Las vidas que valen


Corina Rueda Borrero_ Perfil Casi literalEra 21 octubre en Panamá. Entré a Twitter y una noticia me golpeó: «Médico Carlos Mendoza, quien por varios días luchó por su vida tras contagiarse de COVID-19, fallece». No conocía a este médico, pero el titular me consternó porque mi hermana menor lleva desde el inicio de la pandemia enfrentándose a la falta de insumos, horarios extenuantes y una cantidad apabulladora de casos que no dejan de llegar. Y se me escarapela el cuerpo pensando que mañana pudiese ser ella.

Muere el personal de salud que se enfrenta con las uñas a esta pandemia. Mueren enfermos sin rostros y sin nombre. Todos estos que al ser nadies no les queda de otra que esperar la muerte porque para nuestro sistema sus vidas no importan. Pienso en Arysteides Turpana, uno de los grandes intelectuales que nos dio el pueblo Guna, y cómo su muerte por COVID-19 una semana previa a la del doctor Mendoza llenó de luto a toda la comunidad literaria y académica de mi pequeño istmo. Se muere en cascada. Mueren y morimos por falta de camas y darwinismo social.

Cada uno, al momento de irse de este mundo, fue el siguiente número que se marcaba en la lista que se muestra con morbo en las noticias. Veo cómo se frivoliza la situación con cifras que apenas se entienden, con «influencers» que menosprecian a los muertos y familias que sufren con los números que se exhiben pornográficamente en los noticieros. Que no sé cuántos muertos van por día y por otro lado que otros tantos millones de dólares son nuevamente mal destinados. Así nos vamos acostumbrando a la inexistencia, a la desidia y nos deshumanizamos. Como diría Marina Colasanti: «Sé que la gente se acostumbra, pero no debería…»

Luego, en noviembre y diciembre, al cumplirse un año de las primeras protestas contra las reformas constitucionales, tras los pésimos manejos del gobierno en la pandemia y tras un discurso aporofóbico, jóvenes salieron nuevamente a marchar y se les reprimió. En conjunto se llevaron a un periodista arrestado, se lanzaron unidades militoides contra estudiantes, les golpearon salvajemente, se le negó a la ciudadanía su derecho a manifestarse, se cerró el país frente a nuestras caras y no se nos escucha. Se gastan más millones en aplicar fuerza bruta contra el prójimo al que luego dicen proteger que los que destinan para atender sus demandas.

Como si esto no fuera suficiente, un huracán impactó entre esas mismas fechas a toda la región centroamericana y por más que las alertas eran previsibles esta situación hizo evidente la poca preparación del Estado panameño para atender demandas mínimas en emergencias. ¿Cómo es posible que un país que ha pedido tantos millones de préstamo para atender crisis no tenga siquiera equipo decente para quienes arriesgan su vida en inundaciones? ¿Cómo es posible que tengan botellas que ganan $5 mil o $3 mil dólares pero quienes arriesgan el pellejo y con riesgo de morir deban ser voluntarios? El Estado panameño es tan miserable que la respuesta a estas querellas e indignaciones públicas son discursos demagogos y exigencias a la población para que done, cuando es su responsabilidad asegurar el bienestar social.

Nos matan, nos excluyen, nos olvidan, no existimos. Yo me pregunto: ¿será que estos cuerpos con todas sus exigencias son visibles? ¿Son importantes o tienen el mismo derecho de ocupar los espacios públicos? ¿Será que las visiones de país de quienes no se encuentran reflejados en las normas bajo la construcción de la Nación/Estado colonial trascenderán la misma marginalidad y exclusión que se les ha construido? ¿O sencillamente será que sus vidas y aspiraciones de mundo no valen?

Los hechos hablan más que cualquier estadística o discurso político que nos quieran ahora regalar. Lo que sí pareciera es que con intensión y alevosía este gobierno nos quisiera ver muertos.

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