Dramaturgia en Panamá: texto o escenario


Javier Stanziola_ Perfil Casi literal«Apenas tienen doce, trece o catorce años. Suena muy bonito, muy poético, llamarlas ángeles azules. Pero están azules por malnutridas. Por pasar fríos excesivos mientras persiguen clientes en medio de la noche», le reclama la Activista —uno de los personajes del texto teatral Despertar en el abismo— a un grupo de camioneros que pagan por niñas que son prostituidas. Este es un hermoso e incómodo texto que recibió el Premio Ricardo Miró en Teatro en 2020. Este concurso literario, que ofrece $15,000, venía con una ñapa de $5,000 y cobertura del costo de alquiler de un teatro para su montaje. Sin embargo, la puesta en escena nunca se dio. Un similar destino tuvo la obra ganadora en 2021, Sonata para los ángeles rotos, un punzante texto sobre el viaje de inocencia, rabia y desesperanza de muchos jóvenes, escrito por la siempre empática Consuelo Tomás.

Esta ñapa fue agregada en 2015 cuando, junto a un equipo institucional y sectorial, revisamos las bases del Concurso Ricardo Miró. El monto fue criticado inmediata e incesantemente por insuficiente. Aunque yo sí he podido montar con ese presupuesto obras de las que me enorgullezco, mis textos están escritos para el contexto panameño. No requieren de mucha utilería, ni muchos efectos de luces, ni cambios de escenarios costosos. En mis producciones el elenco actúa descalzo. Este monto no cubre mi salario. Esta insuficiencia crematística y la brecha entre las habilidades para hacer dramaturgia y hacer producción teatral han significado que, desde 2015, en solo dos ocasiones las obras ganadoras del Miró hayan sido montadas.

Para hacer teatro en Panamá —sobre el escenario— se requiere producir géneros muy específicos. Por ejemplo, los enlatados musicales de Broadway son traducidos y mostrados en las salas más importantes del país recurrentemente. Claro, diferente a ese pedacito de espacio gringo, acá hay poco interés en realizar castings que reflejen la diversidad o la identidad de los personajes. Igualmente por acá, para cubrir gastos de producción hay que aceptar donaciones de mineras que contaminan ríos, destruyen comunidades y violan los derechos de los trabajadores.

Lucy Cristina Chau, en su libro La oveja negra de mi familia: una biografía de Vielka Chu, muestra cómo durante la dictadura de los setenta y ochenta la movida cultural se alimentaba de grupos de danza y teatro con claros manifiestos artísticos. Lejos de motivaciones comerciales, estos artistas estaban interesados en procesos creativos innovadores, incrementar el acceso a las artes y replantear el contenido de las piezas para que no solo reflejaran ansiedades clasemedieras de la ciudad. Esto daba la posibilidad de que una dramaturga como Indi Lucía pudiese llevar su texto a diferentes grupos para entablar conversaciones sobre montajes. Pero, agrio formol, estos movimientos eran apoyados por la dictadura, así como los grandes maestros del Renacimiento eran fertilizados por el cruel sistema monárquico. El arte y las élites parecen destinados a compartir el mismo aroma.

En fin, teatro en una página es lo más cercano a un texto muerto. Y nada, yerma de soluciones. Solo puedo plantear estas ideas y terminar como la Activista de la obra de Indi Lucía: luego de tirar un último reclamo a los camioneros, las acotaciones indican que «La Activista sale. La actividad continúa, como si nunca hubiera estado presente».

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