Luis y Laura y una reflexión

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Eynard_ Perfil Casi literal

Mortal, te dolía la vida

Luis Cardoza y Aragón

Y este orden de las cosas parece necesario;

el hombre feliz, al parecer, se siente bien

porque los desgraciados arrastran en silencio

su duro destino y porque sin este silencio

la felicidad sería imposible.

Anton Chéjov

Hace un par de semanas vi el documental Luis y Laura (1998) de Sergio Valdés Pedroni que trata sobre Luis Cardoza y Aragón y en donde él habla sobre su obra, su exilio, la esencia de la poesía y otras cosas parecidas antes de su muerte. Cardoza y Aragón está en el ocaso de su vida y empieza a meditar sobre los acontecimientos de su vida y el influjo que el arte, la literatura y, especialmente, la poesía incurrieron durante su vida.

Uno de los detalles más interesantes de esta obra es que en el transcurrir de las palabras de Cardoza no lo vemos solamente en primer plano –como es usual en estos documentales– sino que a sus palabras se le añaden imágenes del entorno: rostros de personas, los contornos de casas derruidas, las arrugas de Cardoza y otros viejos, etc.

Como dije, Cardoza habla de su vida, de lo que hizo, de lo que le gusta, de lo que no le gusta, de los personajes que conoció, de su esposa Lya ya fallecida y de una infinidad de cosas más. También hay escritores (jóvenes más que todo: Javier Payeras, Maurice Echeverría, Alejandro Marré, etc.) y periodistas que hablan sobre Cardoza como tratando de descifrarlo y, al mismo tiempo, tratando de descifrar su legado que son sus obras. Para mí, lo más interesante es la capacidad creadora que tenía Cardoza y lo que llegó a significar para su vida estar «embriagado» –esta palabra es de Pedroni– por el arte. Cardoza vivía del arte y para el arte como única salvador del tormento de la vida porque «nadie conoce el dolor sobrehumano / de volver a la vida» y porque «todo es del Tiempo inválido reproche» (Lázaro), etcétera, etcétera. Según Pedroni, Cardoza ponía en duda y discutía sobre todo, la inconformidad y la duda lo acompañaron siempre durante se vida porque él buscaba la libertad a través del arte. Esto me recuerda a la película de El testamente de Orfeo de Jean Cocteau, en donde el mismo Cocteau es juzgado por un tribunal por ir demasiado lejos con el arte, la vida, la imaginación. Cocteau fue juzgado por ir más allá y así creía Cardoza, el arte es para ir más allá para cuestionarnos sobre nosotros mismos y lo que hacemos en este mundo despreciable (esto último es mío) que nos coloca en un espacio y tiempo definido, imperturbable y sin ninguna otra opción que batallar con lo que tenemos a nuestro alrededor. Nosotros estamos aprisionados por las circunstancias. Por esto Cardoza siempre renegó de los comunistas ortodoxos de aquel entonces, pues estos encasillaban al arte y lo dejaban a rajatabla, además de las órdenes que debían seguirse, claro. Cardoza llegó a ser más marxista que aquellos que se ufanaban políticamente de serlo porque, al igual que algunos dadaístas y surrealistas y Marx por supuesto, él logró vislumbrar esto que dijo Marx de que el arte es el eslabón perdido de la libertad en todo sentido: con el arte se derrumban prejuicios y pensamientos infundados por una realidad gobernada por el mercado al final de cuentas, por la alienación y tantos otros métodos para provocar inferioridad.

Esto fue la primera parte del documental: Cardoza hablando y hablando sobre Cardoza y el arte de Cardoza. La segunda parte es un poco más estremecedora e impactante con la realidad a la que nos arrastraron. Aquí habla Laura Pineda, la poetisa del pueblo –he aquí que ella forme parte del título–, sobre el mar, el recuerdo escalofriante que le trae el mar y por lo cual no lo veía desde que sus hijos desaparecieron por las fuerzas represivas de la guerra civil guatemalteca. (Ella dice algo así que buscaban tres cuerpos y se enteraron que eran treinta mil desaparecidos). Laura Pineda habla con palabras poéticas y, por lo tanto, sentenciosas y llenas de lágrimas y dolor, sobre el momento que le tocó vivir y sufrir. Aquí hay un contraste escalofriante. En un lugar se habla de poesía, del exilio cuya verdadera patria se tiene en el corazón, de la poesía liberadora de la vida y la opresión, pero en el otro lado se habla de la vida que choca y que mata porque esa libertad al menos no existe colectivamente porque se tiene que luchar por ella y que a pesar de todos su saldo al final solamente termina (al menos la experiencia dice que ha terminado) en sangre, tortura y muerte… Cardoza dice que «todo muerto es siempre el primer hombre» y que también «todo hombre es siempre el primer hombre» y es cierto, pero lastimosamente mucha muerte se vive y se sufre y duele y es antes de tiempo y es provocada con saña.

Entonces, a partir de este contraste creado por Pedroni estamos ante un problema, al menos eso creo, y es sobre la fuerza ética y moral con la que nos enfrentamos a la hora no solo en la que hablamos de arte sino en la que decidimos dedicarnos al arte al enfrascarnos toda una vida en los libros, en las pinturas, en la escultura, en lo que sea así como así, sin ningún sesgo social ni nada, sin ninguna inclinación de protesta o algo por el estilo o sobre la ruindad de la condición humana y nada más nos entregamos al juego gratuito, hedonista y, fijo, egoísta cuando «el mundo se cae a pedazos» o «la ciudad se derrumba» dicen Fito y Silvio. No es una crítica ni nada similar, solo una reflexión que salió a raíz de un documental.

¿De verdad tenemos el derecho para darle la espalda al mundo para dedicarnos a hablar del arte sobre el arte, de la filosofía sobre la filosofía, de la pintura sobre la pintura? De verdad creo que esto es algo a tomar en cuenta y se me viene a la mente el Sostiene Pereira de Tabucchi y en donde, a mi parecer, la vida del protagonista se justifica cuando se reivindica por una lucha que estaba librando el pueblo del que es parte y que a él le era indiferente.

Así, al fin, qué podemos hacer cada uno de nosotros cuando con el arte también nos liberamos como dice Marx y todos ellos… ¿Hay algo que verdaderamente justifique nuestra vida y que valga la pena? La vida es la vida y la vida pasa enfrente de nosotros sin que nos demos cuenta: estamos ciegos dice Saramago.

¿Quién es Eynard Menéndez?


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