Volcán de Fuego: cómo escalar a un gigante que duerme


LeoEran las diez de la noche cuando comenzamos a escalar por asalto el volcán de Fuego. Aunque no era primera vez que escalaba un volcán de alta dificultad, tampoco es una actividad que haga con mucha frecuencia, así que, momentos antes de comenzar, experimenté esa sensación de vacío y desequilibrio que muchos llaman con el nombre prosaico de adrenalina.

Definitivamente, llevar a cabo esta actividad requiere de preparación física y psicológica especial; y una actitud de respeto hacia la montaña. Pero, sobre todo, de la pasión por conquistar imágenes estéticas una vez que se ha llegado a la cumbre.

Para ascender al volcán de Fuego —cabe decir, uno de los más activos del mundo— la ruta más fácil —si es que no la única— es la misma del volcán Acatenango. En realidad, tanto el volcán de Fuego como el de Acatenango y otras cinco cimas alrededor de estos colosos forman un solo estratovolcán, de entre las cuales, la cima del de Fuego ha registrado las erupciones más violentas en los últimos siglos. ¡Vaya si no es de respetarse!

En lo particular no creo que sea imposible subirlo para cualquier persona de edad promedio y que tenga buenas condiciones físicas. Por supuesto que solo aconsejaría hacerlo por asalto a aquellas personas que andan sedientas de vomitar adrenalina y que tengan una actitud más «deportiva». La parte más difícil de su ascenso ocurre al principio, puesto que la subida es demasiado inclinada y los senderos son muy arenosos. De hecho, más que los 2 mil metros que hay que subir desde la aldea de La Soledad (el volcán Acatenango tiene una altura de 3 mil 976 msnm y el de Fuego 3 mil 768, que los convierten en la tercera y cuarta cumbres mayores de Centroamérica, respectivamente) el nivel de dificultad de un volcán se mide por su grado de inclinación.

Mi consejo particular es que, si usted desea conquistar la cima por el placer de apreciar la naturaleza, lo haga de día, ya que así puede ir viendo cómo el bosque se va transformando con el cambio de altitud; mientras que de noche se va caminando en la oscuridad incierta. Subirlo de día también le permitirá que vaya a su propio ritmo porque no hay prisa en llegar y nadie le dirá algo porque se tarde un par de horas más. Además, puede alquilar anticipadamente los campamentos que están en la cima del Acatenango, equipados para que la noche y el amanecer no sean tan fríos.

En las faldas del volcán es posible apreciar sembradíos de maíz y flores de las comunidades que viven alrededor del coloso. Conforme se va ascendiendo, el bosque se vuelve más agreste, húmedo y nublado, y los senderos se hacen más estrechos. El camino se hace de nuevo ancho cuando se comienza a divisar la cima Yepocapa, una de las tantas que conforman el estratovolcán y que se caracteriza por sus páramos verde-claros.

Pero el verdadero espectáculo ocurre cuando se tiene ya una visión completa del majestuoso volcán Hunahpú, conocido normalmente como volcán de Agua por el célebre alud histórico que destruyó la segunda ciudad de Guatemala y que, en medio de su soledad oceánica, se yergue como el gran gigante que domina el sol naciente.

A los pies del volcán de Agua se encuentran los pueblos que acoge en sus faldas: Santa María de Jesús, Ciudad Vieja, San Miguel Dueñas y Alotenango; y hacia el sur, perdido en lontananza, el bosque subtropical de la boca costa y la sabana cuyos límites se vuelven imprecisos con los del Mar de Balboa.

Muy cerca de allí se puede apreciar la horqueta, ese punto en el que se unen los dos gigantes: Acatenango y Fuego. Cuando comienza a asomar la cresta del volcán de Fuego es posible compararlo con un ave de rapiña gigante al acecho de sus víctimas. Lamentablemente, el día que decidí visitarlo había apaciguado sus furias, pero su porte amenazante intimida, así como también intimidan los enormes precipicios y desfiladeros por donde corre su materia piroplástica mortal.

Por lo general, el visitante puede apreciar con bastante seguridad la furia de Cabracán en su gran columna de fuego, en sus ríos de lava y en el estremecimiento de la tierra que se hace sensible en los montes aledaños. Sin embargo, he tenido la mala suerte de visitarlo cuando está en su somnolienta pasividad, pero aun así infunde el respeto de un anciano colérico, pero sabio. Las nubes de un gris magmático y ferroso que orbitan alrededor de su frente nos llevan a pensar cómo tanta belleza puede ser capaz de encerrar tales erinias.

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