Casa Xalteva (VII)

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La sequía fría del desierto dibujó finas líneas en mi rostro, que al contemplarlas frente al espejo abren un túnel del tiempo. En el patio trasero de la Casa Internacional bebo una taza de café negro caliente. Escucho los carros y sus bocinas apresuradas en marcha a sus trabajos. La universidad se despierta y el buzón cerca del duck pond contiene el pasado estudiantil en el Daily Lobo, el periódico que producen los estudiantes de periodismo. Cada mañana un acontecimiento, una pequeña nota o un reportaje fotográfico se despliega en el tabloide que ostenta “libertad de expresión” como motto principal de su identidad. Observo cómo la libertad se transforma con los años y el comunismo de los veinte años no es igual al de los treinta, como la frase de cajón de un amigo de bares: “Si a los veinte no fuiste comunista, nunca tuviste veinte”.

Desde Nicaragua me llega la noticia del proyecto del canal interoceánico. No digo nada. Corro por los pasillos de Mesa Vista Hall buscando firmas para unos papeles, el ajetreado red tape o mecánica burocrática. Me topo con Ken y le cuento. “Nicaragua ha retomado el proyecto del canal vía China”. “Si, lo sé. ¿Y qué piensas tú de eso?”, me pregunta. “Pues, por un lado y tomando en cuenta la situación laboral del país pienso en los obreros de la construcción y en los negocios indirectos que se formarán alrededor; mal pagados, pero a falta de pan, tortilla. Pienso en si los ingenieros y gerentes que conducirán el proyecto serán nicaragüenses o extranjeros y en el por qué. Pienso en los cien años panameños. Un siglo. Recuerdo la conferencia que ofreciera un político nicaragüense, años atrás, y que me tocó cubrir: “Promoveremos la inversión extranjera con bonos que incentiven a los extranjeros a invertir y abrir sus negocios en Nicaragua”. “¿Y cómo esto beneficiará a la población?”, le cuestiono. “Creando trabajo”, me replica. “¿Pero si los propietarios son extranjeros, de qué trabajarán los nicaragüenses?”. “¿No es esto acaso una manera de promover solo la servidumbre? Todo trabajo es digno, pero por qué no apoyar a los nicas a que ellos abran sus propios negocios?”, le insisto. El se ríe y me responde: “No, para nada, ya vas a ver que no”.

Y coincido con lo que muchos amigos, amigas y especialistas rezan a diario: “Si se invirtiera en la educación del nica”. Entonces le digo a Ken que sí, que a falta de pan… y aunque sea temporal y el precio a pagar carísimo porque coyol quebrado es coyol comido. Siempre hay un precio que pagar, sea humano o ambiental, porque “hasta el aleteo de una mariposa puede desembocar en un huracán”, me parece haber leído en el National Geographic cuando vivía en Motastepe y cultivaba mi propia hierbabuena, mi culantro, mi orégano y mi albahaca.

Sigo mi trayecto y una secretaria me recibe los papeles. Me detengo en un mapamundi tachonado de rojos, azules, verdes, amarillos, arcoíris. Es la procedencia de estudiantes internacionales que han pasado por la Universidad de New Mexico. Tomo un chinche azul y pincho Nicaragua. Me abruma cómo lo grande (el planeta tierra) cabe en lo pequeño (un mapa de poco más de 35 pulgadas). Me identifico en ese diminuto chinche azul.

Una tarde Ken me invitó a una fiesta en su casa. Varias tardes hizo reuniones entre amigos y profesores. Así conocí a su hijo Oscar. El único nicaragüense con quien estrechaba manos en Albuquerque. Fue emocionante. Nos vimos, nos reconocimos en aquel vocabulario, el tono de voz, el acento imperdible que adquiría connotaciones inusitadas para mí, la particularidad de las expresiones, las cervezas. La bandera azul y blanca que cuelga en la sala de Oscar. Me sentí en casa.

Creo, fue la brisa del lago Cocibolca o la historia tras las casas de adobe granadino las responsables del amor de Ken Carpenter por esta ciudad, postal oficial del turismo nicaragüense. Oscar nació en Granada.

El destino no me permitió conocer a Gregory Calvert, pero sí a Ken. Por su vínculo afectivo con Nicaragua, me sentía en confianza; casi como si él entendiera nuestro lenguaje más allá del idioma, es decir, con el contexto (pasado y presente) que cargábamos. Varias veces, con Tatiana, nos llevó a diferentes eventos culturales como aquel, se me viene ahora, en que vimos a parejas de bailarines aficionados al tango; a cenas donde intercambiamos con veteranos y otros estudiantes internacionales.

En 1995, Ken fundó Casa Xalteva en la colonial y pintoresca Granada pinolera. Un proyecto socio-educativo, cuyo objetivo es rescatar a niños y niñas de la calle, con problemas de drogas o familias abusivas, y tutorearlos para (re) ubicarlos en el colegio con la finalidad de que continúen educándose. Casa Xalteva fue desarrollándose con los años y en la actualidad es también una escuela de español, albergue e incluso espacio cultural que ha contado con la participación de artistas como Katia Cardenal. Cada año, estudiantes de UNM vienen a aprender español y compartir su inglés y sus conocimientos con estos niños y con sus profesores. Vienen a vivir Nicaragua, a empaparse un poquito de lo que somos.

La disposición de Ken y su profundo respeto a mi cultura, me inspira.

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