Apatía política versus #NoNosCallarán


Noe Vásquez ReynaMartin Niemöller fue un pastor y teólogo luterano alemán nacido en Lippstadt en 1892. También fue un anticomunista y apoyó inicialmente el ascenso al poder de Adolf Hitler, y cuando este insistió en la supremacía del Estado sobre la religión, Niemöller se convirtió en el líder de un grupo de clérigos alemanes opuestos a Hitler. En 1937 fue arrestado y finalmente confinado en los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau.

Niemöller fue liberado en 1945 por los aliados. Existe una declaración de este clérigo que con el paso del tiempo se le fue atribuyendo erróneamente a Bertolt Brecht, y se presenta como un poema con versiones distintas, como una referencia popular para describir los peligros de la apatía política; es decir, esa actitud que reniega o cuando menos ignora intencionadamente la actividad política ligada a la vida en sociedad.

Esta es una de las versiones que se encuentran en internet de esa declaración hecha poema:

Primero vinieron por los socialistas,
y yo no dije nada, porque yo no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas,
y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos,
y yo no dije nada, porque yo no era judío.
Luego vinieron por mí,
y no quedó nadie para hablar por mí.

Esta semana escuchaba un programa de radio sobre lo que está ocurriendo en Centroamérica con sus gobiernos que ejercen acciones totalitarias. Uno le echaba la culpa a la izquierda e insistía en que las dictaduras latinoamericanas «no eran de derecha»; supuse que a ese señor le faltan lecturas y memoria histórica. Una de las moderadoras era la periodista guatemalteca Claudia Méndez Arriaza, quien a mi parecer acertó en algo: aquí algo más importante que las ideologías es la violación de derechos de los ciudadanos, no importando sus posiciones políticas.

En ese marco donde descaradamente un presidente se llama a sí mismo dictador, otro ordena al ejército y a la policía que proteja intereses mineros rusos, otro juega a ser reelecto —entre otras precariedades, exilios y violencia—; los ciudadanos centroamericanos vemos cómo se van por el caño los intentos de tener democracias después de décadas de despojos, represión y muerte.

En Guatemala —este lugar-territorio-hogar que se atraviesa en la garganta entre vómito y lágrima— el derecho a la libertad de expresión está siendo coartado desde las instituciones del Estado.

En estos días se mueve en redes sociales la campaña #NoNosCallarán, con la cual un grupo de medios y periodistas rechazan el uso de las instituciones para coartar la libertad de expresión y denuncian cómo el Ministerio Público forma casos penales contra medios de comunicación y periodistas que investigan la corrupción y la impunidad, para desacreditar su labor.

En un comunicado alertaron a la comunidad internacional sobre que «el acecho a periodistas es un punto más en una línea de eventos sucesivos que afianzan el autoritarismo y socavan la independencia judicial, las instituciones democráticas y republicanas y los derechos humanos en Guatemala».

«Los actos violentos de la Policía también se han visto en Guatemala y en Honduras. Las policías son apartidarias y aun así se están comportando como la vigilancia privada de los gobiernos. Son instituciones poco preparadas para respetar los derechos humanos. Es un riesgo que se desnaturalice su función de servir a la ciudadanía y contrario a eso ataquen a la prensa. Se han dejado envenenar por el discurso de odio», advierte el periodista salvadoreño César Castro Fagoaga en una entrevista para Agencia Ocote.

Esto no es nuevo en Centroamérica. Cuántas y cuántos fueron silenciados por pensar diferente, por denunciar los excesos de los gobiernos, por ser oposición a regímenes de muerte. Sin duda nos falta promover la memoria histórica para que el pasado no se repita en espirales interminables de dictaduras y autoritarismos. Ryszard Kapuscinski afirmaba que «en el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, se tiene también la explicación de por qué ha sucedido; en el mal periodismo, en cambio, encontramos sólo la descripción, sin ninguna conexión o referencia al contexto histórico».

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