Quien me espera en Orocuina_ Casi literal

Quien me espera en Orocuina


Por LINDA MARÍA ORDÓÑEZ | SÍLABA VIVA

No considero la edad como una categoría para definir el comportamiento de un grupo de personas: he visto a muchos niños con la responsabilidad de un adulto, gente de treinta o cuarenta años con actitudes infantiles y ancianos de ochenta con el ímpetu de un niño o adolescente.


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Linda María Ordóñez_ Perfil Casi literalDicen que nuestras abuelas maternas nos cargan en sus vientres al mismo tiempo que lo hacen con nuestras madres. Leí por ahí que cuando fuimos gestadas, ya portábamos todos los óvulos que íbamos a tener durante toda la vida en forma de ovocitos inmaduros. Me gusta mucho esta teoría porque me hace sentir más cercana a mi abuelita Adela y porque me confirma el amor y todas esas historias que hemos tejido juntas.

Mi abuelita vive en Orocuina, un pueblito localizado al sur de Honduras. Llevo más de dos meses sin poder verla a raíz de la pandemia.

De Orocuina guardo los recuerdos más hermosos de mi infancia. Aquellos enormes árboles, el jardín que cuidaba mi abuela, las historias y leyendas que se contaban todas las tardes… Todo era parte de ese maravilloso universo que disfruté en ese hogar que se convirtió en mi refugio y uno de mis más preciados tesoros. En aquel lugar aprendí a escuchar a los pájaros, a ver las flores, a cuidar de las plantas y de los animales, a ser sensible, a no tener miedo.

Nunca he pensado tanto en mi abuela como en estos días de confinamiento. Esto me ha llevado a dudar sobre la manera en que nos han enseñado a dividir la vida humana. Es que no considero la edad como una categoría para definir el comportamiento de un grupo de personas: he visto a muchos niños con la responsabilidad de un adulto, gente de treinta o cuarenta años con actitudes infantiles y ancianos de ochenta con el ímpetu de un niño o adolescente. Tampoco estoy de acuerdo con que la edad sea un indicador del derecho de una persona a seguir viviendo. La vejez no es un diagnóstico.

Así como pienso en mi abuela también pienso en el resto de las personas de su edad. Cuando inició esta pandemia, muchos y muchas se mostraron indiferentes al escuchar que los adultos mayores eran los más vulnerables ante el virus. Al parecer, tener 70 u 80 años significa ser menos importante y que a estas edades vivir o morir no es un tema relevante. «Ya está viejito, ya se puede morir», «Está robándole oxígeno al planeta más bien», son comentarios que he tenido la desafortunada oportunidad de escuchar.

En Honduras, por ejemplo, el Estado no crea políticas públicas convenientes para la población de adultos mayores. Sin embargo, podría ser más rentable protegerla y apoyarla. El 99.5 % de los hondureños con más de 60 años pertenece a la población económicamente activa. Un gran porcentaje de todos los hogares del país es sostenido por un adulto mayor: una abuela o un abuelo que sale a trabajar todos los días para ganarse el alimento diario.

En el interior del país muchos trabajan en espacios tan fundamentales para nuestra vida cotidiana como la agricultura, la pesca y la construcción. En Honduras, miles de personas mayores no se pueden dar el lujo de «ser una carga». No tienen quién se encargue de sus necesidades básicas ni de su bienestar. Tienen que ganarse la vida trabajando de manera ardua y pasan sus años de senectud pensando y luchando por el sostén de sus familias.

Mi abuelita trabajó toda su vida en las labores domésticas y mi abuelito fue quien se encargó del ingreso económico de su familia. A raíz de la muerte de mi abuelo, ella manifestó recaídas y nuevos padecimientos en su salud. A pesar del apoyo y compañía de sus hijos y nietos, y de ser una mujer fuerte, la ausencia de su compañero de vida la golpeó muchísimo. Ha tenido que someterse a algunos tratamientos, cirugías menores y a una nueva dieta alimenticia.

En sus días de crisis traté de bloquear cualquier pensamiento que me llevara a la posibilidad de que ella me faltara pronto y ahora en medio de la amenaza viral también lo hago.

El pasado 14 de abril cumplí 36 años. Desde que tengo memoria, todos los años en esta fecha, recibo una llamada que sale de la casa de mis abuelitos maternos. En esta ocasión ya no estaba la palabra de mi abuelo Juan Pablo, porque como lo dije antes, hace un par de años partió del plano terrenal. A pesar de eso, mi abuela Adela continúa con esa hermosa tradición, tan esperada por mí.

Conversamos, entre muchas cosas, sobre el confinamiento. Le conté sobre mi trabajo, le dije que la extraño y que iré a verla en cuanto se pueda. Por su parte, me dijo que se siente agradecida porque la vida le ha permitido vivir desde desastres naturales hasta una pandemia, porque ha sido creadora de vida, porque ha conocido el amor y el dolor, y todas las bondades y adversidades del universo.

Mi abuelita me dio el lenguaje de la gratitud y el amor, que para mí es todo. Añoro el momento en que pueda abrazarla de nuevo. Mientras tanto aguardo en casa e imagino en que pronto llegarán los días en que los abrazos y los besos ya no sean posibles armas letales. Nos sentaremos juntas a escuchar a mi abuelito a través del viento y del canto de los pájaros, a contemplar la belleza de su jardín y a disfrutar de su inmensa palabra.

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