El truco de Greg Abbott


Eduardo Frajman_ perfil Casi literalA Greg Abbott, el gobernador de Texas, le parece que tiene el toro por los cuernos. A principios de septiembre, los dos primeros autobuses llenos de migrantes «ilegales» llegaron desde El Paso, Texas, a Chicago, Illinois, después de un recorrido de dos mil kilómetros. «A la alcaldesa [de Chicago] Lori Lightfoot le encanta decir que su ciudad es un santuario para migrantes sin importar su estado legal», dijo Abbott en su comunicado oficial de prensa. «Espero con ansiedad ver cómo su ciudad se encarga de estos».

Noventa y cinco personas —nicaragüenses, venezolanos/as, haitianos/as— se bajaron de los vehículos y se entregaron a las autoridades municipales. Una semana después eran trescientas. A Washington DC han llegado ocho mil, a Nueva York casi dos mil. «¿Ustedes los quieren tanto?», provoca Abbott. «Aquí los tienen».

El presidente Joe Biden y sus aliados demócratas lo escorian por usar seres humanos como peones políticos, pero Greg Abbott es un héroe para los republicanos, quienes lo alaban por desenmascarar la hipocresía de sus oponentes. Los funcionarios demócratas no pueden repudiar a los migrantes y cada declaración pública recalca la situación en la frontera. Pero ¿cuál, realmente, es el problema?

Un poco de contexto:

Entre 1980 y 2000, la patrulla fronteriza estadounidense capturaba por año aproximadamente un millón de migrantes, pero era bien sabido que menos de un tercio del total era detectado. O sea, durante décadas ingresaron a Estados Unidos entre dos y tres millones de migrantes ilegales cada año. A pesar de (o gracias a) esto, la economía siguió creciendo, el desempleo bajó a niveles sin precedentes y las tasas de violencia y criminalidad también. ¿Qué crisis?

Pues se inventaron su crisis. Durante la administración de George W. Bush la migración tomó papel protagónico en la política norteamericana. Entre 2001 y 2007 el número de detenciones en la frontera Estados Unidos-México se mantuvo estable —un millón por año—, pero el porcentaje de migrantes capturados comenzó a aumentar con rapidez. En otras palabras, se hizo más difícil cruzar la frontera. Entre 2009, cuando Barack Obama asumió la presidencia, y 2017, cuando fue reemplazado por Donald Trump, el número de detenciones anuales descendió de setecientos a trescientos mil.

Trump, sin embargo, adoptó medidas extremas para continuar la lucha contra los «violadores, criminales, asesinos», mientras que el número real de ilegales era un décimo del que era a principios de siglo. El COVID-19 le ofreció la oportunidad de invocar el Título 42, una medida de salud pública que permite a las autoridades expulsar a migrantes de inmediato sin proceso legal alguno. Por motivos morales, a principios de este año Biden anunció su plan de parar el uso del Título 42. Desde entonces el número de migrantes ha explotado. Aunque los números totales son más bajos que en la era pre-2000, el total de aprehensiones es muchísimo más alto.

He ahí la crisis: cientos de miles de arrestos de hombres y mujeres, niños y niñas estrujados/as como sardinas en centros de detención. ¿Qué se hace con esa gente? La respuesta es que nadie tiene respuesta. Volver al pasado, a millones de espaldas mojadas, es inconcebible. Los republicanos quieren expulsarlos a todos, pero esto es práctica y políticamente imposible. Los demócratas no saben lo que quieren.

Greg Abbott, mientras tanto, celebra cada vez que departe otro autobús. ¿Recibirán los pasajeros el trato digno que se merecen, vayan adonde vayan? Abbott, feliz, se lava las manos. Estos pocos, por lo menos, no son más ya su problema.

[Foto de portada: Gage Skidmore]

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