La importancia de nombrarlas: escritoras guatemaltecas


Noe Vásquez ReynaCada vez que leo lo que escribe una mujer descubro una proximidad con lo cotidiano y con las vísceras; con la electricidad y los metales que hay en los supuestos sujetos pasivos. Me encuentro con un confort destrozado, con una rabia que mastica cristales, nunca rosas. Percibo que las letras de las mujeres tienen menos egos tóxicos. De nada sirve el egoísmo que corona este Antropoceno hecho de violencia contra la existencia misma. No digo que no sean egos lastimados, ¿cómo no serlos con tanto silencio y todas las posibilidades para hacerlas invisibles?

…Y mientras escribo esto, me interrumpen la cama deshecha y los platos sucios. Me asalta la pregunta de si a los hombres que escriben los interrumpe lo mismo en lo cotidiano. «(…) qué insignificante parecía este pensamiento mío», decía Virginia Woolf en Una habitación propia.

En su artículo «El mundo en femenino», María S. Martín Barranco escribe que «se inicia mediante la palabra el aprendizaje del mundo y con él la construcción social del género, la carga de aprendizaje y expectativas diferenciadas y jerarquizadas que asumimos las mujeres y los hombres por el hecho de nacer de uno u otro sexo. No podremos usar un lenguaje no sexista mientras no opere la transformación mental, donde se exija nombrarnos, sin dilación».

Mujeres de diferentes disciplinas y ámbitos que se nombraron feministas entre 1960 y 1980 retomaron, y con justificada razón, la frase de George Steiner: «Lo que no se nombra no existe», en relación con la inexistente historia de las mujeres porque todavía no había sido contada; lo cual se parece mucho al dicho popular alemán: «Aus den Augen, aus dem Sinn», que podría traducirse como: «Lo que ya no está ante los ojos, desaparece de los pensamientos».

Y por eso no creo cuando me dicen «que no importa si quien escribe es hombre o mujer, sino el talento», y no lo puedo creer porque hay una intención estructural —y quizá lovecraftiana— en el no nombrar, en invisibilizar, en hacer menos a las mujeres y al trabajo hecho por ellas. Aunque muchos editores, sobre todo hombres que celebran en septiembre la Gran Feria del Autor Nacional, le quiten la importancia que merece.

Sara Lovera, en su artículo «La lengua, vehículo del pensamiento», explica que en Francia: «(…) la jerarquía que hoy se discute por el uso del género masculino para designar a las personas de ambos sexos se remonta al siglo XVII, cuando en 1647 el gramático francés Vaugelas declara que “la forma masculina tiene preponderancia sobre la femenina, por ser más noble”. La elección del masculino, recomendada por este gramático ni era una decisión neutral ni pretendía serlo».

Por suerte estamos en el momento en que caen mitos, como ese del hombre cazador. Europa Express publicó en 2020 el artículo «Los primeros cazadores de las Américas también eran mujeres», donde explica que «en entierros del Pleistoceno tardío y del Holoceno temprano en América del Norte y del Sur (…) investigadores identificaron 429 individuos de 107 sitios. De ellos, 27 individuos estaban asociados con herramientas de caza mayor: 11 eran mujeres y 15 eran hombres».

La historia que se ha privilegiado, y la que nos concierne hoy en las narrativas y escrituras guatemaltecas, tiene deudas, muchas: nombrar a todas las mujeres que escriben, y no solo literatura; nombrarlas a ellas y sus circunstancias. Pero la intención también debe tragarse los paternalismos: que irrumpan ellas y nombren sus silencios, sueños, angustias, impulsos, idiomas, dolores, miedos, ilusiones rotas, superpoderes, reflexiones, filosofías, cosmogonías y universos. Nombrarlas y que ellas quiebren nuestro confort, que se nombren a sí mismas, sobre todo quienes se difuminan entre las historias permitidas —las mujeres indígenas, las mujeres trans, las mujeres lesbianas, por ejemplo—.

Completar las imágenes, las palabras y las historias de las mujeres será un esfuerzo colectivo. En septiembre de 2020, la escritora guatemalteca Marilinda Guerrero, ante un afiche de una editorial que no las mostraba y que ni siquiera se cuestionó el porqué, dijo algunos nombres. La lista de escritoras guatemaltecas aumentó sustancialmente cuando pidió que todas, todos y todes la ayudáramos a nombrarlas.

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