César Vallejo, Trilce, América

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Eynard_ Perfil Casi literal

El sábado 16 de marzo nació en 1892 uno de los más importantes, si no el más importante, poeta latinoamericano. Este grandísimo poeta publicó Trilce en 1922 de su propia bolsa, como tantos otros han publicado enormes obras, y ―dato  curiosísimo― en los talleres de la cárcel en donde estuvo un poco más de un centenar de días junto con su hermano absurdamente «por incendio, asalto, homicidio frustrado, robo y asonada». Esta obra única, enigmática y sublime de igual modo, es decir grande y poderosa, surgió el mismo año que el Ulises de James Joyce y por los mismos años en donde ya se llevaba a cabo el surrealsismo de la mano del dadaísmo en Francia, hechos, los tres, que dejaron una impronta fundamental en el transcurrir de la prosa y la poesía y del arte total en Europa y Latinoamérica y, por lo tanto, en el mundo.

En un excelente prólogo a la Obra poética completa de, por supuesto, César Vallejo, Roberto Fernández Retamar habla ―repitiendo un poco el primer párrafo― del germen y desarrollo de Trilce en esa cárcel peruana y el surrealismo que se gestó en Francia como una comunión de interrelación entre la experiencia y el movimiento que sugirió vivir el arte. Más allá de la conciencia social que significó para Vallejo el centenar de días en la cárcel, en su ser se acrecentó la culpabilidad que nos acecha por haber nacido, la culpabilidad de ser y estar nada más (esto me recuerda a El proceso de Kafka), la culpabilidad en un mundo en donde vivimos a cuento de alguna ley que conocemos, que conocemos su origen, su esencia, su correlatividad, su consecuencia (se entiende, no quiero que nadie aquí se ponga literal), etc. Pues bien, este sentimiento que lo abordó se incrementó un millón de veces al echar un vistazo a su alrededor que era el mismo alrededor de todo el continente y casi el mismo en el que estamos: país subdesarrollado y semicolonial y, así, pobreza en todos sus niveles (media, baja, extrema), injusticias sociales, tortura y esclavitud prácticamente, esto es sufrimiento y cuentas sin resolver con Dios o con la vida. Esto último depende de cómo mire las cosas cada quien. Ahora, la vanguardia, el surrealismo: el sueño, el absurdo surgiendo, la irracionalidad contra la racionalidad burguesa que es superficial y decadente (que aún persiste), rebelión total, insumisión absoluta, la inconsciencia (Faulkner decía que él no necesitaba leer a Freud, por algo será…). Breton dice: «[Soy] absolutamente incapaz para resignarme con la suerte que se me ha dado, me abstengo de adaptar mi existencia a las condiciones irrisorias de cualquiera de ellas».

De estos mundos anquilosados nacen las verdaderas rupturas que contrastan en el desierto y la selva americana (el realismo mágico y lo real maravilloso que está en nuestras narices, valga la repetición de nuevo) y, siento, agregando más aún el contexto tan desgraciado en el que nos ha tocado nacer sin elegir, es de esta tierra de donde surge la palabra destrozada de Trilce, la vanguardia conocida esta vez como surrealismo en Francia se reúnen en una cárcel perdida por Dios y el mundo (valga la repetición y, para aquel que lo crea o se confunda, creo que es necesario aclarar que Vallejo no tenía idea de estos movimientos del otro lado del charco), el pensamiento inconsciente son los balbuceos de cada verso, la vitalidad de estar atrapado sin respirar y morir atrapado de asfixia hasta el punto en conocer el día que morirá porque se nació el día que Dios estaba enfermo, por la intuición, por la alegoría, por la clarividencia, por la epifanía, por el dolor, etc.

El fragmento de esta carta de Vallejo refleja la desazón que vivió la libertad creativa del poemario frente a la reacción atónita y desdeñosa del resto, pobres mortales:

Los vagidos y ansias vitales de la criatura en el trance de su alumbramiento han rebotado en la costra vegetal, en la piel de reseca yesca de la sensibilidad literaria de Lima. No han comprendido nada. Para los más, no se trata sino del desvarío de una esquizofrenia poética o de un dislate literario que solo busca la estridencia callejera. […] Hoy, y más que nunca quizás, siento gravitar sobre mí una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, la de hombre y de artista: ¡La de ser libre! Si no he de ser libre hoy, no lo seré jamás. […].

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Cambiando de tema, solo quiero mencionar que por esas casualidades de la vida y que parecen destino me he encontrado en los últimos dos días con el tema y palabras similares a las escritas y comentadas en la notita o ensayito (quién sabe qué son estas líneas) publicado en este sitio hace algunos días y que habla sobre la tecnología que nos inunda y nos crea otras realidades (chats, realities, realidad virtual, etc.): Margo Glantz y ensayos de Carlos Chimal.

¿Quién es Eynard Menéndez?


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