Jugar con tierra_ Casi literal

Jugar con tierra


Por DIANA CAMPOS ORTIZ | ARQUITECTURA FANTÁSTICA

Descubrir nuestras manos, las de una mamá y las de un bebé, en el fondo de una olla llena de tierra, en medio de piedras y tesoros afines. Esto también nos ha dejado la pandemia.


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Diana Campos Ortiz_ perfil Casi literal La pandemia, esta pandemia, ha sido un reto para la humanidad. Es raro y doloroso. Es doloroso, además, porque da la impresión de que hay sectores de poder que olvidan que para que haya economía tiene que haber vida.

Este reto, yo sé, se manifiesta de muy distintas formas. Unas más duras, unas más injustas, unas más violentas. Yo reconozco mi privilegio, sigo teniendo trabajo en un país en el que tanta gente se ha quedado desempleada. Trabajar en este contexto (y cuidar al mismo tiempo) ha sido complicado, difícil, complejo.

Además, incierto.

Además, cansado.

Los días son jornadas interminables en los que hay que cocinar, jugar, estar en llamadas de Zoom, darle seguimiento a la familia, planear meriendas, tomar temperaturas, cambiar pañales, ver las noticias y meditar; porque con tanta angustia algo hay que hacer.

Y más tarde ver qué escribió Judit Buttler o Martín Caparrós. Y leer lo que están diciendo en la BBC, analizar cómo está la curva en Alemania y retomar la lectura del librito ese de Historia e incertidumbre, y resumir el texto sobre Análisis de discurso para la tesis.

Y buscar en YouTube estrategias para que el bebé duerma.

Y depositar la plata de las verduras.

Y escribir una columna.

Y conectarse a webinar sobre SEO.

Y regar las plantas y lavar las compras del super porque «todo lo que viene de la calle tiene coronavirus», e ir a dormir. Y despertarse a dar teta. Y volverse a dormir y volver a dar teta, y quedarse despierta un rato más porque quien toma teta ya no quiere dormir. Y poner el despertador e irse a dormir. Y a la mañana siguiente, partir el mango mientras el papá de quien toma teta hace los huevos y el café. Y lavar las manos. Muchas veces, propias y ajenas.

Y revisar el correo. Y redactar propuestas. Y hacer ajustes en afiches. Y convocar a una reunión. Y leer las noticias de Honduras. Y descargar el folleto de autocuidado. Y hablar por videollamada con la familia. Y mandar la foto del chiquito comiendo cebolla. Y cerrar la puerta de seguridad de la escalera. Y poner a cocinar el arroz. Y recoger los tuquitos de madera. Y jugar con tierra.

Jugar con tierra: pasar tierra seca de una maceta a otra. Varias veces. Sembrar hijitos de matitas que al final se pierden en el camino. Hacer barro en una botella. Preparar sopas con hojas secas. Excavar el suelo con una cuchara de madera. Escoger piedritas. Ensuciarse las manos, la cara, la ropa. Descubrir nuestras manos, las de una mamá y las de un bebé, en el fondo de una olla llena de tierra, en medio de piedras y tesoros afines. Calmarse. Acordarse. Reconocerse. Recuperarse.

Esto también nos ha dejado la pandemia. Lo agradezco. Ante la incertidumbre, la crisis, las noticias, la desigualdad: la tierra.

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