200 años


Camila Schumacher_ Casi literalNos venían preparando hace tiempo: en el 2021, el territorio centroamericano celebra el Bicentenario de la Independencia.

Eso nomás venían diciendo en la prensa y quienes medio oíamos tratábamos, a veces, de descifrar qué irían a hacer para ese festejo y cuánto tiempo —real— cabe en 200 años; es decir, cuántas vidas, cuántas muertes, cuántos sobresaltos, cuántos gustos y disgustos.

Si andábamos sin prisa y con la imaginación despierta podíamos llegar a preguntarnos otras cosas más complejas. No quedarnos en la cantidad y cuestionarnos la independencia de estos cinco países que al unísono y sin mucho burumbúm el 15 de septiembre de 1821 se soltaron del Reino de España como esos papeles de colores que cuelgan de la cola de un papalote —una cometa, un barrilete, el objeto es el mismo, el nombre, depende de la geografía de la lengua— y que tardan en caer al piso y hacen mil maromas antes de convertirse en basura.

Ojo, que esto de la basura no tiene nada que ver con las naciones soberanas de Centroamérica. Quien interprete lo contrario tendrá que hacerse cargo de su lectura y sus asociaciones. Esta es una tierra buena de gente buena, promesa de un futuro próspero que aún tarda en concretarse.

Nada, que esta fiesta —como las fiestas grandes y épicas— se venía anunciando con tiempo y pompa para que a nadie se le fuera a pasar por alto, pero ninguno contaba que para este momento estuviéramos todos y tantos tan atarantados.

Que en Guatemala acabaran nomás de matar a Andrea, una mujer trans que alcanzó a escribir su nombre en la lista de activistas por los Derechos Humanos y así logró, entre otras cosas, que su muerte —tan parecida a la de la mayoría de quienes como ella son asesinadas antes de cumplir 35— alborote las redes sociales y demande justicia.

Que en Costa Rica la misma semana hayan pillado una red de pillos infiltrada como la cochinilla —esa plaga— en las instituciones del Estado y los indiciados se cuenten por decenas; mientras que al femicida de Eva Morera le cae una condena que casi duplica la edad que tenía la muchacha al morir por su culpa y causa.

Que ninguna de estas noticias alcance para congratularse.

Que no haya palabras suficientes para desentrañar el horror cotidiano que se vive en Nicaragua, donde la memoria y el porvenir están presos.

Que en El Salvador mientras el bitcoin se vuelve oficialmente moneda, el hambre aceche; que los subsidios sean prebendas y el ejército, cada dos por tres, asedie a la justicia y a los congresistas.

Que en Honduras sigan siendo más los que se aventuran caminando a cruzar las fronteras —con el miedo a cuestas y la incertidumbre acicateando cada paso— que las vacunas contra el COVID-19.

Nuestra realidad era impensable hace 200 años, cuando nos creímos libres y nos atrevimos a pensarnos soberanos; cuando éramos estados recién nacidos. Ahora nos encuentra lavados, tímidos, sin saber bien qué es lo que celebramos. ¡Eso sin hablar de la pandemia!

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