Bonampak es famoso por sus frescos, muchos de los cuales pintan escenas de la vida cotidiana de la ciudad. También es un lugar destinado a la adoración de las deidades y donde se encuentran varias estelas que reconstruyen mucho de la historia del lugar.

El lacandón es un indio con rasgos muy característicos. Sus rostros suelen ser alargados y delgados. Como en el pasado, muchos siguen conservando sus largas cabelleras, finas, de hebras gruesas tan oscuras como el azabache. A mi memoria vino una foto histórica que vi en algún momento de mi vida de la feria de Jocotenango. Los lacandones eran cazados como animales y se exhibían dentro de jaulas en la feria para distracción de la gente. Vergonzosos actos promovidos por dictadores liberales como Manuel Estrada Cabrera y Jorge Ubico y de los cuales pudo quedar constancia, nada para enorgullecerse.

De ahí nos dirigimos a la frontera El Corozal, que colinda con Petén, en Guatemala, donde haríamos el último de nuestros recorridos. Los guías de turista se quedaron con la boca abierta cuando les dije que pensaba pernoctar ahí y pasarme al otro día para Guatemala y trataron de persuadirme para que regresara por La Mesilla.

Ante mi vista apareció el furioso río Usumacinta, frontera natural entre los dos países. Para ir a Yaxchilán era necesario surcarlo y navegar alrededor de media hora a un páramo bastante remoto donde estaba el sitio arqueológico. Mientras el catamarán remontaba las ondas del ancho río venían a mi memoria las escenas de Carazamba huyendo de los policías por el río La Pasión hasta que consiguen matarla como si hubiese sido una pantera. Parecía increíble que aquel lugar compartido entre Guatemala y México fuera tan poco visitado por los connacionales. Mientras avanzábamos veía del lado de Guatemala unos cerros de poca floresta bajo los cuales podía adivinar que se escondían monumentos y otros tesoros arqueológicos, pero que dormían pacientes esperando ser descubiertos.

La entrada a Yaxchilán no era tan ostentosa. La recomendación de los guías era que las personas no se separaran de los senderos autorizados porque podrían encontrarse con culebras, jaguares y otras alimañas. Con muchas precauciones me fui dejando sorprender por aquel mundo perdido que yacía en las entrañas más profundas de la selva. Quizá eso fue lo que más me impresionó. Yaxchilán era un enorme sitio arqueológico que, a diferencia de Tikal, Palenque o Chichén Itzá, se conservaba altivo en medio de la selva virgen. Palenque, por ejemplo, estaba muy bien señalizado y con una infraestructura más amigable. Yaxchilán era mucho más encantador porque estaba fuera de los circuitos turísticos convencionales.

Desde sus plazas podía verse correr el plácido río Usumacinta. Esta ciudad había sido rival de Piedras Negras, que se encontraba del lado de Guatemala a un día de navegación por el río. Lamentablemente en Piedras Negras casi todo está sepultado dentro de la maleza. Tiempo se necesitaba para hacer la larga expedición, pero el cansancio me había ganado ya. De cualquier manera, la invitación de regresar resulta demasiado tentadora.

Yaxchilán es un verdadero museo enclavado en medio de la selva. Su mayor estructura es el edificio 33 de la Gran Acrópolis, al que se asciende por una empinada escalinata. Una vez arriba y con un poco de suerte el observador podrá apreciar la danza orgiástica de los monos aulladores en celo, trepando entre los árboles y atravesándose de rama en rama como si fueran sombras fantasmagóricas. Fue el sitio más encantador que visité en todo el recorrido, tanto que hubiera querido estirar los minutos para quedarme ahí, embebido en la selva y sus sonidos naturales.

Había que regresar. Casi adormilado dejé que la brisa del Usumacinta me bañara el rostro mientras volvíamos a la frontera. Almorcé a eso de las cinco de la tarde y los guías todavía me preguntaron si estaba seguro de querer quedarme, pero yo estaba más que decidido, así que una vez se fueron, me tocó buscar un sencillo hospedaje del que ya no salí hasta el día siguiente. Cansado me quedé dormido a eso de las nueve de la noche y solo desperté de madrugada por un sonido de ultratumba que se oía fuera del hotel. Era espeluznante. Parecía que una fiera andaba suelta. Con un poco de temor corrí la cortina de la ventana, pero afuera todo era paz, una pesada paz que asustaba. Ese quejido grave parecía surgir desde el fondo de la Tierra.

Me levanté una vez más y vi un animal grande al pie de un árbol enfrente. No supe distinguirlo. Al principio pensé que era un perro, pero su tamaño era mucho mayor, así que descarté la idea. Como un ladrón nocturno, se alimentaba de las hojas de un arbusto en la casa de enfrente, pero mi cansancio era tal que ya no pude mantenerme en pie, así que regresé a mi cama y me quedé profundamente dormido, soñado que así mismo serían los gruñidos que se oirían en los reinos oscuros de Xibalbá.

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