Política del gesto

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Juracán_Perfil Casi literal

Desde que Platón desterrara a los poetas de su ciudad ideal y Aristóteles delimitara la “poesis” a la práctica, surge para el pensamiento occidental una de las cuestiones fundamentales de la filosofía: establecer con claridad los límtes entre creación humana y naturaleza.

Este problema, que pareciera ser el orígen de la estética, abarca en sus posibles soluciones y formas de planteamiento todas las ramas del pensamiento, desde la ética y gnoseología hasta la ontología y la política. Y es que la construcción de «la humanidad” como categoría es un proceso no solamente cognitivo, sino un contínuo ejercicio de violencia, no solamente del hombre contra la naturaleza sino también en contra de sí mismo.

Desde que la noción de “individuo” se sitúa en el eje de toda noción de lo que nos une o separa, asemeja o diferencia del resto de la naturaleza conceptos tales como conciencia, razón, ego y pensamiento, que pasan a adquirir un carácter metafísico mientras que otros tales como sociedad, cultura o historia, se toman como pruebas concretas (o consecuencias necesarias) de una superioridad que se proclama en detrimento de nuestra corporeidad biológica.

Los límtes reales, no obstante, es decir, los que constriñen las necesidades vitales, comportamiento y espacio de cada uno, se encubren e invisibilizan mediante símbolos y códigos fijos (publicidad, cine, teatro, religión) cuyo fín último es justificar la construcción de una conducta que responsabiliza al sujeto frente a la sociedad antes que a la sociedad frente a la naturaleza.

Si bien la sociedad se encarga de asignar un símbolo a cada concepto, no todos los símbolos responden a un ideal. Lo común es que se presenten mezclas con objetos que tienen tanto de significado histórico como taxativo dentro del código del capitalismo. Es de este modo que aparece una infinidad de objetos con significados diversos hasta el grado que hoy en día es difícil determinar si una conducta social dio origen al objeto o si es el objeto causa de esa conducta. La suspensión ética de los actos discursivos permite la existencia de éstos objetos bajo el título de «Arte pop», que es una manera de aprhender la historia trivializando el ejercicio de la conciencia dentro del flujo de los símbolos articulados mediante la memoria, un atributo que no puede ser más que humano.

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