La suerte de ser niña y no morir


Michelle Juárez_ Casi literalCuando era niña me sucedieron cosas extrañas. Papá ya no vivía con nosotras y mamá trabajaba todo el día, así que éramos mi hermana y yo en casa. Por las tardes salíamos a comprar ricitos a la tienda de la esquina y yo me sentaba en la banqueta a ver a mi hermana y a la vecina hacer carreritas en bicicleta. Yo todavía no sabía andar en bici porque solo teníamos una y mi hermana la acaparaba; igual no me entusiasmaba la idea, prefería verlas, dibujarlas y narrar en voz alta lo que hacían, al estilo de un locutor de radio narrando el partido de fútbol del domingo. Nadie nos cuidaba, nadie estaba al pendiente de nosotras, pero sobrevivimos.

Claro que existían los depredadores sexuales, los ladrones, los secuestradores, los asesinos y los familiares sórdidos, pero por alguna razón sobrevivimos. Por supuesto que más de un depravado nos mostró sus genitales a plena luz del día cuando pasábamos por un algún callejón de los que abundaban, pero sobrevivimos. Incluso recuerdo viejos que se nos pegaban y se sobijeaban contra nosotras cuando nos tocaba viajar de pie en el bus atestado de gente, pero vivimos para contarlo.

De niña hasta recuerdo a un doncito que muy amable le ofreció a mi hermana llevarme sentadita en su regazo mientras la camioneta se vaciaba. El viaje de las caperucitas a casa de la abuela era largo porque íbamos a casa de nuestra abuela, así que ella aceptó. Cuando él me levantó en vilo y me acomodó, sentí algo duro entre sus piernas, pero no le presté atención; hasta que me incomodó la presión que ejercía sobre mis hombros para pegarme más sí mismo. Preferí levantarme y quedarme de pie junto a mi hermana.

Durante un buen rato estuvimos frente a frente, yo de pie y él sentado. Quedó cincelado en mi memoria su rostro surcado de arrugas y un bigote ralo por el que asomaba algo que intentaba ser una sonrisa sin dientes. Me hacía muecas y yo contenía la respiración para no inhalar su aliento pestilente. Esos ojos vidriosos ya apagados por los años eran los de un abuelo amoroso con el peso de la vida encima.  Sí, cosas así nos sucedían, pero sobrevivimos.

No todas las niñas pueden decir lo mismo. Son muchas, bastantes, demasiadas las niñas que no pueden agradecer esa suerte de sobrevivir en un país donde la edad para morir violentamente es cada vez más generosa. Guatemala agoniza en el suspiro de sus niñas muertas. Mi país se ahoga en la rabia del sacrificio de sangre fresca que palpita extasiada en el cuerpecito de una niña que pedalea su bicicleta. Este pedazo de territorio sin alma se hunde en su miseria cada vez que se encuentran entre matorrales los despojos de las mujeres a quienes se les negó crecer, amar, soñar, sonreír, experimentar, descubrir y aprender a vivir.

Somos menos que alimañas si no exigimos redención para nuestras niñas abusadas, ultrajadas y masacradas, porque la justicia ya no es suficiente para tanta brutalidad. Muchas sobrevivimos, no sé por qué. Talvez porque no vivíamos en Melchor de Mencos o dos cuadras más allá del barrio donde cada tarde salíamos a comprar ricitos y a jugar, bajo la mirada indiferente de la muerte que escogía a otras ingenuas menos favorecidas.

No tengo idea de por qué sobreviví, solo sé que se me atasca en la garganta el grito de auxilio de Sharon y de tantas niñas que merecen la honra y la paz que fuimos incapaces de darles.

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