Salvador de Bahía: una urbe hecha de retazos (I)


LeoEs casi mediodía cuando en el horizonte se vislumbran las primeras construcciones de Salvador de Bahía, incrustadas como pedrería en un tejido verde. De pronto, la Bahía de Todos los Santos se deja ver en todo su esplendor, de un celeste albo que bien podría ser el escenario de Venus o de Jemayá surgiendo de las aguas. Algunos reflejos solares reverberan en ese maravilloso espejo del Atlántico sur y de vez en cuando hieren las pupilas de quienes apreciamos la majestuosa ciudad desde los cielos.

El avión aterriza y, tras el golpe seco que se deja sentir cuando el pájaro de metal contacta con la tierra, los cuerpos se dejan arrastrar por la inercia hasta restablecer el equilibrio. Llegamos a Salvador de Bahía, primera capital de Brasil, ciudad legendaria que en el pasado fue el mayor mercado negrero de América Latina. Desde antes de salir del aeropuerto es posible percibir ese aire místico de trópico dispuesto a ser descubierto por sus visitantes.

El taxi ingresó por el norte de esta exótica ciudad y casi sin darte cuenta te ves bordeando la maravillosa Bahía mientras desfilan por tu vista, como un deleitable adelanto de lo que te espera, los predios de la ciudad baja: el mercado Modelo, el elevador Lacerda y otros edificios que conforman el enmarañado paisaje urbano de Salvador de Bahía.

Instalado en uno de esos hoteles elegantes y con mucho sabor urbano que rememora el esplendor de décadas pasadas, el cuerpo exige dejar las contemplaciones y salir lo más pronto posible. El plato principal del viaje se degusta cuando, desafiando todos los miedos, se emprende camino a pie por la ciudad, confiando únicamente en tu instinto de orientación. Es ahí cuando las sensaciones comienzan a invadir los sentidos. No hace falta llegar a la bella zona del Pelourinho para haberte ya envuelto de esa magia vibrante que despliegan los habitantes comunes y corrientes de la urbe que, en tumulto, desfilan por las arterias en sus avatares cotidianos.

Pelourinho es un espectáculo. Las vistas de la Bahía y de la ciudad baja desde las terrazas aledañas al elevador, la Perfeitura o a la del Monumento de la Cruz Caída son inigualables, mientras las personas se pasean comiendo su sorbete de la sorveteria A Cubana. Pero el verdadero tesoro de Pelourinho todavía está por descubrirse. Caminando hacia el interior se llega a la plaza central, con una fuente que gorgorita agua y que sirvió como principal abastecedor del preciado líquido para los habitantes del casco antiguo desde su fundación. Esta hermosa fuente tiene como fondo hacia el poniente la Catedral Basílica de Salvador y hacia el naciente otra plaza menor que, a su vez, hace tope con el impresionante templo de San Francisco y su solitaria cruz.

Con solo poner un pie en el templo de San Francisco es inevitable quedarse con la boca abierta ante el enorme retablo barroco bañado en oro que cubre la totalidad del altar. Si no fuera por el aurea mística que lo envuelve, parecería la gruta donde Alí Babá esconde sus ignotos tesoros. Yendo hacia el norte de la plaza central, al lado de la antigua Facultad de Medicina, se llega a la plaza que sirve de postal para la ciudad. Es en esa plaza empedrada en donde se siente mejor que en ninguna otra parte el espíritu sincrético de la ciudad. Ese es el punto de reunión de agrupaciones musicales y batucadas que deleitan a los paseantes con sus ritmos afrobrasileños.

En el seno de esta plaza, en un caserón restaurado de color azul, se encuentra la Fundación Jorge Amado, casa en que vivió este escritor capaz de sintetizar en sus obras el espíritu bahiano con la misma maestría con que García Márquez registró en sus relatos impregnados de realismo mágico la esencia de los habitantes de Macondo.

La Fundación, además de ser un museo en donde venden la obra completa de este insigne escritor bahiano, tiene muebles de uso doméstico empleados por él y exhibe videos que ilustran sobre su vida. Pero la vista imperdible al visitar este local es el del nivel más alto, donde se tiene una perspectiva asombrosa de los tejados pintorescos y las avenidas serpenteantes del Pelourinho.

[Todas las fotos fueron tomadas por el autor]

(Continuará)

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